Domingo de Pentecostés

 

Cross and Flames.

Domino 12 junio 2011

El viento, el fueto, un lugar alto donde la comunidad está reunida en oración: todos los ingredientes de las grandes teofanías son convocados en el acontecimiento de Pentecostés.

Es verdad que esta fiesta judía hacía memoria del don de la Ley en el Sinaí; o para sellar la primera Alianza, nos relata el libro del Éxodo, “Dios descendió en el fuego a la montaña que temblaba violentamente” (Ex 19,18).

Nosotros podemos igualmente evocar el retiro de Elías al monte Horeb, donde el profeta escuchó a Dios dirigirse a él en el “silencio trémulo”, después del pasaje del viento y del fuego venido del cielo (1Re 19, 12).

El viento significa la iniciativa de lo alto, sobre la cual no tenemos ningún control; Jesús dirá: “el viento sopla donde quiere: tu escuchas el ruido que hace, pero tú no sabes de donde viene o a donde va. Así es de todo hombre que nace del soplo del Espíritu” (Jn 3,8).

El fuego es el elemento purificador por excelencia; aquél que consume las ofrendas puestas por Elías sobre el altar preparado sobre el Monte Carmelo, no había sido encendido por el profeta: el viene de lo alto, de Dios mismo, que manifiesta así que él acepta su ofrenda (1Re 18,38).

Es en este fuego que Elías es llevado al cielo significando así que él ha pasado de la condición mortal a un modo de existencia “a través del fuego, es decir como consecuencia de una transformación radical operada por Dios mismo.

Nosotros encontramos los elementos del viento y del fuego en el Pentecostés del Nuevo Testamento: “del cielo vino un ruido parecido a un fuerte viento, y ellos vieron aparecer una suerte de fuego que se propagó en lenguas y que se posó sobre cada uno de los discípulos. Entonces ellos fueron llenos de Espíritu Santo” (He 2,4). A la luz de los relatos de la primera alianza a los que hemos hecho alusión, reconocemos que se trata de un verdadero “bautismo” de fuego de la comunidad.

El prodigio de la Zarza ardiente se renueva: el fuego divino no ha consumido a los discípulos, sino que los ha penetrado en lo más profundo de su ser, al punto de “hacerles de su naturaleza divina” (2Pe 1,4). La transformación es tan radical, que ella corresponde a una nueva creación, el soplo ígneo del Espíritu haciendo pasar a la comunidad de los discípulos de una existencia terrestre a una condición celeste.

Así se realiza lo que había predicho el Señor Jesús: “yo he venido a traer un fuego sobre la tierra, y como quisiera que ya estuviera ardiendo” (Lc 12,49).

Por cierto que todos nosotros vamos a pasar por este mismo fuego, porque “la obra de cada uno será puesta a plena luz el día del juicio y esta revelación será por el fuego: es el fugo que permitirá apreciar la calidad de la obra de cada uno” (1Co 3,13).

Este fuego divino no otro que el amor de caridad: el quema la paja del pecado, el abrasa el corazón de aquellos que toca con un amor ardiente por Dios y por los hombres y con un deseo ardiente de la venida de su Reino.

La Iglesia está constituida precisamente por todos aquellos que también han sido transformados por el fuego del Espíritu en los hombres nuevos, recreados a imagen de Cristo Señor.

En uno de sus sermones, San Agustín da a la Iglesia el hermoso nombre de “Societas Spiritus”, sociedad del Espíritu.

Antes que él, san Ireneo ya había subrayado la unión esencial entre la Iglesia y el Espíritu Santo: “allá donde se encuentra la Iglesia, se encuentra el Espíritu de Dios y allá donde se encuentra el Espíritu de Dios, allá se encuentra la Iglesia y toda la gracia”. Desde entonces, agrega él: “alejarse de la Iglesia significa rechazar al Espíritu” y por tanto “excluirse de la vida”.

Esta iglesia –constituida no por una voluntad humana, sino por el poder del Espíritu de Dios- es desde su nacimiento, a la vez una y “católica”, (es decir universal), la misión del Espíritu era precisamente la de quemar toda la madera de muerte de nuestras divisiones, a fin de crear la unidad en el amor y en la aceptación recíproca de las diferencias.

De entrada, la Iglesia aparece constituida por una multitud de lenguas y de culturas diferentes, que en la fe, pueden comprenderse y fecundarse mutuamente: todos, “bautizados y refrescados en el único espíritu para formar un solo cuerpo”, “escuchamos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.

Inútil insistir sobre la actualidad de este acontecimiento: a la hora de la mundialización, es indispensable que los hombres de nuestro tiempo remitan a Dios a su lugar, es decir que reconozcan su paternidad universal, tanto es verdad que no podríamos ser hermanos, sino en la medida en que nos reconozcamos todos hijos e hijas de un mismo Padre.

Por ello es urgente abrir nuestro corazón al Espíritu de filiación, porque sólo el Espíritu “que procede del Padre y del Hijo” puede realizar la unidad de todas las razas, lenguas, pueblos y naciones, en una común alabanza y acción de gracias por la fraternidad reencontrada.

Notamos bien que la Iglesia que nace en el fuego de Pentecostés no es la comunidad particular de Jerusalén, sino es la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. Cada una de las Iglesias particulares que nacerían enseguida en todas partes del mundo, aparecerá siempre como una realización particular de la sola y única Iglesia de Cristo.

La Iglesia católica no es una federación de Iglesias, sino una realidad única de múltiples rostros; o más bien: cada Iglesia particular encarna y hace visible un aspecto del único rostro de Cristo, y proclama en su idioma particular, que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,11).

El Evangelio que hemos escuchado proclamar nos propone todavía otro aspecto del misterio de la Iglesia creada al Fuego del Espíritu. La palabra pronunciada a dos tiempos por Jesús resucitado cuando aparece en medio de sus discípulos: “¡shalom, paz a vosotros!”, no es un simple saludo, sino el don del bien mesiánico por excelencia: la Paz de Dios, prometida y conquistada por Jesús a precio de su combate victorioso contra el espíritu del mal.

Es en este fuego de su amor, es decir en el fuego del Espíritu que Jesús ha consumado sobre la cruz la madera muerta del odio que divide los hombres para verter en nuestras llagas abiertas, el bálsamo del Espíritu Consolador.

Pero este don implica también una misión: en el corazón de este mundo que gime todavía bajo el poder del divisor, la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de la paz de Dios para todos los pueblos, por la predicación del Evangelio y por las obras de caridad y de misericordia que los acompañan.

Ella sabe que este ministerio lo tiene que cumplir con peligro de su vida, así no puede ser fiel a esta misión sino en la medida en que ella consienta de dejarse purificar sin cesar por “la celeste y dulce cauterización” (san Juan de la Cruz), en la medida en que se deje abrasar por el Fuego del Espíritu. Entre los signos eficaces que la Iglesia está encargada de manifestar al mundo a fin de conducir a la paz de Dios, conviene subrayar principalmente el sacramento de la reconciliación que Cristo resucitado instituye al momento mismo en que hace a los discípulos el don de la paz en el Espíritu: “recibid al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

La condición sin la cual no se puede convertir en testigos y servidores de la reconciliación obrada por Cristo es la de haber recibido al Espíritu Santo, lo que supone haber acogido nosotros mismos en nuestras vidas la misericordia divina: “todo viene de Dios, que nos ha reconciliado con él por Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación”.

Tal es la esencia misma de la misión de la Iglesia según el cuarto evangelio: instaurar la paz en el mundo, siendo el fermento de la reconciliación que viene de Dios. Para cada uno de nosotros, “Dios mismo quiere dirigir este apelo a los hombres hacia los cuales él nos envía: “en nombre de Cristo, os suplicamos, dejaos reconciliar con Dios”. No pongamos de pretexto nuestra mediocridad, recordemos más bien que en la muerte de Cristo, “el mundo antiguo ha pasado, y que una realidad nueva ha aparecido” por su resurrección. El Señor se complace en verter sus tesoros “en vasos de arcilla » para que aparezca claramente “que esta incomparable potencia viene de él y no de nosotros”. Así, no contristamos al Espíritu Santo, pero podamos sin cesar en su misericordia la fuerza para levantarnos de nuestras caídas y seguir nuestro camino.

Los santos son siempre pecadores reconciliados, que pueden ser testigos verídicos del Señor, precisamente porque ellos son renacidos en el fuego del Espíritu de misericordia.

Tal es la parábola de esperanza que tenemos que proclamar al mundo, tanto a aquellos que nos son están cerca como a aquellos que están lejos, a fin de que el fuego de Jesús que ha venido a iluminar sobre la tierra pueda encender y abrazar todos los corazones, reuniendo en la unidad de “la familia de Dios”, a la humanidad finalmente reconciliada.

Terminamos escuchando la conclusión de la carta encíclica sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo: Dominum et vivificantem y acogiendo la bendición que el beato Juan Pablo II nos transmite: “la Iglesia tiene su mirada fija hacia aquél que es el Amor del Padre y del Hijo y, a pesar de las amenazas crecientes, ella no cesa de tener confianza, ella no cesa de implorar y de servir la paz del hombre sobre la tierra. Su confianza se funda sobre aquél, que siendo el Espíritu de Amor, es también el Espíritu de la paz y que no cesa de estar presente en nuestro mundo humano, en el horizonte de las conciencias y de los corazones, para “llenar el universo” de amor y de paz. Ante él yo doblo las rodillas al término de esta meditación: yo le suplico, como Espíritu del Padre y del Hijo, de concedernos, a todos nosotros, la bendición y la gracia que yo deseo transmitir, en nombre de la Santísima Trinidad, a los hijos e hijas de la Iglesia y a la familia humana entera”.

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