Novenario a San Antonio

DIA 1

El Santo


San Antonio es un santo entre nosotros hombres. Ya han pasado más de 750 años de su muerte y todavía inexplicablemente continúa atrayendo gente de toda condición social y a alimentar una forma viva de piedad popular.

Porque todo esto, no podemos explicárnoslo. La devoción al santo es un hecho que supera nuestra comprensión racional. Los contemporáneos del Santo nos presentan su acción de predicador como un acontecimiento extraordinario. En sus escritos vemos la profunda doctrina que apasionaba a multitudes inmensas, acercándole a su púlpito.

Pero San Antonio fue sobre todo un conquistador de almas. Él no se contenta de arrancarlas de la corrupción y del mal, sino quiere empujarlas hacia una vida cristiana valiente e intensa, mediante un conocimiento más atento y profundo de la verdad revelada, y en particular de la penitencia y de la eucaristía. Precisamente por esto, el Santo fue en vida, y continúa siendo aún en nuestros días, una de las más eficaces y afortunadas guías espirituales del pueblo cristiano. Declarado en nuestro tiempo “doctor evangélico” de la iglesia universal, él continúa todavía hoy su magisterio.

Por los caminos del evangelio, y frecuentemente con la ayuda en las necesidades temporales, el santo conduce las almas a Cristo y las anima a perseverar generosamente en la gracia y en la caridad. Es un secreto de predilección, un divino designio del amor de Dios hacia este su humildísimo santo e infatigable apóstol: misterio de gracia que no logramos comprender plenamente pero que debemos admirar.

Por esto, solamente podemos decir que San Antonio es verdaderamente testigo de la providencia, mensajero de Dios que viene al encuentro de las exigencias y de las necesidades de nuestra vida: de las más grandes, como la conversión, a las más pequeñas, como las gracias materiales. Es este el aspecto más importante de la devoción al santo: que nosotros, a través de San Antonio, redescubramos a Cristo.

De los escritos de San Antonio

“Vale más una sola alma santa con su oración, que innumerables pecadores con las armas en mano: la oración del santo penetra los cielos”.

“La virtud de los santos es semejante a la usada por los albañiles para checar la perpendicularidad de un muro. Toda alma fiel necesita que se confronte con el ejemplo de su vida. Así, todas las veces que se celebran las fiestas de los santos es como si se aplicara la plomada a la vida de los pecadores. Es por esto que honramos su festividad, para recibir de ellos una regla de vida… y si amando al mundo con su gloria, nutriendo la carne en las delicias, amasando dinero, nosotros no nos ocupamos de imitar la vida de los santos, por ello su santidad atestigua que somos dignos de condena” (Sermones I).

“Los santos son para el mundo tenebroso las estrellas que brillan en el firmamento. Su nacimiento tiene lugar para gozo de muchos, y un bien común; su aparición es para la utilidad de todos. Cristo tiene a los santos bajo el sello de su providencia, a fin de que no aparezcan cuando ellos quieren, sino que estén listos para la hora por él establecida. Y cuando oirán resonar en su corazón su mandato, salgan del escondite de la vida contemplativa hacia la actividad pedida de la necesidad” (sermones I).

Puntos de reflexión.

– El capítulo V de la constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, pide a todos nosotros ser santos; pide que todos: obispos, sacerdotes, religiosos, laicos que viven en el mundo, “preparemos al Señor un pueblo bien dispuesto”.

Es la primera vez que un documento conciliar presenta tan claramente la santidad como la misma esencia de la Iglesia y por tanto su razón de ser, y el deber de cada uno de nosotros. “Todos los fieles de cualquier estado o grado son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad: por esta santidad es promovido, aún en la sociedad terrena, un tenor de vida más humano” (LG 40).

La santidad, por tanto, no es un privilegio de pocos, exclusivo de quien escoge un particular estilo de vida como el sacerdocio o la vida religiosa, sino es la posibilidad y el compromiso de todos.

– Escribe san Pedro: “a imagen del Santo que os ha llamado, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta”. Solo Dios es Santo y solo él es fuente de santidad.

En concepto cristiano de la santidad implica la relación fundamental con Dios. Ninguno es santo por el propio esfuerzo: la santidad e ante todo don del amor de Dios, después es respuesta fiel del hombre a la iniciativa divina. La iniciativa de la santidad la ha tomado Dios. Es su don gratuito. Nuestro empeño consiste en el hacernos activamente disponibles en el consentir.

La santidad consiste, por nuestra parte, en el mantenerse unidos a Dios, en el no resignarse a la indiferencia y a la mediocridad, en el querer dar un alma a la vida de todos los días y en el convertirse en signo de esperanza.

El misterio del cual abrevamos directamente la santidad, es el misterio de Cristo, el Verbo encarnado, el hombre santo por excelencia se pone en el camino de encuentro con Cristo y hace de la persona de Cristo la presencia viva y sacramental de nuestra santidad.

Sobre todo, amar como Cristo ha amado. Cuando se ha dicho esto se ha dicho todo. Y para vivir cada día esta perfección de la caridad, sé que no estoy solo: Cristo está conmigo a condición de que yo esté con él.

Invocaciones

Oh Padre, reconocemos tu amor y tu grandeza, porque tu eres el bien, la alegría, la esperanza, la certeza del hombre. A ejemplo de San Antonio que hizo de su vida una continua búsqueda de ti, aunque nosotros confiamos en tu voluntad, con la certeza de que solo tu das sentido a nuestra existencia.

– Cristo, revélate a quien no te conoce todavía y haz que todo hombre pueda gustar tu dulce amistad: oremos. Escúchanos Señor.

– Tú que has dado a los hombres la libertad de los hijos de Dios, consérvanos el don que has conquistado a precio de tu Sangre: oremos. Escúchanos Señor.

– Enciende en nuestros corazones una sed ardiente de ti y tu Espíritu nos una a todos en comunión de fe y de caridad: oremos. Escúchanos Señor.

– Tú qué quieres que todos los hombres se salven. Haz que toda nuestra vida sea un fiel testimonio de fe en tu divinidad: oremos. Escúchanos Señor.

Te bendecimos, o Dios, por tu siervo Antonio, que has constituido como testigo de tu amor y apóstol del evangelio: concédenos merecer su intercesión y caminar en santidad de vida. Amén.

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