5º domingo de Pascua

Cuadro 23:  JESUS, EL CAMINO AL PADRE

domingo 22 de mayo de 2011

Los discípulos se “conmocionan”, porque comienzan a comprender que el camino de su Maestro va a pasar por la muerte; y sin duda conjuntamente temen por su propia vida. Jesús los tranquiliza con una palabra que podríamos explicitar como sigue: “así como ustedes creen en el Dios de Israel, que ha salvado a su pueblo de manera pre figurativa haciendo atravesar el Mar Rojo en seguimiento de Moisés, crean también en mí, porque yo me apresto a salvarlos de una manera definitiva atravesando por ustedes las grandes aguas de la muerte”.

Hablando así, Jesús anuncia no solamente la muerte que no podrá retenerlo porque el pondrá el pie sobre la otra orilla, aquella de la vida definitiva, pero él revela igualmente que él va a realizar este éxodo por sus discípulos, como un nuevo Moisés abriendo el paso al nuevo pueblo de Dios.

En ningún instante Jesús se preocupa de sí mismo, de su Pasión ya próxima; él busca únicamente asegurar a sus discípulos sobre su suerte. En cuanto a él, él no parte para lo desconocido: el regresa a ¡“la casa de su Padre”! Su gozo desborda a pesar de la dureza del camino que se apresta a emprender. No es la sombra de una amargura por la incomprensión persistente de su compañeros de ruta; el resalta, por el contrario en estos versículos que su felicidad no será total hasta que ellos compartan su gozo. El parte primero para prepararnos un lugar y asegurar que todo esté listo para nuestra llegada; y mientras que le alcanzamos, él vendrá personalmente para acogernos, para tomarnos con él y hacia él. Jesús ha venido a la tierra y vivirá su Pascua, únicamente para tener el gozo de acogernos un día en la casa de “su Padre y nuestro Padre, su Dios y nuestro Dios”.

Morir no es como lo pensaban los judíos, descender al Sheol o Hades para llevar una vida tenebrosa; no es, como lo pretenden algunos biólogos ateos, restituir a la naturaleza su propia materia orgánica para un reutilización posterior por otros seres vivientes. Para los creyentes, morir es “entrar en la vida, es ir a habitar con Cristo en el seno del Padre, compartiendo su propia vida divina.

En su carta encíclica sobre la esperanza (Spe Salvi), el Papa Benedicto XVI constata que ciertas personas no desean la vida eterna: ¡parecen no tener miedo! Probablemente porque no podemos pensar de manera diferente en la vida definitiva a lo que conocemos aquí abajo, mientras que se trata de una vida sin alguna limitación dolorosa de las que nosotros soportamos sobre esta tierra. La vida eterna, dice la Encíclica, será una “inmersión en el océano del amor infinito”. Diciendo esto, no pretendemos haber quitado el velo de misterio, porque no puede ser. Pero lo esencial está dicho : la vida eterna será una plena comunión, cuerpo y alma, con Cristo resucitado, cuya gloria y gozo participaremos.

La cuestión de Tomás es la de un verdadero discípulo, preocupado de seguir y de alcanzar lo más rápido posible a su Maestro. Ella permite a Jesús darnos esta magnífica respuesta: “yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sin pasar por mí”. A partir de ahora, Dios no se da a conocer sino en el camino por el que Cristo viene a nosotros. Aún más: la expresión “pasar por mí” sugiere que el no solamente es el “camino” de acceso, sin también la puerta que es necesario pasar, para acceder a la “casa del Padre”, término de nuestra peregrinación en su seguimiento. Esto nos reenvía al Evangelio del domingo pasado: por una parte, el Buen Pastor pasa por la puerta a la cabeza de su rebaño (Jn 10,4); por otra parte él es también la puerta de las ovejas, que da acceso a los pastos donde ellas podrán “ir y venir” (Jn 10,9).

Encontramos este mismo balance en el evangelio de hoy: para llegar a la morada del Padre donde el Hijo nos ha “preparado un lugar”, debemos tomar el camino que él abre ante nosotros. Pero la casa a donde debemos llegar no tiene sino sólo una puerta de acceso: el Hijo único, por el que todo fue hecho así “pasar”, es decir que nos toca identificarnos abrazando su voluntad, como él mismo comunica totalmente con la de su Padre, al punto que Jesús puede decir: “yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí”; aún más: “el Padre y yo somos uno” (Jn 10, 30).

De ello sigue lógicamente que “aquél que me ha visto, ha visto al Padre”; es decir: aquél que en la fe acoge la Palabra de Dios, conoce también al Padre del que Jesús revela el verdadero rostro. Tal es lo inaudito del Evangelio: Dios, el invisible, el inaccesible, el más Allá de todo, quiere ser conocido, reencontrado, amado en su Verbo encarnado.

Superado esto, todas las audacias son permitidas al creyente: “aquél que cree en mí cumplirá las mismas obras que yo, verá más grandes”. Cada uno de nosotros tiene por vocación revelar un aspecto de la infinita ternura del Padre “que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable”; es así que nos convertiremos en “piedras vivas del Templo espiritual” edificado sobre la “Piedra angular”: Cristo.

Como los discípulos después de Pentecostés, “acerquémonos a nuestro Señor Jesús”, “llenos de fe y de Espíritu Santo”, y seamos lo que somos: “la raza escogida, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que le pertenece a Dios”, encargado de anunciar a todos los hombres que Jesús es el verdadero camino, aquél que da acceso a la vida eterna. El Señor nos repite, a nosotros y a todos aquellos a los que nos dirigiremos: “yo les he revelado esto para que mi gozo sea en ustedes, y que ustedes sean plenos de gozo” (Jn 15,11).

“Dios que has enviado a tu Hijo para salvarnos y para hacer de nosotros tus hijos de adopción, mira con bondad a aquellos que tu amas como padre; para que creamos en Cristo, concédenos la verdadera libertad, la que consiste en acoger todo con acción de gracias de tu mano. Haciéndonos siempre más transportes a tu amor, a imagen de Jesús, podremos vivir entonces de tu vida y ser testigos creíbles de la Buena Nueva de tu amor misericordioso para todos los hombres nuestros hermanos”.

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