5o domingo de Cuaresma

Domingo 10 de abril 2011

La resurrección de Lázaro – y toda la liturgia de este día – se presenta como un cara a cara dramático entre la vida y la muerte, entre el Señor de la Vida, el Envido del Padre, Jesucristo, y el príncipe de la muerte implícitamente presente por sus obras: la enfermedad y el muerte de Lázaro, el complot contra Jesús.

Por otra parte, este relato es la bisagra entre las dos grandes secciones del cuarto evangelio: los diez primeros capítulos nos hacen descubrir los “signos” que acreditan la mesianidad de Jesús y lo ponen por el mismo hecho como rival del príncipe de este mundo; los últimos diez nos introducen en el enfrentamiento entre la luz y las tinieblas conduciendo a la victoria final del Señor resucitado. El regreso a la vida de Lázaro es el séptimo y el último signo, el más importante, es aquél al que San Juan consagra más versículos y por tanto: resume toda la primera parte y anuncia el desarrollo y el final de la segunda.

De entrada Jesús revela el objetivo de la enfermedad de su amigo, que desarrolla también el objetivo de su pasión: esta prueba “no conduce a la muerte, ella es para la gloria de Dios, a fin de que por ella, el Hijo de Dios sea glorificado”. Ciertamente nuestro Señor sabe bien que la muerte ha hecho su obra; algunos instantes más tarde el dirá explícitamente a sus Apóstoles: “Lázaro está muerto”. Pero él sabe que esta victoria no es sino aparente, efímera, y que el amor vivificante del Padre –su “gloria” tendrá la última palabra.

Que el verdadero objetivo del relato concierne a la Pasión del Señor aparece claramente en el diálogo con los discípulos que quieren disuadir a su Maestro de volver a Judea, porque los judíos buscaban lapidarlo. La respuesta de Jesús: “Lázaro está muerto, vayamos ante él”, anuncia el camino sobre el cual él se compromete valientemente: es descendiendo junto a Lázaro, en su muerte, que Nuestro Señor podrá triunfar; es haciéndose solidario de nuestra humanidad hasta esta última consecuencia del pecado, que Cristo nos salva de la muerte y nos da parte en su vida.

En adelante ningún hombre muere solo. Al momento del gran paso, cada uno de nosotros puede decir con Tomás: “vamos también nosotros para morir con él”, a fin de vivir su vida. Si al menos ponemos toda nuestra esperanza ene esta Palabra que constituye el corazón luminoso del relato: “Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera, vivirá; y todo hombre que vive y cree en mí no morirá jamás”. Si ponemos nuestra fe en Jesús, el Padre “pone en nosotros su Espíritu, y vivimos” de su vida; sobre nosotros, la muerte ya no tiene ningún poder: ella no es más que un pasaje de este mundo efímero hacia nuestra patria definitiva: “Yo los instalaré en vuestra tierra, y vosotros sabréis que yo soy el Señor: yo lo he dicho, y yo lo haré – Palabra del Señor”.

El regreso a la vida de Lázaro, por espectacular que sea, no es más que un “signo” que confirma la palabra de Jesús, o más bien acredita su autoridad. Porque Lázaro, así como la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naím, han vuelto una segunda vez a la vida natural que les había sido dada solo por un tiempo. Por el contrario, aquél que es el “resucitado de entre los muertos no muere más” porque él vive de la misma vida de Dios, es decir de su Espíritu. Ahora “si el Espíritu de aquél que ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita en ustedes por la fe, aquél que ha resucitado a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”.

Nosotros esperamos entonces algo más que un simple regreso a la vida natural. Ciertamente nosotros moriremos, porque “nuestro cuerpo está destinado a la muerte a causa del pecado”; pero “si Cristo está en nosotros” y nosotros estamos en él por una fe viva, nuestra alma vivirá de su vida divina, participando así de su inmortalidad.

Se podría sorprender que san Juan escriba: “y el muerto salió”. ¿No es porque él volvió a la vida que Lázaro pude salir? ¿De qué habla el evangelista? En efecto este versículo se dirige a nosotros que recibimos hoy este mensaje. San Juan nos anuncia que al momento de cerrar los ojos sobre este mundo que pasa, mientras que nuestra alma se separa de este cuerpo corruptible, escuchamos la voz de Nuestro bien amado Señor llamándonos junto a él. ¿Cómo podría entonces un cristiano divisar una “reencarnación”, mientras que entramos plenamente en la vida divina que Cristo nos dará en herencia por el Espíritu? Aún más: creemos que por el Bautismo “hemos sido sepultados con Cristo a fin de que pasemos de esta vida presente a una vida nueva, también nosotros, igual que Cristo, por el omnipotente poder del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos (Rm 6,4).

Tal es la Buena Noticia: las tinieblas mortales no tienen ya ningún dominio sobre aquellos que se han dejado iluminar por la Palabra Luz que da la vida. Si el evangelista reporta dos veces la queja que Marta y María formulan en su sufrimiento: “Señor, si tu hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”, ¿No es para subrayar que este grito de desesperanza ya no tiene razón de ser? Jesús resucitado está definitivamente presente en el corazón de nuestras vidas como de nuestra muerte, para hacer reinar su vida divina inmortal, de una vez por todas.

Pero para que el llamado del Señor nos alcance al fondo de nuestra tumba, ¿Qué piedra nos hace rodar? ¿Qué incredulidad, que duda nos hace falta rechazar? ¿A qué conversión nos hace falta consentir para cesar de resistir a la gracia y dejar a la Palabra recrearnos en nuestra filiación divina?

“Desde la profundidad yo grito hacia ti, Señor, Señor, escucha mi llamado”. Yo creo: “Tu eres el Mesías: tu eres el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo”. Tu eres desde ahora mi resurrección y mi vida. Pero aumenta mi fe, a fin de que liberado del miedo a la muerte, yo viva aquí abajo como ciudadano del Reino que no pasará nunca, de suerte que mientras llega el momento del gran paso, Dios sea glorificado por mi muerte como por mi vida y que yo pueda entrar en la gloria que tu preparas para tus amigos”.

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