3er domingo de Pascua

domingo 8 mayo 2011

No se sabe con certeza donde se ubica el “pueblo llamado Emaús, a dos horas de camino de Jerusalén”. Sin duda se habría hundido desde hace mucho tiempo en el olvido y si no había habido dos peregrinos, alcanzados por un compañeros desconocido, que se habían rendido después del “tercer día después de la muerte de Jesús”. No conocemos el nombre de estos dos hombres: Cleofás; el otro podría ser cualquiera de nosotros, a las horas de las sombras de duda, de tristeza, de laxitud, de desánimo.

¿No hemos conocido todos estos días tenebrosos en los que, después de ciertos acontecimientos, todo se hace absurdo; nuestra vida nos aparece como un fracaso y nada parece poder cambiar el curso de los acontecimientos? ¿No hemos sido todos asaltados por la tentación de la huída? Partir, dejando atrás nuestros problemas, como si nos los lleváramos en nosotros mismos, voltear la espalda a la realidad convertida en un fardo muy pesado o un saco de nudos muy enredados y huir al camino de Emaús.

Los dos discípulos se habían apegado a este “Jesús de Nazaret” porque ellos “esperaban que el sería el liberador de Israel”. Aparentemente, ellos no habían “entendido” las repetidas advertencias que el Maestro había dirigido a los que querían seguirle: “el que no toma su cruz para caminar tras de mí, no puede ser mi discípulo”. (Lc 14,27). En su entusiasmo, ellos no han tenido la precaución de “sentarse para calcular el gasto y ver si ellos tienen con qué ir hasta el final” (Lc 14,28). Ellos han puesto los cimientos, pero mientras que sobrevienen la prueba de la Pasión, ellos abandonan la obra: ¿Cómo podrían ellos seguir, sin plan y sin maestro de obra? La pedagogía del Señor va precisamente a consistir en probarles que ellos tienen todo lo que hace falta seguir y llevar a buen fin la construcción del Reino que él ha emprendido con ellos.

Habiéndolos alcanzado sobre la ruta de la tristeza, Nuestro Señor comienza por invitarles a expresar su sufrimiento, su decepción, su amargura. El cambio de perspectiva sobre los acontecimientos de nuestra vida necesita esta puesta a distancia en la palabra: necesitamos tomar el tiempo de verbalizar las rupturas de sentido que parecen poner en choque nuestro proyecto de vida, a fin de poder interpretarlas en otro ángulo, que nos permitirá por el contrario, de integrarlas positivamente en nuestra historia. Pero no podemos cumplir solos una tal relectura, sin correr el riesgo de dar vueltas a nuestra infelicidad, como lo hacían, probablemente, los dos discípulos al momento en que Jesús resucitadlo les alcanzó. Nosotros también tenemos necesidad de sus luces para cambiar nuestra mirada sobre los acontecimientos que nos afectan. Desde entonces, el primer paso que conduce a la conversión saludable, consiste en reconocer que “no habíamos comprendido”. ¡Como “nuestro corazón es lento para creer” que el sufrimiento de Cristo transfigura el nuestro y le da un sentido radicalmente nuevo! ¡Que nos es difícil aceptar que “era necesario que el Mesías sufriera todo eso para que pudiéramos entrar con él en la gloria”!

Para acoger la revelación del sentido escondido a nuestras pruebas, hace falta ponernos a la escucha del Señor allá donde él nos habla, a saber, en las Escrituras. Es allá, en efecto, que él interpreta su vida y la nuestra a la luz de las promesas de Dios su Padre y nuestro Padre (Cf. Jn 20,17). Es allá que descubrimos que “el que nos ha librado de la vida sin sentido que nosotros llevamos a continuación de nuestros padres, no es el oro o la plata porque ellas serán destruidas, es la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin defecto y sin mancha” (2ª Lectura).

El ejercicio tiene algo de paradoxal, porque en lo que los relatos datan de hace dos mil años, ¿podrían ellos aclarar mi situación y las dificultades concretas que yo encuentro hoy? Ciertamente, nosotros no encontraremos en la Escritura una respuesta ya hecha a nuestros problemas; pero si nuestro corazón permanece abierto, descubriremos una presencia grabada con una paz comunicativa: “venid a mí, vosotros que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt 11:28-29). Todos aquellos que han hecho la experiencia pueden testimoniar: es en la humilde escucha de la Palabra , que Dios se revela dándose. “¿Nuestro corazón no ardía dentro de nosotros mientras que él nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?” Es poniendo nuestra vida día tras día “bajo el yugo” de las Escrituras, para contemplar asiduamente el rostro de Nuestro Señor, que nos hacemos sus discípulos y que encontramos la paz. “Yo veía constantemente al Señor delante de mi, puesto que él está a mi lado para que yo no tropiece.Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque tú, Señor, no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia (1ª lectura).

Cómo, desde entonces no nos esforzaríamos por retener un huésped tan precioso: “quédate con nosotros: la tarde está cayendo”. Comentando este versículo, Juan Pablo II declara en la carta apostólica “Mane nobiscum Domine”: “a los discípulos de Emaús que pedían a Jesús de permanecer “con” ellos, este último responde con un don mucho más grande: él encuentra el modo de permanecer “en” ellos por el sacramento de la Eucaristía. Haciendo así, el Señor respondía a la esperanza más profunda que el Espíritu Santo había despertado en el corazón del hombre: “¿No es ese el más grande deseo del hombre? ¿No es eso lo que Dios se ha propuesto realizar en la historia del designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el “hambre” de su palabra, un hambre que es dada para “saciarnos” de Dios sobre esta tierra, en la espera de que este hambre sea totalmente colmada en el cielo”.

Si Dios ha querido preparar para nosotros dos mesas, la mesa de su Palabra y la mesa de la Eucaristía, no creemos poder caminar hasta él sin rehacer nuestras fuerzas. Según la más bella expresión del santo padre, la Eucaristía, iluminada por la Palabra que desvela el misterio, es a la vez “fuente y epifanía de comunión”, así que “principio y proyecto de misión”.
Que María, la “mujer eucarística” se nuestro modelo en su relación con el Misterio santísimo, a fin de que imitando su adoración respetuosa, nos convirtamos en verdaderos discípulos de su Hijo y ardientes testigos del Evangelios del Amor.

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