6o. Domingo de Pascua

domingo 29 de mayo 2011

Este discurso de Jesús a sus discípulos tiene lugar “a la hora en que Jesús pasa de este mundo a su Padre”. El detalle no es poco importante, él llama espontáneamente nuestra atención. En la vigilia de la Pasión, sin dificultad nos imaginamos las disposiciones interiores de los discípulos, adivinamos muy bien cuales podían ser sus inquietudes a unas horas de la muerte del Señor.

 

De hecho, las palabras de Jesús dejan entender que Jesús se expresa en un clima de temor. Él habla de invocar un defensor, lo que prueba bien que el clima es hostil, y él habla de no dejar huérfanos a los discípulos, evocación clara de una de las más dolorosas separaciones que existan.

La cuestión es: ¿Por qué evocar estas horas sombrías en el corazón del tiempo pascual? ¿Por qué mostrarnos el temor de los discípulos en la vigilia de Pentecostés, es decir en la vigilia de anunciar el Evangelio a las naciones? Puede ser porque el Espíritu santo está presente en este texto, pero hay otros textos más para evocar al Espíritu Santo. La cuestión permanece. Intentemos seguir el discurso de Jesús paso a paso.

 

“Si me amáis, permaneceréis fieles a mis mandamientos”. El discurso se abre sobre una dificultad. Esta frase no es simple; ella puede querer decir: les es suficiente amarme e inmediatamente mis mandamientos serán guardados. “Si me amáis permaneceréis fieles a mis mandamientos”, es decir: amando a Jesús, se es fiel a sus mandamientos; los mandamientos que Jesús nos deja consisten en amarlo. Pero hay otra forma de comprender este versículo: si me amáis, lo probará que amáis mis mandamientos. Amar a Jesús no va de suyo, la prueba de la existencia de este amor será dada si sus mandamientos son respetados.

Cualquiera que sea, este versículo establece un lazo entre los mandamientos de Jesús y el amor que lo lleva. Por otra parte, podemos leerlo ciertamente como una palabra destinada a disipar el temor de los discípulos. Los discípulos no deben temer de no restar fieles a la enseñanza de Jesús cuando les será quitado, porque ellos continuaran a serle fieles gracias a su amor por él. Al final del evangelio, Jesús  concluye en efecto: “aquél que ha recibido mis mandamientos y permanece fiel, ese es el que me ama.

 

Enseguida, Jesús se compromete personalmente: “yo, pediré al Padre”. El toma sus responsabilidades, él hace lo que hará. El argumento es masivo y deberá reasegurar; si Jesús intercede por nosotros, ¿Qué debemos temer?

“Pediré al Padre y les dará otro Defensor”. Un defensor. Haciendo esta oración, Jesús muestra que él se preocupa de la defensa de los discípulos, el muestra que él mismo es un defensor. He aquí porque él habla de “otro defensor” . Pero su petición implica otra cosa. Ella quiere decir que a través del proceso cercano de Jesús, se  resalta otro proceso, aquél en el que los discípulos de Jesús serán acusados, por su fe en el Hijo de Dios crucificado y de nuevo viviente. Este término de Defensor, de Abogado, o de Paráclito, merece la atención. En el medio judicial judío, el abogado no tenía alegato, sino que asistía a su cliente y le aconsejaba al mismo tiempo y en la medida en que él hablaba para intentar defenderse. Ella deja entrever alguna cosa de la naturaleza del Espíritu Santo. Él sostiene a los discípulos con actos de palabra como lo hace una persona y no como intervendría una fuerza anónima ni como una voluntad exterior podría suplantar la libertad de los discípulos. El Espíritu Santo habla para ayudar a los discípulos a escoger escuchar sus consejos.

Pero, ¿Cómo conocerle, como recibirle o simplemente como ver esta persona que es el espíritu de verdad? Habría de que inquietarse, porque “el mundo es incapaz de recibirle, porque él no lo ve y no le conoce”. “Pero vosotros, agrega afortunadamente Jesús, vosotros le conocéis”. No podemos ser asegurados. ¿Pero es este el que nos ayuda a discernir el Espíritu Santo?  No verdaderamente. Las informaciones son muy escasas. Sabemos que se trata de un Defensor y sabemos que él todavía no ha sido recibido, porque Jesús pedirá la Padre que lo envíe: “él les dará otro defensor que estará para siempre con vosotros”. Jesús se expresa claramente al futuro. Por tanto, el Espíritu ya es conocido: “pero vosotros, le conocéis, porque él habita en vosotros, y él está en vosotros”. No solamente aquél que nos debe ser enviado por el Padre está ya cerca de nosotros sino que él está en nosotros. Evidentemente Jesús no se contradice y no dice cosas imposibles. Es particularmente interesante notar que orando al Padre para que dé su Espíritu que ya está ahí, Jesús hace lo que él invita a otros a hacer. Él pide el Espíritu y otros habrán de hacer lo mismo. Nosotros tenemos que hacer otro tanto. Esto quiere decir que aunque ya se ha recibido al Espíritu Santo, hay que pedir todavía recibirlo. Dicho de otra manera, el Pentecostés ya próximo será para nosotros el día en que el Espíritu Santo será pedido al Padre y en que nosotros lo recibiremos por el Hijo, de nuevo y todavía. Feliz perspectiva.

Pero volvamos a nuestra investigación. Jesús, en su discurso, se muestra muy confortante. ¿Pero qué temor busca encarar? Tenemos un nuevo indicio cuando dice: “yo no os dejaré huérfanos”. Los discípulos experimentan un temor, el de ser huérfanos, es decir un temor que concierne al Padre. Es por lo que Jesús agrega: “yo vengo con vosotros”. Él no viene hacia nosotros como el Padre, porque él es el Hijo, pero justamente como Hijo, según la relación que él tiene con su Padre. Tocamos entonces allá el final. El temor fundamental de los discípulos a la vigilia de la separación con Cristo es de no saber vivir como hijos, ellos conocen la fragilidad del hombre y temen que el misterio de la vida filial les escape definitivamente. He aquí porque Jesús promete el Espíritu de la verdad, el Espíritu que permite ver y mantenerse en verdad ante Dios, el Espíritu que hace de nosotros sus hijos. “En ese día, continúa Jesús, reconoceréis que yo estoy en mi Padre, que vosotros estáis en mí y yo en vosotros”. En ese día en que el Espíritu estará para siempre con los discípulos, con ellos y en ellos, en una presencia invisible, ellos conocerán interiormente la salvación realizada por Jesucristo: la vida filial restaurada. Ellos recibirán el fruto de salvación que es el Espíritu Santo y ellos gustarán el gozo de la salvación que es el ser hijos en el Hijo.

“El que acepta mis mandamientos  y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”. En esta conclusión, Jesús recapitula nuestro recorrido y da la clave: si hay una solo temor que tener, es el de ser separado del Hijo y de no conocer el amor del Padre. Así, observando los mandamientos de Jesús, sus palabras, el discípulo participa de su movimiento filial hacia el Padre. Y ahora es el Padre que viene al hombre enviando a su Hijo en él por el Espíritu. Para recibir del Padre el don del Espíritu y conocerle, es necesario guardar los mandamientos de Jesús. Y el rol del Espíritu es de asistir a los discípulos para hacerles testigos de las palabras de Jesús.

Señor Jesús, te pedimos, pide para nosotros el Espíritu al Padre, que permanezcamos para siempre como tus discípulos aquellos que viven de tu Espíritu y conozcan el gozo que sólo tu salvación nos procura: volvernos hacia nuestro Dios y llamarle “Abbá, Padre”.

 

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