El Bautismo del Señor

Domingo 9 de enero 2011

El viento del Espíritu sopla sobre las aguas primordiales, el Padre pronuncia su Palabra todopoderosa, y el hombre nuevo, recreado, emerge de las olas.

Ciertamente Jesús, como Verbo encarnado, ha sido siempre el “Hijo amado” del Padre, y esto desde el primer momento de su concepción. “Desde la Encarnación, nos enseña san Gregorio Nacianceno, Jesús fue ungido de la divinidad, y la unción de su humanidad no era otra que la divinidad misma”. El Espíritu no bajó sobre él por vez primera en el bautismo, porque nuestro Señor “es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su sustancia, y ésta antes de la encarnación y antes de todos los siglos” (San Cirilo de Alejandría). El bautismo no añade nada a la filiación divina del Verbo encarnado, sino que es la confirmación de esta relación para la conciencia humana de Jesús. Como lo precisa de nuevo San Cirilo de Alejandría: “Si se dice que Cristo recibió el Espíritu Santo, es porque se hizo hombre, y porque correspondía al hombre recibirlo”. En Jesús, medita bellamente san Ireneo, “el Espíritu Santo se acostumbró a habitar en el hombre y a descansar entre los hombres”.

La Palabra del Padre, palabra de reconocimiento y de confirmación de su filiación única, desciende en el alma humana de Jesús como un bálsamo de consuelo y de fuerza divina. En adelante ella vive en su memoria día y noche y será la fuente de su fuerza hasta el corazón de su pasión: “Tú eres mi Hijo amado, en ti he puesto todo mi amor.”

Esta Palabra viene en respuesta al gesto simbólico puesto por Jesús a pesar de la resistencia de Juan. Nuestro Señor quiere expresar por ella a su Padre su voluntad de ir hasta el extremo de la misión que le ha confiado. Está de acuerdo de antemano en descender a las grandes aguas de la muerte, llevando sobre él, el peso de toda la humanidad que recapitula en sí mismo, a fin de que el amor vivificante del Padre pueda unirse a nosotros y revelarnos, al resucitar a de este Hijo que “no puede abandonar a la muerte ni dejar conocer la corrupción” (Hch 2, 27). En este simple gesto de penitencia hay una prefiguración de su vida pública que Jesús cumple en plena conciencia, como lo demuestra su diálogo con el Precursor, “Déjame hacerlo: así es como debemos cumplir perfectamente lo que es justo”, es decir que cumpliré la justificación de “todos aquellos que están bajo el poder del demonio”.

Al momento de pasar de la prefiguración a la realidad, es decir, de entrar en su pasión, Jesús tendrá el consuelo de volver a escuchar esta misma Palabra del Padre confirmándole su identidad y su misión. La transfiguración anticipa la victoria de la mañana de Pascua como el bautismo prefigura el anonadamiento del viernes santo. Porque es del Corazón traspasado del Hijo del hombre que el Espíritu se derrama sobre toda carne. “Entre nosotros y el Espíritu de Dios, medita Nicolás Cabasilas, había una doble muro de separación: el de la de la naturaleza y el de la voluntad corrompida por el mal. El Salvador ha hecho desaparecer el primero por su encarnación y por su unción, y el segundo por su crucifixión, porque la cruz ha destruido el pecado. Derribados estos dos obstáculos, nada impide ya la efusión del Espíritu Santo sobre toda carne.

Si San Pedro puede afirmar que “Jesús es el Señor de todos” (2ª lectura) es precisamente porque gracias a él la salvación – es decir, la plenitud de la vida divina – es ofrecida a todo hombre. No desde fuera, como un don sobreañadido a nuestra naturaleza, sino desde dentro, como una fuente que brota de nuevo: “¡Si alguno tiene sed, venga a mí y beba, el que cree en mí! Ríos de agua viva brotarán de su corazón”. Al decir eso”, precisa San Juan, él habla del Espíritu Santo, el Espíritu que debían recibir los que creyeran en Jesús. En efecto, el Espíritu Santo no había sido dado todavía, porque Jesús aún no había sido glorificado por el Padre”(Jn 7, 37-39). Pero ahora que nuestro Salvador ha cumplido su obra de redención, las compuertas del cielo se han abierto, las grandes aguas de la misericordia fluyen sobre la Iglesia y llenan los bautisterios donde renace una humanidad nueva.

Probablemente no hayamos oído la voz del cielo, cuando el sacerdote nos sumergió en las aguas bautismales, y sin embargo ha resonado bien y fuerte. Y todos los ángeles han gritado: “Gloria” (Salmo 28), viendo al Padre recrearnos a imagen y semejanza de Cristo y oyéndolo proclamar: “Éste es mi Hijo amado, en él he puesto todo mi amor.”

Que el Espíritu Santo grabe estas palabras con letras de fuego en nuestros corazones, para que constantemente podamos sin cesar hacer memoria de aquel amor con que somos amados, y poner en esta filiación divina, la fuerza para cruzar fielmente todas las noches, hasta el día en que veremos a nuestro Padre cara a cara a plena luz en su gloria.

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