Domingo de Ramos

Domingo 17 de abril 2011

Hemos entrado en la Semana Santa. Hemos proclamado el evangelio de la Pasión. Lo hemos recibido con toda simplicidad; en toda su fuerza. Ningún ahorro en el relato. Al contrario, entre Getsemaní y el Gólgota, se hace escuchar una llamada, que orienta esta semana de conversión: “velad y orad para que no caigáis al poder de la tentación. El espíritu está lleno de ardor, pero la carne es débil”. Jesús se dirige a sus compañeros agobiados de fatiga y de tristeza; nosotros podemos reconocernos fácilmente en ellos. Pero la advertencia de Jesús apela a la respuesta de nuestra oración más ardiente; es necesario renacer en un impulso renovado, nuestro deseo de estar con Jesús y de habitar con él; él revive nuestra voluntad de compartir la fidelidad de la Virgen María y de las santas mujeres, signo y realidad de la fidelidad de la Iglesia esposa al pie de la Cruz. “Velad y orad”, pide nuestro Señor mientras que el se hunde en una soledad que es su sufrimiento más profundo en su agonía y su Pasión. Este corazón, si dulce y humilde es abandonado por todos. Jesús descubre como los hombres hacen de la propuesta de su amor un lugar de violencia y de rechazo. En la Cruz, el pecado de los hombres alcanza su paroxismo: “el amor no es amado”.

Esta fórmula expresa un drama insondable. Evidentemente, el amor divino no es amenazado jamás: es un océano de paz, sin orilla y sin fondo. Pero no hay nada de más opuesto a un amor infinito que la indiferencia proveniente de nuestra ausencia de amor. ¡Este drama es abismal, no hay ninguna proporción con una grave incomprensión o una crisis entre prójimos; se trata de la puesta en jaque de la salvación para aquellos que no pueden esperarla si no es del Señor Jesús! Este rechazo aberrante engendra la terrible soledad del Mesías, atravesado por la contradicción entre la santidad del Padre que ama y la ceguera hostil de los hombres pecadores. En Getsemaní, Jesús descubre al hombre que tiende a hacer del don de la salvación el lugar de su muerte. Las cuestiones más oscuras le acosan: ¿Jesús va a sufrir la pérdida de las ovejas dando su vida por el rebaño? Abismo de dolor, la soledad de Jesús es el peso del rechazo de Dios por los hombres. Desgraciadamente, no se trata de una página de historia. Esta carga crucificante que Jesús quiere asumir es de nuestro tiempo.

“Velad y orada”, la súplica resuena en una llamada a descubrir el amor del Padre: porque lo que hace el fondo de la prueba interior de Jesús en toda su vida y aún más todavía en su agonía y en su Pasión, es su amor por el Padre. Toda la vida del Hijo es por el Padre del que se recibe a cada instante. El Hijo no vive si no es por el Padre. En toda su vida divina, él es ya oblación y eucaristía. En sus palabras y por sus actos, el Verbo encarnado traduce y significa en su condición humana el misterio de su vida filial en Dios. Lo que quiera decir que la prueba misma de su soledad es una enseñanza que Jesús nos ofrece para hacer descubrir el amor del Padre. El término de puro amor es aquí la modestia del Hijo para dar a sus verdugos el reconocer en el misterio del Padre su propio origen. De Getsemaní al Gólgota, Jesús da el último toque al don de sí en el abandono por la remisión del Espíritu al Padre. Así la pureza del amor del Hijo por el Padre pasa por esta modestia que es todo el contrario de una posición de rivalidad o de reivindicación en relación al Padre: “él siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo”.

El abajamiento extremo del Verbo crucificado, renunciando a su vida para confiarse totalmente al Padre, es la expresión velada e insondable del acto paternal por el cual el Hijo, en su condición divina, reconoce la santidad del Padre. En efecto, para no hacer sino un con el Padre en el compartir la vida divina, el Hijo debe como renunciar a su existencia en tanto que persona. En efecto el intercambio perfecto del Padre y del hijo se resuelve en el amor que demanda al Padre y al Hijo dejar sus prerrogativas personales para apartarse uno del otro. El amor mutuo del Padre y del Hijo es absolutamente simple e infinitamente delicado. En su Pasión, Cristo nos revela que la última palabra de este amor es el don de sí en un acto de abandono completo, para que el otro sea todo para nosotros. Finalmente, Jesús entrega su vida para que acojamos al Padre; Jesús es levantado en la Cruz para que el Padre sea nuestra vida.

En el umbral de esta semana santa, Cristo nos atrae a la distancia, el nos entrena en su soledad: “velad y orad”. En estos días santísimos, vamos a contemplar al Padre glorificando al Hijo manifestando el misterio de su filiación divina y el Hijo glorificando la santidad del Padre testimoniando por su silencio en el don de su vida que él es Dios. Que el Espíritu Santo nos conceda unirnos de manera total e incondicional a la ofrenda perfecta del Hijo, adorador del Padre en espíritu y en verdad.

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