9o domingo del Tiempo Ordinario

domingo de 6 marzo 2011

En el Evangelio de hoy, Jesús se dirige a aquellos que lo siguen y teniendo en cuenta su calidad de sus discípulos, les habla: “No todo el que me diga ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” El mensaje es claro y directo: no es suficiente para el discípulo confesar de palabra que Jesús es el Señor, también es necesario confesarlo en acto.

Sin embargo, no se debe creer que Jesús solamente habla en este versículo a los que “dicen y no hacen”. En efecto, aquellos a quienes nuestro Señor reprende han hecho muchos milagros, expulsado muchos demonios, y lo que es más, en su nombre. Han hecho mucho, pero puede ser que hayan dejado poco actuar a Cristo en ellos. Ese es el problema aquí que Jesús señala con el dedo.

Además explicita en el versículo que sigue: “El que escucha estas palabras que acabo de decir y las pone en práctica es como un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca”. Jesús insiste en el hecho de que las acciones que realizamos deben ser el resultado de escuchar sus palabras. El verdadero discípulo escucha las palabras de Jesús. Haciendo así, da la bienvenida a la Palabra hecha carne y le permitirá llevar en y alrededor de él el fruto que quiere. Él guarda sus palabras. Él guarda la Palabra, la conserva y la repasa sin cesar en su corazón para no fallarle.

Fundada en una escucha tal, es impulsado por el dinamismo y la fuerza de esta palabra. Este última dispone una eficiencia que le es intrínseca. Ella conduce necesariamente a la acción, porque ella hace lo que dice y dice lo que hace. Pero es precisamente ella la que conduce. En otras palabras, el discípulo no ahogar la performatividad de la Palabra. Ella recibe y le permite girar y moverse a través de él. En ningún caso, se la apropia y utiliza a su antojo.

El verdadero discípulo se dejado impregnar de tal manera por la Palabra del Verbo, que la ha escuchado con atención y la ha rumiado pacientemente, que desde ahora ella vive en él, en cada una de sus palabras y también en cada uno de estos gestos. Con San Pablo, se puede exclamar: “Ya no soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí.” De su encuentro con Jesús, de la contemplación de su rostro y de la escucha de sus palabras, él ha sentido aumentar en él una fuerza misionera que lo ha comprometido en el camino de un testimonio valiente en el corazón del mundo.

La roca que da estabilidad a la vida cristiana es Cristo. “Mi fortaleza y mi roca eres tú” hemos cantado con el salmista. Si la casa del hombre sabio de la parábola se mantiene firme es sólo porque el Señor mismo es “la roca que lo protege, la casa fuerte que salva” (Salmo 30). La parábola de Jesús nos enseña lo que significa fundar la vida en Cristo: escuchar su palabra que pasa y sobre todo dejarla actuar en nosotros de modo que nos conduzca a realizar acciones en conformidad con ella y no con lo que naturalmente inspira nuestra humanidad herida por el pecado. El Señor, si él tiene siempre la iniciativa, no hace todo en nuestro lugar. También nosotros tenemos nuestra parte. Ella consiste en consentir la obra de la palabra en nosotros que, como una espada de doble filo, viene a recortar la vid de nuestra humanidad para privarle de sus ramas muertas.

Escuchar así la Palabra es obedecerla. También entendemos que esto no es una obediencia formal, sino la obediencia que demuestra nuestro compromiso con el que pronuncia la Palabra y a través de ella nos da el don de su ley de la vida.
Esta obediencia que nace de la escucha de la Palabra y nos conduce a apegarnos a Aquel que es el autor es la expresión de la verdadera fe, la fe viva de la caridad, la única que puede salvarnos. En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que “Dios ha manifestado su justicia que nos salva”, y la justicia de Dios es dada gratuitamente a todos aquellos que ponen su fe en Cristo Jesús, y acogiendo con gratitud el fruto de la redención que él cumple por el ofrecimiento de su sangre para el perdón de los pecados.

Construir nuestra vida de fe en la roca de Cristo resuena bien con una nueva armonía. Se trata de referir cada uno de nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones al acontecimiento de salvación realizado en Aquel que se ha tomado carne de nuestra carne y abrazando nuestra humanidad hasta su muerte, nos ofrece bendición de su presencia en cada momento.

“Señor, ayúdanos a buscar cada vez más a vivir en la proximidad de tu presencia para ponernos a escucharte y dejarnos llevar por ti más allá de la grisura de la vida cotidiana. Que tu palabra venga a lo más profundo de nosotros mismos a cortar lo que no está ajustado. Entonces seremos verdaderos discípulos que no se contentan con decir exteriormente ‘Señor, Señor”, sino que del interior se deje habitar y conducir por ti en un compromiso renovado en el corazón de este mundo.”

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