6° Domingo del Tiempo Ordinario

12 de febrero de 212

Hermanos todos en Cristo: Estamos como cada domingo reunidos en torno al altar del Señor para tener un encuentro amoroso con Él. Él nos ha reunido aquí en su casa para compartir con nosotros el don maravilloso de su Palabra y el más grande regalo su amor, su Cuerpo y su Sangre.

Hoy la Palabra de Dios, en el Evangelio de Marcos nos cuenta la curación de un leproso, de uno que no contaba para el pueblo por estar impuro. Es la única vez que dentro del Evangelio de Marcos se nos reporta la curación a un leproso.

El Evangelio comienza con aquel hombre que se ha acercado a Jesús y pide verse limpio de su enfermedad. Le dice: “Si tu quieres, puedes limpiarme”. Todo hace suponer que aquel hombre estaba lleno fe y que al ver su miseria y al escuchar la fama de Jesús se decide ir en busca del único capaz de quitarle su sufrimiento y sus tormentos. Jesús le responde: “Sí quiero, sana”. Con semejante respuesta Jesús ha aceptado la fe sincera de aquel hombre que está leproso, que es marginado, que es un excluido, que vive como un muerto viviente; se ha compadecido de él y ha sido encontrado grato a los ojos de Jesús. La fe fue pues para aquel hombre la llave que abría la muralla en la que vivía gracias su enfermedad.

Los leprosos, como lo hemos escuchado en la primera lectura, eran separados del pueblo, tenían que llevar signos visibles que indicaban su impureza: la ropa rasgada, la cabeza descubierta y tenían que gritar que estaban impuros. Otra tantas veces eran maltratados y hasta se les colgaban campanas en el cuello para que no pudieran acercarse a las ciudades y corrian el peligro de ser apedreados si eran vistos muy cerca de la ciudad. Eran gente con muchas necesidades. No por nada la lepra era considerada para el judaísmo y dentro de la Biblia como uno de los peores males que podían afectar al hombre. Era también considerada como un castigo de Dios por los pecados cometidos.

Por lo tanto eran considerados como pecadores públicos. Sin embargo, aquel hombre que por su condición de leproso ya lo había perdido todo, estaba lleno de fe y decide ir en busca de Jesús arriesgando todo lo que le quedaba, sin importar que fuese hasta su misma vida. Sabía perfectamente que por su condición no podía acercase a Jesús pero su fe le hace traspasar el muro que lo tenía sumergido en la más profunda miseria y soledad.  De ahí que Jesús con todo el amor y la compasión que tenía le quita la impureza a aquel hombre y le restituye al mismo tiempo su dignidad.

Lo hermoso de la escena es que el leproso no se acerca a Jesús para exigirle, para reclamarle: “Tienes que hacerlo”, “Tú tienes que curarme”, que lo limpie lo más rápido posible sino que nos describe lo que verdaderamente es la fe de la manera más sencilla y humilde, le dice: “Si tu quieres, puedes limpiarme”. Estas palabras nacen pues de la necesidad que sentía aquel hombre de ser curado, porque tenía la necesidad de sanar no solo su cuerpo sino también su alma, pero no por eso exige sino que le da a Jesús la oportunidad de aceptar o no su petición.

El “Si tu quieres, puedes limpiarme” es la actitud de confianza, de dejarlo todo en manos de Jesús, de quitarnos el miedo y de esperar a que obre de la mejor manera. Así tendría que ser nuestra fe, de arriesgarnos a dejarlo todo en manos de Jesús, es confianza, es esperanza, es saber que Jesús hará con nuestras vidas lo mejor que Él crea y no según las apariencias y las superficialidades que el mundo nos propone prescindiendo de lo que verdaderamente nos limpia y nos pone más cerca del Reino de Dios.

Fr. Luis Daniel Chairez Patiño, OFM

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