La Ascención del Señor

Ascensión de Jesús

 

Domingo 5 junio 2011

El día que se festeja la Ascensión, en el que Jesús desaparece a los ojos de los discípulos, la Iglesia nos da para meditar una aparición del resucitado. Desde el principio, la elección parece extraña. La introducción es muy vaga: la escena tiene lugar en Galilea, crucero de las naciones, sobre una montaña, entre la tierra y el cielo. La misma aparición del resucitado es como pasada en el silencio: “cuando le vieron”. Difícilmente se puede hacer más elíptico. Ninguna descripción, ningún gesto particular, no encontramos nada de la familiaridad que conocemos entre Jesús y sus discípulos. Jesús no se acerca a los discípulos sino para hablarles y para enviarlos en misión. La conclusión del evangelio de Mateo es ciertamente un momento solemne pero no se parece mucho a una fiesta de familia.

¡Pero qué misión! Todo está ahí. Enviarnos a hacer discípulos de todas las naciones. Bautizar en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir dar a todos lo que nosotros mismos hemos recibido de Dios: la vida divina. Es necesario ser Dios para intervenir ahí. Entre los hombres, nadie habría podido imaginar la grandeza del don de Dios. He aquí la puerta de entrada en el misterio. La ascensión es una invitación a una ascensión de corazones. Una invitación a mostrar, a vivir más arriba de nuestros pensamientos, a encontrar en Dios un refugio donde nuestros pensamientos humanos no podrán alcanzarnos. Así, no solamente este día es aquél en que podemos finalmente vivir según la lógica del Espíritu, según el buen sentido y la simplicidad del amor, sino todavía más este día de la ascensión es el día de nuestra gran mudanza, en el que podemos comenzar a habitar más allá de nosotros mismos, es decir mudarnos de lo que es nuestro pequeño “yo” en Dios, para lograr ya todo lo alto, en el seno del Padre. Hoy Cristo, que permanece un entre nosotros, vive ante el Padre y nos entrena en su ascensión para hacernos habitar allá donde su ascensión desemboca: en el gozo de la Santísima Trinidad.

He aquí que comenzamos a entender poco a poco el llamado de la ascensión que Jesús hace a sus discípulos, un llamado a vivir de la esperanza, una esperanza que sobrepasa todas las esperanzas humanas. El día de su ascensión, Jesús nos llama a vivir de la esperanza a otro nivel diferente de aquél en que tenemos la costumbre de establecer nuestros actos de esperanza; porque ellos son actos que pertenecen verdaderamente a Dios y que vienen de Dios. Nosotros estamos ya enteramente dispuestos, en la oración y en la fe a que la luz íntima de Dios ilumine el interior de nuestra inteligencia, para permitirle abrirse y descubrir la manera divina en la que Dios se conoce a sí mismo. La luz sobrenatural de la fe transforma el interior de nuestra inteligencia para que nosotros seamos totalmente donados a Cristo, es decir a la manera en que Dios en su inteligencia misma se ve a sí mismo y se encarna en Cristo. La luz de la fe no viene de nosotros, ella viene de Dios, para que nos convirtamos enteramente en Jesús desde el interior, en el mundo de hoy.

Para intervenir así es necesario ser Dios. Pero he aquí lo que hace la fe. He aquí sobre todo como la Ascensión es misterio de interioridad. Gracias a la esperanza, gracias a los misterios gloriosos, nosotros nos percibimos que la fuente de nuestra vida verdadera sobre la tierra viene de lo que Jesús ve en su humanidad llena de gloria. Él ve a Dios en plena luz. Es esta luz que viene del interior para iluminar nuestra inteligencia para transformarla y permitirnos ser completamente en el Verbo que toma carne en nuestra alma. Dicho de otra manera, penetrando el misterio de la Ascensión, nos hacemos lúcidos sobre los actos de nuestra vida contemplativa.

Nosotros así elevados a lo más alto de los cielos por Jesús que nos atrae. No hay ningún riesgo de vértigo. Si nuestro corazón está establecido en lo más alto de los cielos, la primera lectura nos muestra como nuestros pies restan sobre la tierra. Cristo es descrito como el sumo sacerdote victorioso que bendice a sus discípulos entrando en los cielos y los ángeles -los mimos dos ángeles vestidos de blanco que habíamos encontrado en la tumba vacía en la mañana de la resurrección- reenvían a los discípulos a lo cotidiano. Lo cual quiere decir que no podemos alcanzar al Señor Jesús en su Ascensión sino retomando la ruta de nuestra vida, conducidos en todo por su Espíritu. Esto quiere decir que las cimas en la vida contemplativa que nos abre la Ascensión encuentran su sustancia en nuestra vida cotidiana.

El impulso de la ascensión nos conduce así a Nazaret, ante José, el hombre de la esperanza. Contemplando a José, vemos como la Ascensión no es la separación de Jesús y de sus discípulos, ella no es una toma de distancia, ella es por el contrario la manifestación de una relación nueva uniendo a Jesús resucitado y a todos aquellos que han hecho la elección de creer en su resurrección. En nosotros ocultando en el silencio de José como Jesús se ocultó entre las nubes, podemos hacer ya la experiencia de la proximidad de Dios, de la presencia de Jesús resucitado. De la misma manera que la Ascensión no es el fin de la aventura común de Jesús y de sus discípulos, Nazaret no es la breve historia de una intimidad ya perdida. Hoy el Señor Jesús que dice a aquellos que han puesto en él su esperanza: “yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo”.

Ciertamente esta presencia de nuestro Señor a nuestro lado es real, pero ella se vive en la ausencia psíquica. Nuestra relación con el resucitado es más íntima que nunca, pero ella se vive en la distancia. Encontraremos el equilibrio de esta paradoja gracias a José, quien sin cesar se mantiene a la sombra del Padre y permanece unido a su Hijo. Él es el mejor lugar para aprender a vivir esta presencia delicada, nunca impuesta sino concretamente manifestada. He aquí el sentido de la Ascensión: descubrir en nosotros la profundidad a la que Cristo nos ha elevado.

Pidamos a San José que nos haga recibir de Jesús la capacidad de ir “más allá”. “Mas allá de nosotros mismos, más allá de las apariencias para ver con los ojos de la fe, más allá del rostro del otro para ver al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo del que es huésped más llama de las estrechas fronteras de nuestro cotidiano, para descubrir la libertada de los hijos de Dios. Esperar más allá es establecerse en Nazaret, es vivir en la intimidad de la familia.

Por intercesión de San José hagamos nuestra la oración de San Pablo en la segunda lectura: que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y reflexión para conocerlos vivamente. Le pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder par con nosotros los que confiamos en él.

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