Novenario a San Antonio

DIA 7


El misterio del pecado

El motivo dominante de las numerosas y conmovedoras oraciones insertas en los sermones antonianos son una apasionada invitación a resurgir del pecado y a vivir como verdaderos cristianos para meritar ser admitidos en el reino de Dios. La oración es un expresión teológica. Y san Antonio, cuando ora, es verdaderamente un grande teólogo. Lo demuestra suficientemente aún una sola de sus oraciones:

“Queridísimos hermanos, supliquemos a Cristo nuestro Señor que nos haga resurgir del pecado, nos mantenga sinceramente arrepentidos, nos restituya a la madre gracia por medio de la confesión de los pecados para ser introducidos por los ángeles en la Jerusalén celestial, que es nuestra madre. Nos lo conceda el mismo Cristo, el cual es pio y benigno, misericordioso y paciente, digno de alabanza y de gloria en los siglos. Toda alma resucitada del pecado diga: ¡Amén! ¡Aleluya!

El pecado es por tanto una realidad de nuestra vida, que tiene que ver con nuestra relación con Dios. Es la triste dolorosa experiencia, que está contenida en el grito de David: “contra ti, sólo contra ti he pecado y he cometido el mal a tus ojos”.

Hoy es necesario subrayar más que nunca este concepto. El pecado es el rechazo a Dios. Pecar significa rechazar las relaciones que nos ligan a Dios. Pecar significa rechazar la propia existencia en un modo que, de frente a Dios es equivocado.

Esta relación es fundamentalmente para nuestra existencia humana. Dios es aquél que es, aquél que da y que llama. Por consiguiente, somos llamados a dar nuestra respuesta. Respuesta que da una inaudita posibilidad: entrar en comunión con Dios.

El pecado es el rechazo de este Dios creador y redentor, que vivifica toda la historia de la salvación.

Pecar significa rehusarse, ya desde ahora, a participar de su vida, y a la que se desarrollará posteriormente en el mundo. En una palabra, pecar significa oponerse a la voluntad divina, que quiere realizarse sobre esta tierra; pecar significa oponerse al “misterio” de Dios, que se cumple en este mundo; pecar significa oponerse al adviento del reino de dios. El pecado es un obstáculo al reino de Dios.

¿Qué cosa puede y debe hacer ahora el hombre pecador? “Creer” ser pecador y creer al amor de Dios que se nos ha ofrecido en Jesús. La salvación es la fe en Jesús. Quien acepta ser amado gratuitamente, vive, se hace capaz de amar y de afrontar la vida. La experiencia del perdón y la experiencia del gran amor de Dios.

De los escritos de san Antonio

“La rebelión y la desobediencia a Dios nos hacen hijos pésimos y degenerados. Creándonos, el Señor ha estampado en nuestra alma su divina imagen, del mismo modo que un padre terreno transmite con la sangre los propios lineamientos a los hijos. Pero pecando gravemente, aquella imagen y semejanza con el Padre celeste la perdemos. Todavía peor, llegamos a sobreponer el rostro del diablo al de Dios. Cada vez que el cristiano comete un pecado grave, imprime en su alma la imagen de Satanás, se hace semejante a él, se convierte en su hijo”.

“Quien va contra Dios va contra sí mismo; quien reniega a Dios, reniega a sí mismo. El arma del pecador se vuelve contra él para herirlo a muerte. Decimos muerte a la separación del alma y cuerpo…pero la verdadera muerte es la separación del hombre de Dios, el pecado. La primera no es sin la sombra de la segunda.

Cuando el hombre se pone en estado de pecado grave, se aniquila; le falta la gracia de Dios, que es el ser por naturaleza. Solo con la gracia el hombre recupera la dignidad de nueva creatura”.

Puntos de reflexión

Dios es misericordioso. Dios ama a los pecadores, perdona setenta veces siete. Su perdón es resurrección, es vida nueva.

“Entonces entró en si mismo y dijo: “me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo…” Cuando estaba todavía lejos el padre lo vio y conmovido corrió a su encuentro, se le tiró al cuello y lo besó”.

El pródigo es perdonado antes de volver a casa: es perdonado en el momento mismo en que se va, al mismo tiempo en el que despilfarra vergonzosamente los bienes fatigosamente acumulados por su padre, porque es siempre un hijo amado.

La oveja perdida y amada aunque en sus deslices, por sus deslices, porque es propio entonces que el pastor deja el rebaño entero para ponerse a buscarla hasta que la encuentra. ¡Porque Dios es amor!

La grande guía espiritual del pueblo indio, Mahatma Gandhi, en un libro de memorias anotó esta experiencia juvenil: “tenía quince años, cuando robé. Tenía una deuda grande. Le robé a mi padre un brazalete de oro; lo vendí y pagué lo que debía. Pero había pretendido mucho de mí. No lograba soportar el remordimiento de conciencia, lo debía decir a mi padre. Cuando fui ante él, mi boca no se abrió. Pero decidí escribir mi confesión para darla a mi padre y pedirle perdón. Temblaba en todo el cuerpo cuando enseñé le escrito a mi padre. Él lo leyó mientras yo estaba frente a él. Permanecí tranquilo por un momento, cerré los ojos, rompió el escrito. “Está bien”, dijo. Había perdonado todo. Desde aquél momento amé todavía más a mi padre y él a mí.

Estamos sumergidos hoy por una avalancha de palabras. Pero ¿Cuáles son las cosas que llegan al corazón? Hay palabras que esperamos largamente, dolorosamente…El hijo, que ha roto la amistad con el padre, espera con sufriente impaciencia el momento en el que el padre le dirija una palabra de comprensión y nuevamente haga posible el estar juntos.

El perdón no lo podemos tomar solos. El pecado ante Dios puede ser perdonado solo por Dios. El da siempre el perdón: “te son perdonados todos tus pecados”. Jesús no decía y no dice palabras vacías. Su palabra de perdón es potente, transforma la existencia y da un futuro totalmente nuevo.

 

Invocaciones

Tu palabra Señor, penetre nuestro corazón, para que acogiendo el anuncia de la salvación participemos en el misterio de tu Hijo muerto y resucitado por nosotros, y lo testimoniamos con la renovación de nuestra vida.

Señor, rico en misericordia, libéranos del pecado y de la muerte para que vivamos contigo, en el amor de hijos con el Padre, oremos: escúchanos, Señor.

Señor de la vida, que quieres la conversión del pecador, danos el espíritu de penitencia para expiar el mal cometido por nosotros y por nuestros hermanos, oremos: escúchanos, Señor.

Señor Jesús, salvador nuestro, perdona nuestras faltas de amor y ayúdanos a reconstruir la unidad de nuestra comunión contigo y con los hermanos oremos: escúchanos, Señor.

Señor, fuente de toda gracia y misericordia, te pedimos que cada uno se convierta y viva oremos: escúchanos, Señor.

Oh Dios, rico de misericordia, que has escogido a San Antonio para reconciliar a los hombres contigo, mediante el sacramento de la penitencia, ayúdanos a vivir la fe de nuestro bautismo con plena y activa disponibilidad. Amén.

 

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