Novenario a San Antonio

DIA 9

Maestro de oración

San Antonio tiene una idea grandiosa de la oración. Sin haberlo tratado en forma sistemática, él retorna frecuentemente, para sacar a la luz nuevos aspectos de la riqueza y nuevas notas de su belleza espiritual, siempre en vista de su perfecto ejercicio.

Escribiendo sobre la oración, hace propia la ya nota definición de Guglielmo de Saint-Thierry: “la oración es una cosa sobre todo del corazón, es una adhesión cordial e íntima a Dios, que empuja a dialogar con él”.

Más que sobre la oración vocal, el santo se detiene con insistencia sobre rostro interior de la oración. Afirma que la oración debe ser, ciertamente, un acto de presencia de todas las potencias interiores del alma, un vivir en la presencia de de Dios; el primado, lo tiene sobre todo el corazón.
Poco más tarde, santo Tomás y san Buenaventura llamarán a la oración “elevación del corazón”.
El santo insiste mucho sobre las condiciones que permiten orar verdaderamente. Entre tantas cosas, subraya particularmente la necesidad de un clima de silencio interior, que quiere decir: superación de las distracciones provocadas en nosotros por las diversas preocupaciones, las cuales turban el alma que ora, mortifican el rostro de la oración, agitan el espíritu, condicionan el encuentro con Cristo, el maestro interior que habla al alma.
Es el deseo de un silencio profundo y de una más intensa soledad que induce al santo a dejar el monasterio de San Vicente de Lisboa para retirarse al de Santa Cruz de Coimbra, lejos de las muchas visitas. Y después del capítulo de Pentecostés del 1221, él consiguió retirarse al eremitorio de Montepaolo. El santo sintió la necesidad de la soledad tanto física, del silencio exterior, como del resto de cosas creadas que no son sino medios.
El Santo no se retira para escapar de la gente, sino para aprender a encontrarla; no deja a los otros para no tener fastidios, sino para buscar el modo de hacerles un bien mayor. La soledad no lo separa de los otros, y sobre todo no lo pone sobre los otros. Para San Antonio la soledad no es separación, porque ella lo acerca más a los otros, dándole la posibilidad de comprender y ayudar a la gente que vive un clima social, inquieto, ruidoso, superficial.

De los escritos de San Antonio

“La oración es el corazón que se alza, el corazón alto… este es el corazón del que ama, del que brama, del que contempla despreciando las cosas terrenas. Quien ora se asemeja a un pájaro, que levanta el vuelo hacia lo alto; dirige el vuelo de la tierra para sumergirse en los espacios del cielo”.

El Señor se manifiesta a aquellos que están en la paz y humildad del corazón. En un agua turbia y movida no aparece el rostro de quien se refleja. Por lo que si quieres que el rostro de Cristo aparezca en tu rostro (y tú seas así verdaderamente cristiano), detente, recógete en el silencio, cierra las puertas del alma al estrépito de las cosas exteriores”.

“Dios no debe caer nunca de nuestra mente, como no hay instante en el que no seamos objeto de su solicitud paterna. La oración forma una sola cosa con toda la vida del hombre: es contrición del corazón; es profesión de alabanza; es cumplimiento de obras buenas; es amor de Dios y del prójimo; es armonioso ejercicio de vida activa y contemplativa; es cumplimiento de la perseverancia final”.

Puntos de reflexión

Se trata de descubrir que cosa significa para nosotros “ponernos a orar”. Este gesto que hacemos así de frecuente, pero que no siempre nos llena, nos serena, no hace más fuertes.
Orar es pedir cada día al Padre la glorificación de su nombre, la venida de su reino, la realización de su voluntad, el pan cotidiano, el perdón de los pecados, el ser liberados del mal. Aquella del Padre nuestro es la oración insustituible y la más completa. Pero es necesario realizarla en “manera nueva” cada día. Aunque si el plan de Dios sobre nosotros, es siempre el mismo, cada día la voluntad de Dios se manifiesta a nosotros en un modo nuevo.
Orar es hacer la experiencia de la paternidad de Dios. San Agustín ha dicho: “oración es Dios y el hombre que se hablan”… Por tanto la conciencia de su voluntad es misericordia: “el Padre me ama”; de su cercanía e intimidad: “el Padre es quien”; de su omnipotencia salvífica: “a Dios todo es posible”.
Por tanto es siempre muy bella y confortante la experiencia que nos lleva a decir: he aquí que cuando oramos, hablamos con un Padre que nos ama, vive en nosotros y nos espera, nos guía y se alegra en el perdonarnos.

Oración es vida: dos momentos que son complementarios. Como nuestro corazón que funciona bien cuando realiza el doble movimiento de sístole y diástole. No la oración para evadirse de la vida, ni la actividad en perjuicio de la oración.
Vida y oración no están separadas: una asume y enriquece a la otra. Cuanto más una existencia está marcada por la fe, tanto más se siente la exigencia de alabar, dar gracias, pedir perdón con la oración.

Invocaciones

Tu palabra Señor, nos da el consuelo y la esperanza: ninguno es rechazado por ti, ni siquiera el pecador. Tu, de hecho, pide que todo hombre se convierta y viva.

Señor, rico en misericordia, líbranos del pecado y de la muerte, para que vivamos contigo en el amor de hijos con el Padre: oremos. Escúchanos Señor.

Dios, Padre de bondad, ayúdanos a reconocerte aún en el sufrimiento, en el dolor y en los días tristes: oremos. Escúchanos Señor.

Oh Dios de toda misericordia, ayúdanos a vivir en actitud orante, reconociendo en ti al único sentido de nuestra vida: oremos. Escúchanos Señor.

Enséñanos, oh Señor, a orar en la alabanza y en la acción de gracias: oremos. Escúchanos Señor.

Oh Dios, única fuente de la vida y del gozo, líbranos del pecado y de la muerte. Por intercesión de San Antonio, haznos hombres nuevos en el amor, en la oración y en la paz fraterna. Amén.

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