Novenario a San Antonio

DIA 3

Evangelizador de los pobres

San Antonio es un santo que ama, un santo porque ama. Un santo que amando sobre toda otra cosa a Dios, siente también el deber de amar profundamente al hombre en nombre de Dios.
Es el amor por los hombres que lo empuja a dejar el monasterio agustino para hacerse franciscano: para ponerse en el camino del evangelio, para ser anunciador itinerante del evangelio, testigo del evangelio.
En los últimos diez años de su breve vida, pero intensa existencia, la predicación se convierte en su actividad preeminente. Como Jesús y los apóstoles, él tiene ante sí un campo de apostolado sin confines.
La predicación de San Antonio no está ligada a un lugar particular: de Portugal a Marruecos, de la Emilia Romaña a gran parte de la Italia septentrional, a la Francia meridional y de nuevo en Italia. Una acción apostólica intensísima, en el estilo franciscano del itinerante.
El santo afirma que el predicador es aquél que ocupa el lugar y ejercita la función de “pie” del cuerpo místico de Cristo: pie que lleva al mismo Cristo por el mundo entero. Es necesario decir que en verdad esta imagen del pie no fue para él una simple retórica, sino la expresión de una realidad intensamente sentida y profundamente vivida.
Las primeras biografías nos lo presentan casi siempre en movimiento, ocupado en una especie de misión permanente: “pasaba por ciudades y castillos, por pueblos y campañas, y a todos esparcía la semilla de la vida con la mayor abundancia y junto con la caridad más ferviente”.
Sus decisiones se ponen en la línea del evangelio: la pobre gente, que amaba, evangeliza, eleva… La pobre gente de aquél tiempo abandonada de todos, que no tenía nunca pan suficiente, y que no tenía sobre todo esperanzas para el propio mañana; pobre gente ignorante y supersticiosa, que era fácil presa de la herejía.
A esta pobre gente, san Antonio ha dado de nuevo el evangelio del Señor para rescatarles la dignidad y después ha enseñado la solidaridad y la caridad fraterna como nueva forma de vida cristiana.
Los pobres de la ciudad de Padua experimentaron de modo particular el corazón del santo. Interviniendo ante las autoridades de la ciudad, obtuvo que fuese mitigado el trato respecto a los deudores insolventes caídos en la miseria. Caso muy frecuente, dadas las tristes condiciones del tiempo. El podestá del tiempo, Stefano Badoer, publicando la nueva disposición, la hizo introducir con las siguientes palabras: “por iniciativa del venerable hermano Antonio de la Orden de hermanos menores”.

De los escritos de San Antonio

“Solo los pobres, los humildes, reciben el mensaje de Cristo. Hoy están sedientos de la palabra de vida y de la sabiduría salvadora los pobres, los simples, los incultos, los hombres del campo y las ancianas; no los mundanos, llenos de palabras y embriagados de la sabiduría de aquí abajo.
Cristo es en verdad: en Cristo refulgieron pobreza, obediencia, humildad. Quien se escandaliza de estas virtudes, se escandaliza de Cristo. Los verdaderos pobres no se escandalizan, porque ellos solos se nutren de la verdad del evangelio, y son el pueblo del Señor, los pobres, las ovejas que él conduce a los pastos.
Los pobres de espíritu son el pueblo de Dios. Despegados de las cosas terrestres, a la altura de la pobreza, ellos contemplan al hijo de Dios en los misterios de su vida y en la gloria del cielo. A estos los consuela el Señor. Privados de los bienes materiales, él les consuela con sus bienes terrenos. Y mientras se desploma el edificio respecto a lo mundano, inmediatamente el Señor erige en ellos la casa de su alegría. Él transforma la desolación de la pobreza en delicias de íntima suavidad”.
“Los mundanos, que tienen una fe solo de palabras, y la esperanza reponen en sí mismos y en sus cosas y se apoyan únicamente en el hombre, están llenos de cosas terrestres y huelen a mundo. El hombre que huele no a cielo sino a tierra, que vive en la inmundicia de la avaricia y de la lujuria, se asemeja al asno, que antiguamente era dedicado a la muela. Les tapaban los ojos y los azotaban con el látigo, para que dieran vuelta a la pesadísima piedra. Así el mundano, cegadas la razón y el intelecto, es arrastrado a echarse encima el peso de las vanidades de esta vida”.

Puntos de reflexión

Hoy hablamos frecuentemente de los pobres, pero puede suceder que hablemos sin querer realmente encontrarlos. Jesús conoce personalmente los pobres, los encuentra en su camino y los ama.
Los pobres que Jesús busca y ama son las multitudes cansadas, desanimadas y sin guía: él les alimenta de paz y de palabra de Dios. Son todos aquellos que ordinariamente la gente margina: el ciego que invoca al lado del camino; el leproso que la ley hebrea quería aislados en el desierto; una mujer sufriente por muchos años y obligada a una separación humillantes…Jesús la acoge con preferencia. Jesús le abre los brazos, sobre todo a los pecadores penitentes y les anuncia el perdón de Dios; les devuelve la libertad y la dignidad de hombres y creaturas poseídas por fuerzas demoniacas.
A todos estos pobres, Jesús asegura que el Reino de Dios es para ellos. No porque Dios escoja simplemente una categoría de personas, sino por ellos pueden estar disponibles para el reino. También para nosotros: seguir a Cristo significa encontrar a los pobres en el propio camino.
Los caminos de la caridad son numerosos y diversos, y cada uno de nosotros puede descubriré el suyo, a partir de las situaciones de vida y de las personas que Dios le ha puesto a su lado. Donde menos lo esperas, Dios manifiesta su presencia y pide tu amor. En el rostro, sobre todo del pobre, está el suyo, porque “siempre que habéis hecho estas cosas a uno sólo de estos mis pequeños hermanos, lo habéis hecho a mí”, ha dicho el Señor. El juicio del amor comienza inmediatamente, ahora. De eso dependerá tu bienaventuranza.

Invocaciones

Oh Señor, queremos hacernos voz de todas las creaturas para dirigirte la plegaria del mundo entero. Los meritos y la intercesión de San Antonio acompañen nuestras invocaciones.

Para que los pobres, los últimos, los olvidados, sean para nosotros un signo tangible de tu presencia en el mundo: oremos. Escúchanos Señor.

Para que nuestra vida, despegada de los bienes terrenos y dirigidos a los valores eternos, anuncie con eficacia la venida de tu reino: oremos. Escúchanos Señor.

Para que la iglesia, en su empeño y ministerio, confíe sólo en el poder de tu palabra y en la certeza de tu fidelidad: oremos. Escúchanos Señor.

Para que el ejemplo de San Antonio pobre y defensor de los pobres nos anime a realizar obras de bien para las personas necesitadas: oremos. Escúchanos Señor.

Oh Dios, tu nos amas siempre el primero y nos socorres en nuestras necesidades; haz que con el ejemplo de San Antonio también nuestra presencia en el mundo privilegie a las personas descuidadas y olvidadas por la sociedad. Amén.

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