4o. Domingo Ordinario

Domingo 30 enero 2011

Desde que el hombre ha perdido la amistad divina, apartándose de su Señor, él no cesa de extraviarse por caminos de perdición. Por tanto, “Dios no lo ha abandonado al poder de la muerte. En su misericordia, él ha multiplicado las alianzas con su pueblo, a fin de que lo que busque y lo encuentre”. Por desgracia, el corazón endurecido por el pecado, el hombre se niega a escuchar la voz del Señor y a someterse a sus mandamientos y sus leyes, él se sumerge en el mal y termina por excluirse del pueblo santo. Sólo un pequeño “resto” persevera en la fidelidad, negándose a “cometer la maldad” y se “refugia en el nombre del Señor”. El “justo” es el que se ajusta a Dios haciendo su voluntad, al casarse con sus “costumbres” para ser como él. Así que este “pueblo pequeño y pobre”, estos “humildes del país” que “renuncian a la mentira y buscan la justicia y la humildad”, anuncian el rostro paradójico del Emmanuel, el Dios que viene a nosotros como un niño y del que descubrimos las características al desgranar las Bienaventuranzas.

Cuando Nietzsche caricaturiza el cristianismo como “la religión del resentimiento de los pobres” – es decir: aquellos que no pueden imponerse en este mundo, y se convencen de que la felicidad les espera en otra parte – se olvida de leer Evangelio hasta el fin: porque es a la luz de la pasión de Jesús que las Bienaventuranzas toman todo su sentido. Aquí es donde nuestro Señor nos revela en qué consiste la verdadera pobreza, la mansedumbre, la compasión, la misericordia, la justicia, la pureza de corazón, y la paciencia. Quien lea las bienaventuranzas a la luz de la Cruz, descubre que, lejos de ser el elogio de un lugar de tranquilad pasivo y beato, llama a un compromiso radical, concreto, exigente, arduo, propuesto como camino de felicidad, pero una felicidad vivida a contracorriente de la mentalidad dominante.

Hoy como ayer, la carta evangélica – es decir, las Bienaventuranzas – sigue siendo una piedra de tropiezo. Ciertamente se estila mucho alabar la altura de estas palabras, su pureza moral, etc. Pero, ¿quién entre nosotros ha optado resueltamente por vivirlas, o al menos de comprometerse a subir esta montaña con la ayuda de la gracia? Admiramos estas sentencias, pero nosotros les tememos, porque chocan de frente a nuestros valores – aquellos que hemos heredado de este mundo. Sin embargo, es imposible llegar a ser santos – es decir, acceder a la filiación divina – sin adoptar el estilo de vida de Jesús, que él nos muestra precisamente en estos doce versículos. Nuestro Señor declara “felices” a los que se encuentran en una situación que tememos – la pobreza, el dolor, la persecución – aquellos cuya actitud es despreciado por la sociedad – los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón – y, finalmente, aquellos cuya conducta les mete en problemas – los que tienen hambre y sed de justicia, la paz. En resumen: los hombres y mujeres que ponen en peligro una u otra forma de exclusión.

En un último esfuerzo de inculturación de las palabras de Jesús se podría argumentar que se trata de un lenguaje poético, hiperbólico, que se debe interpretar y adaptar a las costumbres de nuestro tiempo. Trabajo inútil: es suficiente releer la segunda lectura de la liturgia de este día para darse cuenta de que las bienaventuranzas se deben tomar al pie de la letra. San Pablo pone de relieve que la Iglesia de Corinto no contiene muchos sabios, poderosos o nobles – aquellos que espontáneamente habríamos elegido para asegurar el éxito de la Iglesia naciente, por el contrario Dios, ha tenido a bien llamar “a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios”. Este es el nuevo Israel de Dios, o más bien el “resto de Israel”, del que Cristo quiere hacer su Iglesia. Para cada uno de nosotros para ver si nos reconocemos en este “pueblo pequeño y pobre” que no busca su propia gloria,  “sino que pone su orgullo en el Señor.”

Debido a que las Bienaventuranzas se dirigen a nosotros. Cuando Jesús las proclamó en la colina de Cafarnaum, ante él sólo había gente pobre, sin educación religiosa y que no brillaban por sus extraordinarias cualidades morales. Eran María Magdalena la pecadora, Zaqueo, el recaudador de impuestos, Mateo el publicano, los pescadores del lago de Galilea, los enfermos mentales, los enfermos físicamente, en resumen: la gente como tú y yo.

Jesús no describe lo que veía su auditorio, mas bien él revela a sus oyentes que su existencia, simple y mundana, puede convertirse en un camino de santidad, siempre que la vivan a la luz de sus palabras de fuego. Escuchando a la enseñanza del Sermón de la Montaña, nos encontramos que un tesoro está enterrado en el ámbito de nuestra vida cotidiana, y depende de nosotros encontrarlo. Nuestro Señor nos dice que somos “felices”, no a causa de nuestra pobreza, de nuestras lágrimas, de nuestros esfuerzos por vivir en la justicia y mantener un corazón puro en medio de la inmoralidad generalizada, nuestra voluntad de perdonar y de hacer la paz en un mundo de lobos, no a causa de las humillaciones sufridas como consecuencia de nuestra pertenencia a Cristo, sino que la felicidad, por el contrario, se encuentra en el corazón mismo de estas situaciones de aparente desilusión, dado que decidimos vivir a la luz del Evangelio.

Dios nos invita a venir a él tal como somos, porque es en nuestra debilidad que quiere poner su fuerza, en nuestras lágrimas, que quiere poner el germen de su alegría; en nuestra pobreza quiere verter su riqueza; en nuestro pecado, que quiere ofrecer su perdón; en nuestra muerte que quiere hacer brotar su vida. En nuestra cruz, él ya ha fijado la suya, para que la gloria transfigure lo que hacía nuestra vergüenza, y que nuestra humanidad mortalmente herida sea sumergida en su divinidad.

Esta es la gran revolución religiosa de los Evangelios, en particular las Bienaventuranzas, que deben renovar por completo nuestra imagen de Dios.

En algunos momentos, presentando el Cuerpo y la Sangre de nuestro Salvador, el celebrante resumirá en la lista de las bienaventuranzas: “Dichosos los invitados a la cena del Señor” . Sí somos dichosos porque comulgando, nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo, pobre, dulce, compasivo, misericordioso, pacífico.

“Señor, danos un corazón suficientemente puro, para verte en la humilde Hostia en la que encontramos nuestra justificación, y tendremos la fuerza para dar testimonio, incluso en la persecución del verdadero rostro del mundo que viene. “

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