Novenario a San Antonio

DIA 4

El sufrimiento que redime

Junto a la tumba gloriosa de San Antonio, el corazón de los devotos se abre a la confianza. Cuanta mano se posa sobre la piedra que encierra y custodia el cuerpo. La multitud abre sus penas más íntimas al santo, las angustias más escondidas. Son particularmente los enfermos, los pequeños y los pobres los que le elevan sus plegarias. Porque también el Santo conoció en su vida terrena la enfermedad y el sufrimiento.

Antonio entró a la Orden franciscana con la voluntad y la condición de poder ir a Marruecos y anunciar el evangelio. Quería repetir el gesto valiente de los cinco mártires, sobre cuya tumba en Santa Cruz había pasado largo tiempo en oración y reflexión.

Apenas obtuvo el permiso, el santo emprendió la travesía para África y llegó a Marruecos. Pero a la llegada, sufrió inmediatamente el impacto del clima africano al que no estaba acostumbrado. Y aún antes de iniciar a evangelizar, se encontró postrado a causa de una grave enfermedad. Lo asaltaron fiebres altísimas durante varias semanas, debilitando su físico y vaciándolo de toda energía. Los hermanos lo cuidaron con amor, pero la extrema debilidad lo hizo incapaz de cualquier actividad. Antonio esperó con paciencia el poder restablecerse, pero la enfermedad no lo dejaba.
Físicamente destruido, Antonio experimentó una profunda amargura de espíritu. Ese mal no se detenía, ¿No podría sino ser un signo de que Dios no aprobaba su elección misionera? Muy abatido, al final emprendió el viaje de regreso. La nave fue sorprendida por la furia de un temporal imprevisto, estuvo largamente a la deriva, hasta que fue arrojada a la costa de Sicilia. Antonio no volvería a ver su patria.

En los últimos años de su vida, el santo fue atacado por la hidropesía. Se trató de una forma grave, que frecuentemente le impedía caminar, siempre le hacía difícil el ministerio y los mismos deberes de la vida cotidiana.

Después de la re exhumación del cuerpo de San Antonio, hecho en enero-febrero de 1981, sabemos lo que probablemente no sabían sus contemporáneos. “Del examen de las extremidades inferiores, parece que San Antonio no hubiera hecho otra cosa que caminar de buena gana por los hermanos o estar de rodillas, ante Dios. Los médicos de hoy dicen que el hombre, ya de aspecto robusto, podría haber estado deshecho y físicamente destruido por las abstinencias y los ayunos… además, hoy sabemos, por la segunda vértebra, encontrada fuertemente desorientada respecto a las otras, que él deber haber sufrido una artrosis terrible”.

De los escritos de San Antonio

“En realidad, los males de la vida cuanto más los sentimos, más dejamos de pensar en los bienes que les seguirán, en el paraíso que nos espera…Quien tiene el corazón anclado en la eternidad (¡Que la cruz nos merita!), nada encuentra de deseable en el mundo, nada le teme a ello. Por tanto, compórtate así: “haz esto y vivirás”, vivirás de la vida de la gracia al presente, y de la vida de la gloria al futuro. Allá te conducirá aquél que es la vida y gloria en persona, aquél que es bendito por siempre”.

“Muchísimos son atraídos hacia Cristo más de su pasión que de todo el resto de su vida. Se hace verdad así su profecía: “cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Precisamente es por esto que Jesús dejó a sus seguidores en herencia su pasión; aquella herencia que poseía san Pablo cuando decía: “llevo en mi cuerpo los estigmas de Cristo”.

Sigamos, entonces, a Cristo, llevando nuestra cruz con alegría. Él nos invita a seguirlo: “quien quiera venir tras de mí tome su cruz y me siga”. Cristo muriendo en el Calvario fue como un jarro de alabastro lleno de bálsamo que, rompiéndose, llenó toda la tierra de deliciosas fragancias. Por tanto, lo sigan sus discípulos, corran los cristianos detrás del perfume del crucificado”.

Puntos de reflexión.

Un día, saliendo del templo, Jesús vio a un ciego de nacimiento. Los discípulos preguntaron: “Maestro ¿Quién pecó, él o sus padres para que él naciera ciego? Sus discípulos buscaban una explicación. Nos gusta una explicación porque nos libera de toda responsabilidad personal. Entonces yo puedo decir con toda tranquilidad: “es culpa suya…o des sus padres…yo no tengo nada que ver”.
No es necesario buscar una explicación. Mientras la gente continúa a sufrir, nosotros de verdad podemos hacer alguna cosa. Es decir manifestar las obras de Dios, las obras del amor.

Más bien, por este punto vendrá el juicio de Dios respecto al mundo y de nosotros mismos, al fin de los tiempos: sobre nuestra concreta preocupación por poner fin a los sufrimientos de los hambrientos, de los sedientos, de quien no tiene vestido, de los extranjeros, de los enfermos, de los prisioneros.

Para un filósofo, el más es un gran problema. Para Cristo y para los cristianos es un escándalo, una provocación, y exige una valiente toma de conciencia para combatirlo. Y Jesús abre los ojos al ciego, aunque si es sábado. De hecho, el afirma haber venido para los perdidos, para los enfermos, para los pecadores.

Tarea de todo cristiano es la de “completar cuanto falta a la pasión de Cristo”. En la colaboración para la edificación de la iglesia está el valor del dolor. La fe nos enseña a encerrar nuestras pruebas y sufrimientos en la pasión de Cristo: en ella, asumen un valor inmenso y redentor.

De frente al sufrimiento y a la prueba, tenemos necesidad de ayuda y consuelo. La fe nos enseña a contemplar la cruz, sobre la cual agoniza nuestro hermano Jesús, con los ojos mismos con los cuales la madre contemplaba el patíbulo en el que moría su hijo. Es siempre esa misma cruz, sobre la cual muriendo se da a nosotros como “vida nueva”, es siempre la crucifixión redentora de Jesús, si tenemos el valor de asociar a su pasión la nuestra.

Invocaciones

Oh Señor, te damos gracias por el amor que nos has demostrado en la pasión, muerte y resurrección de tu Hijo y te pedimos nos ayudes a sufrir con él para ser glorificados con él.

Te pedimos por los pobres, los últimos, los abandonados, los enfermos. Haz que en su rostro veamos el rostro de Cristo: oremos. Escúchanos Señor.

Padre de misericordia, consuela a los afligidos, perdona a los pecadores, cura a los enfermos para que reconozcamos la presencia de tu reino en el mundo: oremos. Escúchanos Señor.

Concédenos comprender que tenemos que compartir la cruz del Salvador: oremos. Escúchanos Señor.

Haz que generosamente ofrezcamos nuestros sacrificios por la salvación de los hombres y creamos en el valor apostólico de todo sufrimiento llevado con amor generoso: oremos. Escúchanos Señor.

Oh Dios, Padre nuestro ayúdanos a vivir las enseñanzas y a imitar los ejemplos de San Antonio, que ha gastado su vida en la difusión del grande y salvífico mensaje de la cruz. Amén.

Comments are closed