Domingo de Pascua

 

Icon of the Resurrection of Christ

domingo 24 de abril 2011

“El primer día de la semana”: no se trata de una semana entre otras, haciendo simplemente el seguimiento a la precedente, sino de “la” semana. ¿De qué semana única podría tratarse? Si recordamos que San Juan comienza su Prólogo como un nuevo Génesis, presentimos que se trata de del primer día de la nueva creación.

Este día ya ha comenzado cuando María Magdalena va a la tumba “muy de mañana”, sin duda para recogerse y poder expresar su pena. Pero, aunque ya el sol ha comenzado su curso, no ha vencido todavía la oscuridad de la noche; el evangelista precisa en efecto que “todavía estaba oscuro”.

María Magdalena no ha salido todavía del mundo antiguo; ella no ha tomado conciencia todavía de la novedad acaecida, no más que nosotros: el capítulo 19 termina con el muy sobrio relato del amortajamiento de Jesús en una tumba nueva; cada uno se retira, a causa de “la preparación” sobre entendida de la fiesta pascual; a menos que se tratase de los preparativos de un acontecimiento totalmente diferente que debemos descubrir.

En la penumbra de la aurora, María Magdalena no ve nada, sólo que la “piedra ha sido quitada de la tumba”. Se puede suponer que ella se ha arriesgado a echar un ojo al interior porque ella anuncia la desaparición del cuerpo, que ella atribuye a la acción de un sujeto desconocido, anónimo: “se han llevado al Señor de su tumba y no sabemos dónde lo han puesto”. Y al mirar más de cerca, este versículo nos reserva dos sorpresas: esperábamos que María Magdalena expresara su angustia ante la desaparición del “cuerpo” de su difunto Maestro, es decir de su cadáver; ahora bien, ella habla del acontecimiento “del Señor” como si se tratase del rapto de un viviente. ¿Signo de un duelo que ahora no se ha cumplido? O ¿Presentimiento de que el amor no puede morir?

Segunda sorpresa: el plural de la confesión de ignorancia: “no sabemos dónde lo han puesto”. Es poco probable que María Magdalena utilice un plural mayestático. ¿Estaba acompañada por otras mujeres de las que el evangelista no ha juzgado necesario hacer mención explícita? Puede ser. Pero acogiendo el relato tal como nos ha sido entregado, nos parece más bien escuchar, a través de la voz de María Magdalena, el eco de la confesión de ignorancia que resuena a lo largo de todo el Evangelio: “no sabemos” quien es este hombre, de dónde viene, con qué autoridad enseña, expulsa los demonios y cumple los signos y milagros que se le atribuyen. María Magdalena parece jugar aquí el rol de coro en las tragedias griegas, que pronuncia en alta voz la advertencia del gran nombre. La mención del inciso “no sabemos” es un índice importante en nuestro relato, porque él sugiere que el lugar misterioso donde se encuentra el Señor no es accesible para los medios de investigación simplemente humanos: él no se desvelará sino a los ojos de la fe. Para llenar la falta al nivel de “saber”, es necesario aceptar el creer, es decir de abrirse a otra percepción de los acontecimientos, que San Juan designa con el término ver.

María Magdalena no se queda en una simple constatación: conmocionada por la desaparición de su Señor, ella corre hacia aquellos que se supone saben: Simón Pedro y el otro discípulo, que es calificado de una manera particular: “aquél que Jesús amaba”. Es evidente que el Señor amaba a todos sus discípulos; esta precisión sugiere más bien que este había respondido de una manera totalmente particular al amor del Maestro, si bien él estaba unido más estrechamente.

Nuestros dos apóstoles se ponen en movimiento, recorriendo el trayecto inverso de María Magdalena, de la que el relato no nos dice que los acompañaba: la encontraremos más tarde cerca de la tumba; por el momento ella desaparece de la escena, como si su rol no hubiera consistido sino en informar a los discípulos de la desaparición del Señor de este mundo antiguo, desaparición que ella interpreta como un “levantamiento”.

Pedro y el otro discípulo se apresuran hacia el lugar para constatar los hechos. Este versículo también nos sorprende: “ellos corrían juntos”, es decir hombro a hombro; pero el otro discípulo corrió más rápido que Pedro y llegó primero a la tumba”. Esta aparente contradicción quiere ponernos más atentos al hecho de que el relato que se propone responder a dos exigencias: la verificación de la información reportada por María Magdalena; y su interpretación. Si los dos compañeros están hombro a hombre para constatar la ausencia del cuerpo, en la búsqueda de sentido del acontecimiento, “el otro discípulo” precede a Pedro, como lo confirma el relato. Sobriamente, el evangelista sugiere, a partir de la diferencia del comportamiento exterior, la diferencia de actitud interior de los dos personajes.

Pedro, sin dudar, entra en la tumba y hace una constatación rigurosa de la disposición de los “lienzos que cubrían la cabeza y del sudario”. El se mete todavía en el mundo antiguo, aquél en el que “hay todavía sombras” y donde no se puede sino tomar conciencia del acto de la ausencia inquietante del cuerpo del Señor.

El otro discípulo, aquél que había “llegado primero a la tumba”, no entra inmediatamente; él “se inclina”, gesto que parece una postración, y “contempla el sudario ahí”. Su mirada iluminada por el amor, escruta lo invisible y “ve”; él presiente la presencia escondida en el hueco de la ausencia. No es sino entonces que él también entra, pero no penetra en el mismo lugar que Pedro. Éste entra en una tumba vacía, símbolo del mundo antiguo marcado por la muerte y del que Dios se ha retirado. El discípulo que Jesús amaba, entró en el mundo nuevo en los nuevos tiempos.

Para Simón Pedro, “la piedra ha sido quitada de la tumba” para sacar un cadáver. Para el otro discípulo, ella fue rodada para permitir a los creyentes entrar en la presencia del Señor, en ese lugar que no es más la sepultura de un difunto, sino el Templo del Dios vivo.

¿No nos hemos confrontados a esta doble aproximación? Como Simón Pedro quien penetra en primer lugar a la tumba, nuestra razón se sacia con el acontecimiento; pero su análisis no espera sino el fenómeno, es decir lo que aparece a los ojos de la carne; lo esencial permanece invisible. Sólo el espíritu iluminado por la fe, la esperanza y el amor puede discernir, en el corazón de una contemplación adorante, el misterio del día nuevo y del mundo nuevo, el misterio de la nueva creación que se anuncia, el misterio de la presencia del Viviente que viene a llenar nuestra espera.

Nosotros que hemos “resucitado con Cristo” por la fe y el bautismo, “buscamos las cosas de arriba: es allá donde está Cristo”; tendemos hacia él, no huyendo de este mundo, sino convirtiendo nuestra mirada, de manera que discierna su presencia a nuestro lado. Entonces no desearemos más las cosas de la tierra, sino las realidades de arriba, y “cuando aparecerá Cristo nuestra vida, apareceremos también nosotros en plena gloria”.

“Hoy, Dios nuestro Padre, tun os abres la vida eterna por la victoria de tu Hijo sobre la muerte y festejamos su resurrección. Que tu Espíritu haga de nosotros hombres nuevos para que resucitemos con Cristo en la luz de la vida”.

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