6º domingo del Tiempo Ordinario.

Domingo 13 de febrero 2011

“La vida y la muerte se proponen a los hombres, la una y la otra les es dada según su elección”. Este verso tomado de la primera lectura de la liturgia de este domingo podría ser una ilustración de dos árboles en el libro del Génesis, el Árbol de la Vida y el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal (Gn 2, 9). No estamos “determinados” al mal, el pecado no es inevitable, pero se nos invita a discernir el bien a la luz del Espíritu, y a cumplirlo en la fuerza que nos da “Si tú quieres, puedes observar los mandamientos, depende de tu elección para permanecer fiel.” Esta es la Buena Nueva proclamada por el Sabio, y realizada en Jesús, muerto al pecado, y resucitado en el poder del Espíritu de la libertad y de la vida. Porque la verdadera libertad consiste en el poder discernir y escoger lo que promueve la vida que el Padre nos da y de la que nos quiere llenar.

La Revelación nos enseña que después de la ruptura del pecado, que llevó al triunfo de la muerte, esta libertad nos es dada de nuevo en la participación en la vida filial de Jesús (cf. 2 P 1, 4). Este es el plan de Dios sobre nosotros”, sabiduría oculta, prevista por él antes de los siglos, para darnos la gloria. Y es a nosotros que Dios, por el Espíritu ha revelado esta sabiduría” (2 ª lect.).

Por lo tanto, si la verdad de nuestra condición humana consiste en vivir unidos a Cristo, la unión a Jesús por la fe es el único camino que nos lleva al árbol de la vida, nos devuelve a una relación filial con Dios, y nos abre a la fraternidad universal.

Por tanto, es comprensible que, lejos de querer “abolir” los mandamientos que guían nuestros pasos en el camino hacia la libertad y la vida, Nuestro Señor, por el contrario, viene a “cumplir la Ley y los Profetas”, a fin de poner plenamente a la luz el camino que conduce a Dios su Padre y nuestro Padre, pasando por la obediencia a Su Palabra.

Esta suprema sabiduría, nos dice san Pablo es, sin embargo, la antítesis de “la sabiduría de aquellos que dominan el mundo” (2 ª lect.), este término designa con precisión la parte de la humanidad que rechaza la iluminación de la Palabra.

Mientras la justicia humana, que busca por todos los medios defender los “derechos” de los individuos, es un valor precioso, sin embargo, es insuficiente a los ojos de Jesús: “Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” Nuestro Señor no tenía la intención de añadir otros mandamientos – no afecta al amor multiplicando los preceptos-, sino que anuncia la necesidad de un salto cualitativo que no se puede realizar sino en el Espíritu que él va a derramar sobre toda carne en la mañana de Pentecostés.

Cabe señalar que los ejemplos citados por Jesús tengan todos rasgos de violencia en las relaciones, de las que Nuestro Señor desarrolla en toda su amplitud:

– La ira amenaza a la vida física del hermano;
– El insulto lo hiere profundamente en su vida psíquica;
– La maldición lo excluye del campo religioso;
– La concupiscencia de la vista comete ya intencionalmente el adulterio, que hace violencia a la relación de la alianza nupcial;
– El repudio es una violencia hecha al derecho de la esposa a la fidelidad y la estabilidad familiar;
– El juramento pronunciado a la ligera, hace violencia a la confianza.

La estricta justicia se contenta con regular bien las formas externas de esta violencia, pero sin poder arrancarla de raíz, o remplazarla por una orden superior, el de la caridad. Sólo el Espíritu nos puede conceder realizar esta conversión de la violencia a la mansedumbre, la paciencia, la compasión, la ternura, en una palabra: al amor. Con demasiada frecuencia nos entregamos con ilusiones a la dureza del camino: las comparaciones de Jesús nos hacen prever la radicalidad de las renuncias que implica tal conversión: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y tíralo lejos de ti, porque tu interés es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.” “La imagen del cristiano mutilado pero salvado nos muestra el ardor de esta lucha y previene toda forma de asociación abusiva entre la gracia y facilidad. La gracia de Dios no tiene por objeto evitar las resoluciones difíciles, los sacrificios, las amputaciones, sino hacerlas posibles” (Emile Nicole).

El Espíritu me es dado a mí para poder tomar decisiones radicales, arrancar de mi vida y arrojar lejos mí, lo que me impide ser libre en la libertad de hijos, aunque tenga que separarme de algo que tenga un gran valor a mis ojos. ¿Qué podemos poner en equilibrio con la perla rara, el Tesoro único de la vida eterna?

Como la oración colecta de la liturgia de este día no pide a Dios que nos permita observar estrictamente todos los mandamientos, sino “vivir por su gracia”, porque “Dios quiere habitar en los corazones de los rectos y sinceros”. De hecho, la sabiduría que “el corazón del hombre no había imaginado, y que había sido preparada para aquellos que aman a Dios” no es otra que el Espíritu Santo es decir la Caridad infusa, esta fuerza sobrenatural que nos permite superar la inercia del hombre viejo, y vivir en la lógica del amor, es decir, la primacía del don. “Los adultos en la fe”, es decir, los creyentes que se han comprometido decididamente en la batalla con la parte oscura de sí mismos, y cuya fe está viva por una Caridad que sufre, que no puede estar decepcionada en su esperanza, porque ya tienen parte en su heredad y saben que “los ojos del Señor se vuelven hacia los que le temen” para darles gracia a su tiempo y “darles parte en su gloria.

La conversión radical a la que Jesús nos invita, implica también reconocer que en Él todos somos hermanos, siendo hijos de un mismo Padre. Nunca estamos solos ante el altar: en cada uno de nosotros es el cuerpo entero el que presenta su ofrenda a Dios. Por lo tanto, ¿Cómo nuestro Padre celestial podrá ser feliz con el regalo de sus hijos, si están divididos entre sí? Es por eso que “cuando estás presentando tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego ven y presenta tu ofrenda. ” ¿Quién de nosotros está a la altura de tal exigencia?

Todas las interpelaciones lanzadas por Jesús son personales, no se trata de cortar la mano o el pie de mi hermano, o de arrancarle el ojo: se trata de mi problema. ¿Podremos discernir en estas desconcertantes Palabras un llamado a atreverse a comprometernos firmemente en el camino de la verdadera libertad, la del amor de la caridad, y podremos acoger la fuerza del Espíritu para arrancar y tirar lo que amenaza a nuestra participación en la vida divina, nuestra herencia.

Comments are closed