7o domingo del Tiempo Ordinario

domingo 20 de febrero  2011

Hoy completamos la lectura del Sermón de la Montaña, cuyo alcance se extiende por tres semanas y que nos lleva, en un movimiento final a la contemplación del esplendor del Padre. Jesús continúa revelando la esencia de la vida cristiana mediante la comparación de su enseñanza con las certezas y las prácticas en vigor. “Ustedes han oído … pero yo les digo.”

La primera máxima establece una ley de la equivalencia. Se trata de una prescripción bíblica que busca establecer un equilibrio, introducir una ponderación del deseo de venganza en las relaciones humanas. El canto de Lamec – ” he dado muerte a un hombre por haberme herido, y a un muchacho por haberme pegado. Si siete veces es vengado Caín, entonces Lamec lo será setenta veces siete.” (Gn 4,23-24) – se ve ahogado por la ley del talión –“ojo por ojo, diente por diente” (Éxodo 21,24). Sin embargo, esta ley solo puede representar un paso hacia la sabiduría. Ella evita al hombre caer en el exceso, pero ella se limita a la equivalencia de los objetos, sin tener en cuenta al sujeto. Jesús nos invita a asumir el riesgo de ser humanos. El equilibrio de la ley del talión es un efecto de espejo, imponiendo mutilaciones recíprocas que mantienen a los hombres a distancia. La ley del amor, por el contrario, renuncia a lo idéntico del espejo de nuestro odio para afirmar la libertad del sujeto: “y bien, yo les digo que no respondan a los malvados.”

Afirmar su libertad para superar el círculo vicioso del mal no es el único requisito del amor. Es necesario además, venir en ayuda del hermano que ha sucumbido a la violencia e invitarlo a la comunión fraterna. Jesús llama a “poner la otra mejilla”. Con este gesto, Jesús no nos invitan a reclamar una nueva manifestación de la violencia; él espera de nosotros que reconstruyamos la fraternidad. Poner la otra mejilla es exponer una vulnerabilidad voluntaria, para descubrir la confianza que nace del amor, para mostrar que nada puede afectar a la caridad. Poner la otra mejilla es decir, al malvado que es recibido como un hermano porque lo es. El acto de violencia es desactivado desde dentro por un acto de abandono confiado. Sólo la confianza puede llevar al amor.

Del mismo modo, quien usa el poder. El proceso representa el poder implacable de la justicia humana, que cuantifica el mal. En esto, ella puede estar más cerca de la ley del talión. Pero Jesús quiere salvar al hombre. Su respuesta es la de un aumento del amor, de una escalada del don. ¿Cómo se puede dar a cualquiera que lo desee? ¡Aún más! Llenado más allá de la codicia, el ladrón se da cuenta, en primer lugar, que el camino del amor es más rentable que el del poder, entre más se acerca al que dando introduce a la fraternidad.

Por lo tanto, dando su manto además de la túnica, ofreciendo dos millas al que impone mil, el amor muestra que siempre tiene la iniciativa. Tal es el ejercicio de la libertad agradable al Señor: renunciar a la reacción primaria que genera la reciprocidad y que se mide en equivalencias, para escoger la iniciativa del don y la creatividad del amor que construye la comunión. “Da a quien te pida y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda”.

Entonces, la iniciativa del amor debe ser completada: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen”. Jesús no se limita a denunciar a nuestro sistema de equivalencia de la venganza y en la violencia, también significa que abandonemos nuestro sistema de equivalencia en el bien. El amor no se establece en el reconocimiento de las similitudes, no crece por la reciprocidad – el hermano amando al que es un hermano para él, el amigo que es un amigo para él. El amor procede de un don gratuito basado en una alteridad irreducible. A aquel que se debe amar no es el mismo, no es el otro y no es el que está cerca, sino al cual se acerca. En otro lugar, Jesús dice: aquél del que se hace cercano.

Sin embargo, Jesús no renuncia a nuestras distinciones. El otro no es siempre un amigo, puede ser un enemigo. Es importante subrayarlo y no considera, en nombre de nuestro cristianismo, que todos los hombres son nuestros amigos. La objetividad de la Palabra de Dios supera los buenos sentimientos. Tenemos enemigos, es un hecho. Queda por comprender quiénes son y qué es lo que nosotros queremos. Por desgracia, la santidad de la mayoría de nosotros no es tal que representamos una amenaza para el espíritu del mundo. Por lo tanto, nuestros enemigos apuntan más lejos, más grande que nosotros. Más exactamente: más profundo. El sello bautismal. El vínculo filial. El enemigo busca alcanzar y desfigurar a Cristo en nosotros.

“Orad por los que os persiguen, para ser realmente hijos de su Padre que está en los cielos”. Afirmar y fortalecer nuestra identidad filial es la única respuesta apropiada. El mandamiento del amor que Jesús nos deja no va sin la revelación del don del amor: el ser filial. Así se desarrolla la pedagogía de Jesús: dar a quien pide, en la iniciativa del amor y convertirse en hijos amando sin condición, amando a los enemigos que quisieran mutilar el ser filial. La lógica de la equivalencia es superada, la respuesta ya no existe. Sólo el don transforma el odio y manifiesta la filiación divina. El amor hace convertirse en hijos.

Así llegamos a la cumbre del discurso de Jesús. Porque el hijo hace las obras del Padre. Desarrollando estas antítesis, Jesús no trata de edificar un nuevo código moral, él nos introduce en la contemplación del esplendor del Padre. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Todas las actitudes que Jesús pide y que sus discípulos viven, por la gracia, manifiestan la grandeza del Padre.

“No he venido a abolir sino a cumplir”, dijo Jesús la semana pasada. Nosotros medimos mejor ahora la novedad de este cumplimiento. Jesús no rechaza la Ley, no renuncia a ninguna categoría moral, puesto que él nombra claramente a los justos y a los injustos, a los buenos y a los malvados. Pero Jesús revela al Padre actúa de otra manera que nosotros que rechazamos a unos y escogemos a los otros. El Padre hace salir el sol y caer la lluvia sobre tanto sobre los unos como los otros. El Padre se ocupa tanto de los justos como de los injustos, de los buenos como de los malvados y no a cada uno según lo que le parece sino lo que está destinado a ser: un hijo en el Hijo. Este es el cumplimiento que realiza el hijo y que revela el actuar del Padre. Esta es la obra de los hijos de Dios: ellos no buscan la perfección de la Ley, sino la perfección de la vida filial, recordando que la ley está hecha para el hijo. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Los hijos deben buscar la perfección del Padre que es amor. De este modo, porque la justicia de los discípulos de Cristo encuentra su fuerza en la fecundidad del amor del Padre, ella está a su alcance. ¡Buena Noticia!

Padre Santo, que tu Nombre sea santificado!

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