Epifanía del Señor

Domingo 2 de enero del 2011

El relato evangélico que marca la fiesta de la Epifanía del Señor nos invita a ponernos en marcha tras las huellas de los Magos, para reconstruir su itinerario espiritual para acercarnos al niño del pesebre y venir a recibir de él el fruto de nuestra salvación. ¿Cuáles son las etapas en el camino que conduce a los Reyes Magos a Belén?

En primer lugar, observamos que se ponen en marcha tras un signo que es la estrella, la de una “estrella en su nacimiento.” Es interesante notar que este signo se inscribe plenamente dentro del contexto en el que viven estos eruditos, el de la observación de los astros que ellos conocen bien. En otras palabras, Dios nos habla, nos da un signo en lo que constituye lo cotidiano de nuestras vidas, él nos habla en un lenguaje que nosotros conocemos, dicho de otra manera que somos susceptibles de descifrar, él se une a nosotros en lo que vivimos. Pero responder a este signo de Dios presupone una actitud de receptividad. Los Reyes Magos fueron capaces de reconocer que Dios les hizo un signo porque ellos estaban a la escucha, atenta, en busca de la verdad.

Luego viene el momento de ponerse en marcha. Los Magos no pierden su tiempo en los preparativos. Parten tal como son, con el sólo bagaje de su deseo único de conocer la verdad. El relato no menciona los regalos que sólo a su llegada a Belén conoceremos, como si quisiera insistir en el hecho de que nuestro deseo de conocer a Dios es lo única cosa de la que podremos alimentarnos en nuestra marcha hacia él, todo lo demás es superfluo , engorroso.

Este avance hacia el Señor se hace en la fe que purifica el deseo de Dios. En el Evangelio, el viaje, las prestigiosas personalidades de los Magos que vienen de una tierra lejana, su realeza, la estrella, la desaparición, reaparición, el homenaje, los regalos, las dificultades, el sueño son todos elementos que ilustran el camino de fe que lleva a estos hombres de Oriente hasta el niño del pesebre. La fe es verdaderamente un largo viaje donde hay que superar las dificultades, donde hay que cruzar desiertos, donde hay que hacer frente a incomprensiones o trampas tendidas por el enemigo, como fue el caso de los Magos con Herodes. Se necesita valor para afrontar un camino donde no encontramos ya nuestras referencias familiares, la seguridades que habíamos construido. Se necesita perseverancia para no se desanimarnos, sobre todo cuando no se ve claramente a dónde nos conduce ese camino. Aquí es importante aprender a escrutar y reconocer los signos por los cuales Dios nos llama y nos guía. El texto del Evangelio nos dice que “en vista del astro” ellos “se regocijaron con una alegría muy grande”. En cuanto a los magos, la alegría es un buen criterio de discernimiento para verificar si la luz que seguimos es la del Espíritu Santo que quiere llevarnos a Cristo. Esta alegría no es una alegría superficial encerrada en sí misma, sino una alegría auténtica y profunda. Es una alegría que aviva y dinamiza en nosotros el deseo de encontrar al Señor y que fortalece nuestra perseverancia en la fe para seguirlo dócilmente.

También cabe destacar que los Reyes Magos parten juntos para la aventura de la fe. Podrían haber optado por proceder de forma independiente el uno del otro pero no. La Escritura dice algo esencial cuando habla de ellos en plural. Incluso si el viaje de la fe para ir al encuentro de Cristo, implica a cada uno de manera personal, continúa siendo una marcha comunitaria en la que nos acompañamos y apoyamos los unos a los otros.

El relato del Evangelio continúa: “Ellos vieron al niño con María su madre y, postrándose lo adoraron; después abriendo sus tesoros, le ofrecieron regalos de oro, incienso y mirra. “Este es el momento fundamental. La Adoración de los Magos, la realización de su conversión a Cristo.

En un principio, siguieron una estrella. Como paganos, esta es la misma estrella que ellos debieron adorar. De hecho, se postran ante un recién nacido, en cuyas manos ponen toda su vida en un abandono total. Los regalos que ofrecen los Magos simbolizan la verdadera adoración: por el oro subrayan su real divinidad, por el incienso, confiesan que él es sacerdote de la Nueva Alianza, al ofrecerle la mirra, celebran al profeta que derramará su sangre para reconciliar la humanidad con el Padre “.

Al sentido teológico del esplendor de sus regalos responde el sentido teológico de la extrema pobreza del pesebre y la indigencia de este niño. Es la sola presencia amorosa de este niño, del que les hace el don gratuito que viene en retorno, para llenar a los Magos.

Cuando se encuentra así a Cristo, la vida cambia y uno es conducido a comunicar a los otros su propia experiencia. Después de haber adorado al Niño Dios, el evangelista Mateo nos dice que los Reyes Magos regresaron por otro camino. Este cambio de rumbo puede simbolizar la conversión a la que están llamados aquellos que encuentran a Jesús, convertirse en los verdaderos adoradores que desea. En otras palabras, los Reyes Magos convertidos, cambiados por el encuentro con el Niño-Dios que han adorado, no pueden retomar el mismo camino para llevar esta luz.

“Muchos de nuestros contemporáneos aún no conocen el amor de Dios, o buscan llenar su corazón con sucedáneos insignificantes. Que podamos, después de haber sido conducidos en la fe encontrar a Cristo, ser testigos del amor que habremos contemplado en él. Así que toda nuestra vida será epifanía, una manifestación de Dios para la salvación del mundo. Porque sólo el amor de Cristo puede llenar el corazón humano, sólo el amor puede curar las heridas del pecado, sólo el amor puede salvarlo. “

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