Novenario a San Antonio

DIA 8

Ministro de reconciliación

La “Vita prima o Assidua”, en el capítulo 13, atestigua: “no puedo pasar en silencio como él inducía a confesar los pecados a una tal multitud de hombres y de mujeres, que no había suficientes sacerdotes o hermanos que les pudieran oír”.

La acción constante, providencial y misteriosa de San Antonio se ejercitaba especialmente en la profundidad de la conciencia. De los testimonios de su vida sabemos que el santo transcurría jornadas enteras confesando ininterrumpidamente del alba al atardecer. Grande en el púlpito, san Antonio no fue menos grande a la sombra del confesionario.

En el confesionario, él perdía la noción del tiempo. Había días en que confesaba sin interrupción hasta el atardecer, sin tomar ni un bocado de comida ni de aire, aún en su precaria condición de salud.

¿Cuántas veces en sus Sermones habla de la confesión? Imposible decirlo. Él el argumento más tratado por él, o por amplio o por largo; en verdad son pocas las páginas que no contienen alguna mención. Interpretaciones de la Escritura, comparaciones, figuras fantasiosas le fluyen de la pluma para celebrar la belleza; algunas veces olvidada de escribir para los hermanos, misioneros como él, y repite los pensamientos y expresiones que había usado al dirigirse al pueblo, para invitarlo a aprovecharse de este sacramento de misericordia.

No se contentaba, con tejer genéricamente las alabanzas de la confesión y ni siquiera de exhortar cálidamente a frecuentarla; descendía al lo práctico y dando al discurso el tono de la instrucción, parecía sobretodo solícito a que los fieles se acercaran con las debidas disposiciones, para no frustrar los abundantes frutos.

En su basílica, este preciosísimo y divino apostolado del santo continúa en manera única. La visita a la tumba del santo es casi siempre un preludio o conclusión de la confesión sacramental. Ninguno podrá conocer las deliciosas maravillas que San Antonio cumple en un número extraordinario de personas que quedan envueltas en el impenetrable secreto del confesionario.

El papa Pablo VI, asombrado como tantos otros de este singular y precioso aspecto de la devoción a San Antonio, observaba: “la basílica del Santo en Padua es la clínica espiritual para el mundo de hoy”.

No es posible expresar en cifras cuanto sucede en el misterioso secreto del corazón. Pero cuanto es posible entrever, hace tocar con la mano la estupenda eficacia de la devoción a San Antonio; el cual –por vías impenetrables, frecuentemente desconcertantes- conduce a una profunda renovación espiritual.

De los escritos de San Antonio

“El sacramento de la penitencia es llamado “casa de Dios”, porque ahí los pecadores se reconcilian con él, como el hijo pródigo se reconcilia con su Padre que lo acoge nuevamente en su casa. Es llamado también “puerta del paraíso”, porque a través de la confesión, el penitente es introducido a besar los pies, las manos, el rostro del Padre celeste. ¡Oh casa de Dios! ¡Oh confesión, puerta del paraíso! Beato quien habita en ti, beato quien entra en ti! Humillaos, hermanos míos, y entrad por esta puerta santa”.

“La confesión, siendo generada por la contrición puede ser llamada “generación”: el alma es purificada de los pecados manifestados en su entereza al sacerdote; la conciencia se clarifica con la efusión de las lágrimas del arrepentimiento.
En la confesión, acompañada del dolor y de la satisfacción, se obtiene la remisión de los pecados, la infusión de la gracia, la remuneración de la vida eterna. La confesión lleva el alma a Dios.

“Muchos limitan la confesión a una vez al año o muy raramente. En cambio, si fuese posible, sería muy bueno hacerla cada día. De hecho somos débiles e inclinados al mal, de modo que cada día caemos en cualquier culpa; además tenemos una memoria tan fugaz, que apenas recordamos en la noche cuanto hemos hecho en la mañana. ¿Por qué entonces, diferir regular la propia conciencia con el Señor? Hoy estoy, mañana ya no; nada de más incierto que la hora de la muerte, aunque nada más cierto que esta. Tu, por tanto, que cada día absorbes el veneno de la culpa, deberías cada día recurrir a su remedio”.

Puntos de reflexión

Jesús ha derramado su propia sangre “en remisión de los pecados de la multitud de los hombres”. La noche de la primera pascua, apareciendo a los apóstoles, “Jesús viene, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡paz a vosotros! Como el Padre me ha mandado, así también los mando yo”. Y dicho esto sopló sobre ellos y dijo: “reciban al Espíritu Santo; a quien perdonen los pecados les quedarán perdonados, a quien no les perdonaréis no serán perdonados”.

La misión recibida del Padre, Jesús la pasa a manos de los apóstoles. ¿Cuál es esta misión? La remisión de los pecados.

La “remisión de los pecados” es uno de los grandes artículos de nuestra fe cristiana. A través del pecado, la muerte entra en el mundo; la salvación, por tanto alejará de nosotros sea el pecado que la muerte. De hecho, el don pascual de Cristo resucitado a su iglesia es “la remisión de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna”. Junto como un todo.

Dios es el amor incondicionado. No ama porque es amado como hacemos nosotros. Ama aún cuando no es amado. Es esta la gratuidad de su gracia. De hecho, ama porque no es amado. Es esta la misericordia, porque no hay mayor miseria que la de no amar a Dios.

Como el perdón es constante de parte de Dios, así la reconciliación siempre es ofrecida al hombre, ofrecida en Jesucristo, nuestro salvador: “porque el amor nos empuja, al pensamiento de que uno murió por todos… Las cosas antiguas ya pasaron, ya nacieron cosas nuevas. Pero todo esto viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mediante Cristo y nos ha confiado (a los apóstoles) el ministerio de la reconciliación…Nosotros fungimos como embajadores por Cristo, como si Dios exhortase por medio nuestro. Os suplicamos en nombre de Cristo: dejaos reconciliar con Dios. Aquél que no había cometido pecado, Dios lo trató como pecado a favor nuestro, para que pudiéramos por medio de él, llegar a ser justicia de Dios”.

Invocaciones

Oh Señor, Dios fiel y misericordioso, como acto supremo de tu benevolencia has enviado a tu Hijo Jesucristo para que salvase definitivamente a la humanidad y la liberase del poder del pecado y de la muerte. Oh Padre santo, te alabamos y te damos gracias.

Haz que te reconozcamos como el Señor, el único, el sumo bien, nuestra esperanza, nuestra gloria, nuestra vida: oremos. Escúchanos Señor.

Ayúdanos a vivir en una actitud de penitencia, reconociendo en ti el único sentido de nuestra vida: oremos. Escúchanos Señor.

Libéranos del egoísmo y ayúdanos a aceptar con amor sincero el perdón del Padre: oremos. Escúchanos Señor.

Haznos capaces de testimoniar con nuestra alegría la bondad misericordiosa del Padre que nos ha hecho pasar de la muerte a la vida: oremos. Escúchanos Señor.

Oh Señor, mira con bondad a tus hijos, que se reconocen pecadores y haz que liberados de toda culpa por el ministerio de tu Iglesia, den gracias a tu amor misericordioso. Te lo pedimos por intercesión de San Antonio, ministro de reconciliación y testigo de tu amor. Amén.

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