4° domingo de Cuaresma

domingo 3 de abril 2011

En el evangelio de este domingo, antes de acercarse al ciego para curarlo, Jesús declara a sus discípulos: “Yo soy la luz del mundo”. Esa es una afirmación capital. ¿Qué es lo que Jesús quiere decir presentándose así? ¿Se presenta como un principio estático de iluminación que atrae a él a aquellos que pasivamente se dejen deslumbrar por su brillo? Estoicos o gnósticos ¿No hablan también de la luz de una inteligencia divina que atrae al hombre, a la manera en que una lámpara atrae a las mariposas?

El versículo 4 de este capítulo 9 de san Juan disipa todo riesgo de malentendido. Nos revela que sólo Jesús es la verdadera luz del mundo que, como lo dice el prólogo de San Juan, “alumbra a todo hombre”. Nosotros descubrimos inmediatamente que Jesús está siempre en acción y que Jesús ha venido a realizar esta obra en el mundo en un momento preciso de la historia: “mientras que es de día”. Jesús nos explica que esta obra no es suya sino la de “Aquél que lo ha enviado, es decir de su padre que es también nuestro Padre”: ‘ni él ni sus padres han pecado, sino es para que se manifiesten en él las obras de Dios’.

¿Entonces, cuál esta obra de Dios, esta obra del Padre? En el Discurso del Pan de Vida, Jesús nos da la respuesta: “La obra de Dios, es que crean en aquél que él ha enviado”. Todavía es necesario, reconocer, “ver” en Jesús y en sus obras la voluntad del Padre realizada en el mundo. Aparece aquí la sinonimia joánica entre el “ver” y el “creer”. Por otra parte, ¿no es la piedra de tropiezo sobre la tropezaron los fariseos que en esta perícopa se rehúsan a “ver” el milagro, dicho de otra manera se rehúsan a “creer” en Jesús y en su misión de salvación? Una vez más somos reenviados al Prólogo: “el Verbo era la verdadera luz que ilumina a todo hombre; el vino al mundo. Él estaba en el mundo y el mundo existió por él, y el mundo no lo reconoció”. A la inversa, el ciego curado reconoce en Jesús, que él quiere ahora, el Hijo del hombre. Y puede confesar: “yo creo Señor” y se postró ante la divinidad del Hijo de Dios.

De la luz a la fe o de la fe a la luz que ya resplandece ante el rostro del ciego es el mismo misterio que se nos presenta: aquél de nuestro bautismo, sacramento de nuestra fe. En efecto, hemos sido iluminados con esta luz que resplandeció en el rostro de Cristo el día de nuestro bautismo. Ella nos ha curado de la ceguera de nuestro pecado. Ella nos ha transformado a tal punto que nuestra vez, somos convertidos en seres de la luz. No es lo que nos recuerda San Pablo en la segunda lectura de este día: ¿“al presente, vosotros sois luz en el Señor”? Sí, al ser bautizados en Cristo, nosotros que parecíamos estar en tinieblas, nos convertimos en luz. Desde ese bendito día, nosotros somos, entonces, radicalmente nuevos.

El bautismo no tiene nada de rito puramente exterior. “Ser luz” no significa que el bautizado se encontrará en la luz como lo está cualquier otro que ha sido iluminado por una luz exterior a él. “Ser luz” tiene que ver ante todo con una transformación profunda interior. El bautizado iluminado por la presencia de Dios, es transfigurado pro esta luz que ya brilla a partir de su ser personal. Es una lámpara que ya posee, gracias al Señor que es la fuente, la fuerza y el poder de brillar y de iluminar él mismo.

Decir que los cristianos, por su bautismo, se han convertido en “hijos de la luz” es otra manera de decir que ellos se han convertido en “hijos de Dios”. El verdadero hijo de Dios es un hijo de la luz que brilla y hace resplandecer la luz del Padre, del Padre que se refleja sobre el rostro de Cristo. Aquél que ha renacido de Dios por la luz no puede hacer otra cosa que transmitir a los otros esta luz de la fe que le ha sido dada. Conforme a la voluntad del Padre, él da así un “fruto de luz” y contribuye a dispersar todas las tinieblas del mundo.

He aquí en esta cuaresma, una bella exhortación a no dejar sin efecto la gracias recibida en nuestro bautismo. Hermanos y hermanas, como nos invita san Juan Crisóstomo, “seamos luz, como los discípulos lo han aprendido de aquél que es la gran luz: ‘vosotros sois la luz del mundo’. Seamos luminarias en el mundo teniendo en alto la palabra de vida, es decir siendo poder de vida para los otros. Partamos a la búsqueda de Dios, partamos a la búsqueda de aquél que es la primera y la más pura luz”.

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