La Santísima Trinidad

the holy trinity (wall painting) wall painting on the altar of the salesian's church in turin (crocetta).italy 2002

19 de junio 2011

En el día en que celebramos la Santísima Trinidad, la Iglesia nos da para meditar este versículo de San Juan: “Dios ha amado tanto al mundo que nos ha dado a su hijo único: así que todo hombre que crea en él, no morirá sino que tendrá la vida eterna”. Es magnífico. Él dice el misterio y el dinamismo de la vida trinitaria.

Pero comencemos por el principio: nuestro Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este es absolutamente único. Se trata de una verdad revelada, es decir que el hombre no habría podido inventarlo, era necesario que Dios se desvelara para que le hombre lo descubriera. Por otra parte, San Juan nos dice que “Dios es amor” (1Jn 4,16). Por lo que es una evidencia, el amor es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es una evidencia como todas las evidencias, es difícil de ver. El Dios de amor es trinitario, es decir que son tres en uno. Ellos son realmente tres. Nosotros sabemos bien que el Padre y el Hijo se dan eternamente el uno al otro, que ellos están unidos en el Espíritu que es el amor; lo repetiremos siempre. Pero tengamos cuidado de que esta formulación no induzca incidentalmente a una despersonalización del Espíritu Santo; sería reducir la vida trinitaria a un cara a cara entre el Padre y el Hijo. Este no es el caso. El amor no puede ser reducido a una conversación privada. El Espíritu Santo es realmente el lazo de su unidad, pero no tiene nada de abstracto. Es una persona divina de la misma manera que el Padre y el Hijo lo son. Se trata de tres a uno. Ellos son realmente tres, es decir que en el amor siempre hay un tercero.

Jesús, lo hemos visto durante el tiempo pascual, ha insistido en abrir los ojos de nuestros corazones a la presencia de este tercero. Él lo ha enseñado retirándose. Recordaos de la inquietud de los discípulos a la vigilia de la Pasión, inquietud de ser separados del Señor para poder alcanzarlo, sin saber a dónde va. “Es bueno para ustedes que yo me vaya” (Jn 16,7), les responde Jesús. Su ausencia tiene la virtud educadora del amor. Ella permite descubrir e introducir e introducir “otro Defensor”, el Paráclito, ella abra la relación a un tercero, a un desconocido que ya estaba ahí.

Más tarde, en el momento de su muerte, es decir al momento de una terrible separación, el Señor se dirige a su discípulo amado, hacia aquél que se recostó sobre su corazón y que conocía los misterios, y de nuevo ha introducido a un tercero, él ha presentado a otro para amar, condición para entrar plenamente en un amor verdadero del Señor: “he aquí a tu madre”, simplemente ha dicho al designar a María como anuncio profético del lugar y del rol del Espíritu.

En fin, último ejemplo, a María Magdalena que lo amaba intensamente y que quería acaparar a Jesús resucitado dijo: “¡no me detengas! Voy a mi Padre y vuestro Padre”. De nuevo, Jesús nos dirige hacia otra figura que descubrir y amar para amarlo a él en verdad.

Dicho de otra manera, no se puede pretender amar a Jesús sin tener al Espíritu Santo como maestro y Señor. Igualmente que no se puede acoger el Espíritu de Dios sin unirse a Jesucristo. Del mismo modo para el Padre. Nosotros vemos bien la dinámica: Jesús quiere mostrarnos que una relación estrictamente dualista es imposible en el amor.

Esta realidad es para tomar el sentido más amplio, ella no sabría ser reducida ni a la intimidad de la vida trinitaria ni al amor que llevamos a nuestro Dios. En efecto se puede amar a la Santísima trinidad sin introducir un tercero que los llame “hermano”. Esto revela por otra parte nuestra misión profética. Es amándonos como hermanos que anunciamos que tenemos todos un mismo padre, es el amor que profesamos que Jesús es nuestro Señor y esta es la delicadeza de nuestra caridad que reconoce la obra del Espíritu Santo.

Finalmente, cuando Jesús nos enseña a amar, él nos orienta, más allá de nuestros amores espontáneamente interesados, fusionales o posesivos, hacia el amor trinitario, aquel que es nuestra vida, aquél que es nuestra beatitud. En suma, Jesús expande nuestro corazón, él nos enseña a amar con el amor que él nos ama; Jesús nos da el amor de Dios y él nos hace amar como Dios. Así, este tercero en la relación de amor es simplemente el amor mismo, en tanto que es una persona.

Antes de volver al versículo recibido en el evangelio de este día, hagamos una última etapa y detengámonos un instante en la famosa “pro ton theon” del prólogo de San Juan. El apóstol nos explica como el Padre y el Hijo se aman en un eterno cara a cara. Este nos enseña la naturaleza profunda del amor. Se trata de un dialogo esencial, de un simple cambio, donde ellos se dan el uno al otro todo lo que son, se trata de un don recíproco donde se da sin retener nada. O más bien, cuando ellos se han dado totalmente el uno al otro, queda todavía lo que conduce el don mutuo a su perfección y a su pureza, es decir a dejar al otro disponer enteramente de sí. No contentándose de darse, sino de darse de tal manera que se deja venir al otro a sí, que se le deja habitar en sí, disponiendo de todos los recursos. He aquí el amor trinitario. El Hijo se da al Padre y lo deja disponer de él; y recíprocamente. Este extremo del don de sí apela a un desapego de la persona, una supresión. Para aquél que se da, evidentemente, pero también para aquél que recibe. El Padre se recoge en la esencia divina para acoger a su Hijo y esta recepción supone el desapego de sí. Y el Espíritu brota de este desposeimiento del Padre y del Hijo, compartiendo la misma esencia divina.

Ahí está el punto importante. Porque el intercambio del Padre y del Hijo es un intercambio de amor, ello no puede desembocar sino en el don de la vida; el Espíritu es, en persona, la vida divina. La emisión del soplo es el don de la vida en el abandono. Jesús nos da la vida eterna al abandonarse.

A nuestro nivel, esto quiere decir también que se puede pretender vivir el amor a dos, sin abrirse a la vida. Amar, es querer vivir, es escoger la vida dándola. Hay identidad práctica entre el amor y la vida. El amor es la vida que se dona. Amar, es escoger la vida, escoger dar la vida.

A nivel divino, esto muestra que el cara a cara del Padre y del Hijo es por el contrario, una fusión. Un amor fundente no es un amor, es una pérdida de sí estéril; el amor es el abandono de si que engendra la vida. El amor divino no puede ser fundente porque su última palabra es el abandono entero, es decir el deseo de dejar a disposición del otro lo más profundo de nuestro ser. He aquí el auténtico deseo de no ser sino uno con el ser amado: dejar a disposición del otro lo que nos hace vivir.
Las frases por decir son un poco complicadas, pero al final de nuestro recorrido, es necesario que reconozcamos que el fondo de la vida divina es de una simplicidad tal que no hay nada que saber, sino la llamada a dar la vida enteramente.

Dios es inmenso. Él es el todo el Ser y el es todo otro. Él es la vida de todo lo que vive. Él es pureza, él es luz, él es la verdad. Y todo lo que se puede decir, es que Dios ES, sólo Dios ES. No hay otra realidad que el Ser de Dios. Nada existe excepto el amor. Es porque éste es tan simple, tan profundo, tan inmenso, que el misterio de Dios nos escapa. La sola actitud que conviene es el silencio de la contemplación y de la adoración.

Así, hermanos y hermanas, escojamos para cada día de esta semana el entrar más profundamente en la vida divina que es el fundamento del intercambio entre las tres personas, es decir, escojamos dejarnos atraer personalmente en el silencio de Dios, en su reposo y su generosidad, para aprender de él el don de sí desinteresado, simple y tranquilo. Acojamos de él el dejarnos transformar en él, de convertirnos en lo que recibimos ahora, en su eucaristía.

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