¡Qué Alegría! Al Padre Cleto

¡Qué Alegría!
Al Padre Cleto

Era un día muy especial, era el último domingo del año litúrgico. En el convento de La Santa Cruz de los Milagros de Querétaro, se celebraban, como cada domingo, las misas con asistencia de multitud de fieles.

La misa de una de la tarde le correspondía al padre Cleto, un anciano fraile que entre algunos fieles tenía fama de santo y hasta había quienes le atribuían milagros. Los frailes estudiantes de ese Colegio de Filosofía se organizaban para el servicio del altar durante las misas dominicales. Ese domingo la misa de una le correspondía a fray Jorge y otro de los estudiantes. Como cada domingo, había que estar listos en la sacristía cinco minutos antes de la hora. El padre Cleto, llegó justo a tiempo, se revistió para la celebración y con toda la devoción propia de su edad y fama de santidad, se encaminó al presbiterio acompañado de los dos estudiantes igualmente devotos, aunque seguramente menos santos.

Como siempre, como un ritual, del que parecía dependiera la validez de la celebración, el padre Cleto besó el altar, tomó el micrófono, dándole unos golpecitos se cercioró de que estuviera encendido, se lo colgó al pecho y dándose la vuelta se arrodilló ante el sagrario que estaba justo al fondo, detrás de la mesa del altar; los dos estudiantes servidores lo acompañaron con toda devoción.

El padre Cleto tenía fama de místico y asceta, había quien le atribuía milagros, incluso también había quien afirmaba haberlo visto levitar, es decir, elevarse sobre el suelo algunas veces durante las reuniones de oración que semanalmente tenía con su grupo de carismáticos.

Por eso a fray Jorge no le extrañó tanto que el padrecito tardara más de lo habitual arrodillado ante el sagrario.
Con cara de quien está gozando del arrobamiento en las cosas divinas, el padre Cleto se dirigió a fray Jorge y le dijo:

-Frater: ¡Qué alegría!
-Sí, padre: ¡Qué alegría! contestó fray Jorge

El padre Cleto volvió a cerrar los ojos y un minuto después, dijo nuevamente:
-Frater: ¡Qué alegría!
-Sí padre: ¡Qué alegría! contestó fray Jorge, al tiempo que pensaba: Claro que hay razón y motivo para estar alegres, es domingo, día del Señor, es la fiesta de Cristo Rey del Universo, es la plenitud de los tiempos, es la consumación de la historia de la salvación, es el cumplimiento de todas nuestras esperanzas… es…

-Frater: ¡Qué alegría! dijo por tercera vez el padre Cleto, interrumpiendo tan profunda disertación teológica, que con gusto habrían firmado como propias los mismísimos Rahner o Balthazar, los mejores teólogos contemporáneos. El caso es que esta vez el rostro del padre Cleto no tenía ya la paz del arrobamiento místico, sino la señal del enfado y la impaciencia.
Fray Jorge quedó desconcertado ante cambio tan repentino y solamente pudo contestar nuevamente.
-Si padre: ¡Qué alegría!

Aquella respuesta acabó con la paciencia del santo padre Cleto, pues a todo pulmón y con el micrófono abierto gritó.
-No me digas: “Sí padre, sí padre”. Te estoy pidiendo que vayas al ambón y comiences el canto de entrada: ¡Qué alegría…!

Fray Jorge se levantó, lleno de pena y vergüenza. Hubiera querido que se repitiera en él y en ese momento, el terrible pasaje bíblico: Se abrió la tierra y se tragó a Datán… La tierra se cerró sobre Abirón y sus secuaces. Pero no fue tan afortunado. Como pudo se dirigió al ambón, no quería ni levantar la mirada, pues todo aquel coloquio que a él le había parecido tan espiritual y edificante para los fieles -que todo lo habían oído, pues el micrófono estaba abierto- había terminado en un regaño ante un templo repleto de fieles.

Allí estaba ya fray Jorge ante el micrófono del ambón, lo tenía justo frente a él, pero ya de por sí nuestro fraile era un pésimo cantor, en aquella tremenda situación, de su ronco pecho y de su gran chorro de voz no le salió ni un chisguete.

Pero, San Jorgito bendito que nunca abandona a quienes llevan tan excelso nombre, vino en su auxilio. Un grupo de jovencitas de la vecindad a donde él iba cada sábado a dar catecismo, y que en esa misa ocupaban la primera banca, al verlo en tal aprieto, -sin hacer alusión al color de este buen hermano- comenzaron a cantar:
¡Qué alegría cuando me dijeron,
vamos a la casa del Señor!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales Jerusalén…

A nuestro pobre fraile aquellas voces desentonadas le parecieron coros celestiales. Por fortuna todo el pueblo las siguió con gran devoción.

Pero, por si esto no fuera suficiente, aunque litúrgicamente no es lo indicado, los servidores del altar igualmente recogían las ofrendas del pueblo, es decir bajaban a pasar el canasto. Así que muy devoto y serio como siempre, fray Jorge tomó su canasto, y humildemente se dispuso a cumplir su servicio, pero apenas había recibido la ofrenda de algunos fieles cuando llegó a donde estaban las chicas del coro que lo habían sacado del aprieto, una de ellas sacando una moneda y poniéndola en el canasto, dijo:

-Frater: ¡Qué alegría! otra hizo lo mismo, y la siguiente también, de modo que desde el presbiterio hasta la puerta principal, cada vez que alguien ponía una moneda en el canasto, a fray Jorge le parecía escuchar el rumor: Frater: ¡Qué alegría!

Y todavía más, los padres habían pedido a los estudiantes que esperaran la salida de los fieles para recibir la ayuda que éstos generosamente aún quisieran dar. Allí siguió fray Jorge a la puerta del templo recibiendo la generosa ayuda de los fieles, pero también muchos, muchos más: Frater, ¡Qué alegría!

Desde ese día, muchos hermanos conocen a fray Jorge como el padre “Qué alegría”, o simplemente como el padre “Alegre”, aunque como dijo un hermano de los llamados graves y venerables una vez que escuchó que hablaban del padre Alegre.
-¿Quién es el padre Alegre? Preguntó extrañado.

Pues fray Jorge, le contestaron ¿O usted no lo ve alegre?
-¡Pues, sí, sí, sin duda que es alegre, pero muy, muy en el fondo!

P. Fr. Jorge Frausto Rodríguez, OFM

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