22o Domingo del Tiempo Ordinario

domingo 28 de agosto 2011

En su encíclica Populorum progressio, el Papa Pablo VI afirma: “toda vida es una vocación” porque es un llamado: un llamado a la santidad, es decir un llamado a vivir de la vida misma de Dios siendo totalmente transfigurado por su amor, un llamado a colaborar en su obra divina de salvación en cada hombre, en suma, un llamado a vivir en Cristo en quien comunicamos de la plenitud de la divinidad y en quien cooperamos en la obra divina de redención.

En tanto que llamada, la vocación invita a una respuesta. Lo que el Señor espera de nosotros es una respuestas de fe. Pedro también fue llamado por el Señor y su respuesta se expresa en esta confesión de fe: “Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

Sin duda Pedro no percibe el contenido de sus palabras. El seguimiento del relato evangélico nos lo muestra. En efecto, en este momento crucial en que expresamente acaba de obtener de sus discípulos y de Pedro en particular la primera profesión de fe en su mesiandad, Jesús hace el primer anuncio de su Pasión. Mateo nos reporta: “a partir de ese día, Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que era necesario ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, ser asesinado y al tercer día resucitar”.  Al rol glorioso del Mesías, agrega el rol doloroso de Siervo Sufriente del libro de Isaías.

Jesús muestra por ello a sus discípulos que comprometerse en su seguimiento en respuesta a su llamado a compartir su vida, implica el pasaje de la cruz: “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismos, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida a causa de mí la salvará”.

Esto propósitos de nuestro Señor fueron tan incomprensibles para Pedro que podrían serlo para nosotros. Pero eso no debe desanimarnos. En efecto, debemos ver las  pruebas, sufrimientos e incomprensiones que pasamos como ocasiones de entrar en la dinámica del don y del amor que a fin de cuentas representa la dinámica propia de la vocación cristiana. Dios nos ha creado por amor, para una comunión de amor con él. La vocación cristiana ¿No consiste en pasar de la observancia de los mandamientos de la Ley divina a un nivel más elevado del don de nosotros mismos a imitación de nuestro Señor Jesucristo? El sufrimiento y las pruebas contribuyen a que podamos donarnos hasta el fin sin esperar nada a cambio, gratuitamente, como Dios lo ha hecho por nosotros en su Hijo.

El que escoja responder deliberadamente a su vocación no dejará de conocer la persecución, el sufrimiento, ver y sentirse abandonado por Dios. Se encontrará inevitablemente dividido entre la fe de la llamada de Dios y la sabiduría humana que no dejará de mostrarle como absurda la voluntad de responder a este llamado. Este es el debate interior que vive el profeta Jeremías, entre el llamado de Dios que le hará hablar, y la sabiduría humana que le hará callar: “yo me decía: ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre”. Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía”.

Es consolante ver que el fuego del llamado de Dios aquí es más fuerte. Pero no suprime la prueba que purifica la vocación devolviéndola a lo que es su esencia: Dios mismo. Para no abandonar la parte, es importante escuchar aquí la exhortación de San Pablo: “no tengáis por modelo el mundo presente, sino transformaos renovando vuestro modo de pensar para saber reconocer cual es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto”.

San Pablo nos invita a transformarnos renovando nuestra manera de pensar a fin de que seamos capaces de reconocer el proyecto de Dios en nuestra vida y esto en el corazón mismo de las pruebas. Justo antes que otras cosas, él nos exhorta a ofrecer nuestras vidas en sacrificio: “os exhorto mis hermanos, por la ternura de Dios, a ofrecer vuestra persona y vuestra vida en sacrificio santo, capaz de agradar a Dios”. Qué es esto sino una invitación a reconocer que el proyecto de Dios pasar por la Cruz. Es ahí que nosotros no debemos modelar nuestros pensamientos según el espíritu del mundo. Nosotros caeríamos entonces en la misma trampa que Pedro en el evangelio de hoy y pondríamos obstáculo a la voluntad de Dios, a nuestra vocación: “lejos de mí Satanás, tu eres un obstáculo en mi ruta, tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres”.

Fundamentalmente, responder a su vocación es perder la vida para encontrarla en Dios: “el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida a causa de la mía la salvará”. Para acceder a la resurrección, se trata de pasar con Jesús a través de la muerte: “perder su vida para encontrarla”. No hay otro camino. Pero no se trata de morir por morir. Se trata de perder su vida a causa de Jesús a través de la muerte. Se trata de perder la vida a causa de Jesús, dicho de otro modo, se trata de arriesgar la vida en la persona de Jesucristo, no en un voluntarismo orgulloso o en un acto de desesperación fatalista, sino en una humildad profunda que permita recibir su vida de Otro. Entonces, solamente, esta vida humana tomará los colores de la vida eterna, de una vida que no tiene precio porque ella es divina. Entonces solamente, nuestra vocación a comulgar en la vida divina se realizará.

“Padre, en la fuerza del Espíritu Santo, concédenos la gracia de aceptar tu designio de salvación tal como se manifiesta en la vida de Jesús, tu hijo amado. Concédeme la gracia de no reducir tu salvación a nuestros puntos de vista humanos y de hacer vana la cruz de tu Hijo.

Señor Jesús, concédenos la gracia de responder a nuestra vocación desposeyéndonos siempre de nosotros mismos para recibir sólo de ti. Que las pruebas y los sufrimientos no alimenten en nosotros alguna revuelta sino nos conduzcan a unirnos siempre más a ti en un don siempre más grande de nosotros mismos.

Tu nos llamas a las santidad, a comulgar con tu vida divina yendo hasta el fin del amor. Tú que eres puro Amor, enséñanos a amar no a ser amados, ni a amar por amar sino a amar. Esta es la vocación primera y fundamental a la cual nosotros queremos responder con la ayuda de tu santa gracia”.

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