Corre y se va con…

EL GALLO DE DOÑA JUANA

Corre y se va con…
El que le cantó a San Pedro…
¡El Gallo!

“Jesús, fíjate que los muchachos ya no tienen zapatos”, así le dijo doña Juana a su marido mientras en el almuerzo le servía los frijoles en un plato de barro y le calentaba las tortillas hechas a mano en un negro comal sobre el fogón atizado con boñiga de vaca.

Por alguna razón, don Jesús nunca llamaba a su mujer por su nombre propio, siempre que se dirigía a ella cariñosamente la llamaba “Vale”. Por eso le contestó con cara de preocupación:
-¡Ay Vale! y ahorita que no tenemos dinero, ya ves que todavía el maíz no está bueno para venderse, le clavas la uña a las mazorcas y les sale leche todavía. Ya ves que, buscándole, todavía ayer encontré elotes. Pero no te apures, voy a ver si mi compadre me puede prestar un dinero por unos días, al cabo nomás mientras el maíz amaciza un poco para que se pueda desgranar y ponerlo a secar al sol.

Doña Juana con sus hermosos ojos llenos de ternura, miró a su esposo, se inclinó para atizar nuevamente el fogón y le dijo a su marido:
-No. No hace falta pedir prestado, además todavía le debemos a mi compadre lo que le pedimos para la siembra, ya ves que nos dijo que le pagáramos en la cosecha. Y continuó diciendo: Mira, no te apures, yo creo que podemos vender unas gallinas y unos pollos, nomás para completar, yo tengo un poco de dinero que he ido guardando. Hay unas gallinas que se volvieron mañosas y se comen los huevos… y los pollos están chicos todavía… pero yo creo que habrá quien los compre; algo nos darán por ellos.

-¡Ay Vale! tú con tus gallinas siempre nos sacas de apuros, dijo don Jesús.

-Pues como decía mi madre: “Para qué son los bienes, si no es para remediar los males”, dijo doña Juana con cara de satisfacción.

-Te sirvo más frijoles.
-No, gracias, ya estoy bien.

Doña Juana agregó:
-Mira, mañana temprano cuando salga del molino le voy a decir a don “Gualo” que venga por unas gallinas que le quiero vender, ya ves que otras veces ya le he vendido y creo que paga bien y lo que es más, no hay que andar dando vueltas para cobrarle, como cuando le vendí a Clemente que hasta me quedó a deber.

Don Jesús ya un poco menos preocupado se levantó del cajón de madera donde estaba sentado. Doña Juana colgó en un gancho de varilla pendiente de una viga del portal que servía como cocina, la canasta de las tortillas para ponerla fuera del alcance del “Mocho” y el “Huesos”, los perros de la casa.

Las miradas de don Jesús y doña Juana se encontraron, no se dijeron ya palabras, sus miradas lo decían todo, ambos sabían que una vez más iban a superar la necesidad y desde el fondo del alma daban gracias a Dios que en su Providencia divina a nadie abandona.

¡Don Guadalupe, don Guadalupe! -gritaba doña Juana a todo pulmón- pegándose lo más posible a la cerca de la casa de don Gualo, por cierto que la cerca, como la de todas las casas, estaba hecha de ramas de mezquite trenzadas en troncos firmemente clavados sobre la tierra.

-¿Qué se te ofrece, Juana?, dijo doña Feliza, la mujer de don Gualo, asomándose a la puerta del cuarto viejo que le servía como cocina.

-Buenos Días Feliza, vengo a ver a don Guadalupe, a ver si me compra unas gallinas.

-¡Ay Juana!, este hombre todavía ni se levanta, pero yo creo que sí, porque hace unos días me dijo: Me están dando ganas de ir a ver a “Juanilla” a ver si tiene una media docena de gallinas que quiera vender; la fondera del mercado a la que le vendí la otra vez, me dijo que le había salido muy gordo el caldo y muy buena la carne y que me encargaba otras, pero que fueran del mismo corral.

Don Gualo era ya un hombre mayor, había conocido a doña Juana desde niña y le guardaba un gran cariño, por eso la llamaba: ”Juanilla”.

– Pues dile que se dé una vuelta por la casa, necesito un dinero para comprarles zapatos a mis muchachos, a ver si me puede comprar mis gallinas.

– Yo le digo, Juana, ahorita nomás que se levante.

Llegó doña Juana del molino toda sudorosa, con su pesada cubeta de masa al hombro, en su rebozo haciendo un quimil llevaba unos jitomates y unos chiles para hacer el almuerzo, y lo más importante, un alcatraz de papel periódico con galletas de animalitos que eran la delicia de sus hijos.

– Hijos, ora que acaben de almorzar, se fijan bien en el camino, va a venir don Gualo, ya lo conocen, le voy a vender unas gallinas para comprarles zapatos, cuídelo cuando llegue para que no lo vayan a morder los perros-. Dijo doña Juana a sus hijos.

Atentos, muy atentos, estaban los chiquillos a la llegada de don Gualo, corrían una y otra vez, desde la casa hasta el puente, para ver el camino. Por fin, a lo lejos, distinguieron a don Guadalupe Aguilar, a quien todos conocían como Gualupano. Dicen que porque nació muy enfermo y doña Lencha la partera viéndolo tan malito se lo encomendó a la Virgen diciendo:

“Virgen de Guadalupe
te encomiendo mi criatura,
no dejes que se muera,
es tuyo.
Si lo dejas vivir, siempre será guadalupano”.

Dicen que por eso su madre, en muestra de agradecimiento a Dios y a la Virgen, siempre y para todo lo llamó así: “Guadalupano haz esto, Guadalupano haz lo otro”. Por eso la gente lo conoció como Guadalupano, luego Gualupano, y de allí después con el tiempo, fue simplemente don Gualo.

Era inconfundible aun a la distancia: su sombrero ancho, su pantalón de pechera y siempre cargaba un palo con un gancho en la punta para atrapar las gallinas.

– Buenos días Juanilla.
– Buenos días don Gualo.
– Aquí estoy Juanilla, a ver dime ¿cuáles gallinas me vas a vender?

Doña Juana se dirigió al desvencijado corral y señalando con el dedo dijo:
– Esa pinta, esas dos coloradas, aquella pelona que anda allá y la negra que está pisando el gallo.
– Juanilla ¡véndeme también el gallo!
– No don Gualo, el gallo no lo vendo, es el que pisa las gallinas.
– Ándale, véndemelo, te lo pago bien, es que una clienta me dijo que cuando viera un gallo bueno se lo llevara, y tu gallo está muy bonito.

Como si el gallo entendiera lo que decían de él, se paseaba muy orondo haciendo ronda ante las gallinas.

– No don Gualo, ya le dije, es el de las gallinas, mire ese pollo que anda allá es el que pienso dejar para gallo, pero todavía está muy chico, todavía ni siquiera sigue las gallinas.
– Ándale Juanilla ¡te lo pago bien!

Después de mucho regatear llegaron a un acuerdo y el gallo también entró en la venta. Entonces dijo doña Juana a sus chiquillos.
– Ándenle muchachos ayúdenle a don Gualo a agarrar las gallinas.

¡Eso era lo que los niños esperaban! Descalzos como andaban, se pusieron a corretear las gallinas que, espantadas se escondían entre las crecidas hierbas del corral, pues era tiempo de aguas, ellos las sacaban del hierbal y don Gualo hábilmente las atrapaba con su gancho. Después de un buen rato de carreras, caídas y risas de los niños, estaba lista casi media docena de gallinas y otros tantos pollos amarrados de las patas con un mecate.

Sólo faltaba el gallo, los chiquillos lo buscaban, pero no lograban encontrarlo, después de un buen rato salió corriendo buscando un mejor escondite, pero no pudo burlar el hábil gancho de don Gualo, que inmediatamente lo atrapó y lo amarró junto con los otros animales.

– Bueno, don Gualo, ya nomás esos, dígame ¿cuánto me va a dar por mis gallinas, mis pollos y el gallo? preguntó doña Juana.

Después de fijar el precio total y quedar ambos de acuerdo, doña Juana sacó un bote de maíz viejo que ya hasta tenía gorgojos, llamó a las gallinas restantes y comenzó a darles de comer para bajarles el susto.

Don Gualo mientras tanto miraba atentamente el gallo que había comprado y le decía a doña Juana.
– Oye Juanilla, yo había visto al gallo más grande, pero ya viéndolo bien, está muy chiquillo.

Doña Juana ocupada con sus gallinas a la distancia le respondió
– No don Gualo, cómo va a estar chiquillo, si le digo que es el de las gallinas, por eso no se lo quería vender.
– Pues yo lo veo chiquillo.
– Pues si no se lo quiere llevar, déjemelo, a mí me sirve para las gallinas.
– No Juanilla, me lo llevo, ya hicimos trato, pero yo lo sigo viendo chiquillo.

Muy respetuoso del trato hecho, don Gualo se cargó la ensarta de pollos y gallinas en los hombros y custodiado por los niños que lo cuidaban de los perros, tomó el camino a su casa, pero por el camino iba pensando: ¡hubiera jurado que el gallo era más grande!…

Poco a poco el resto de las gallinas fueron saliendo de sus escondites a comer el maíz que doña Juana les daba, y sólo un buen rato después salió un gallo. Doña Juana muy sorprendida les preguntó a sus hijos.

-¿Qué no es ese el gallo que le vendimos a don Gualo?

Licha, una de sus hijas le contestó:
-¡Ay mamá! A poco no se fijó que don Gualo se llevó el gallito chiquito.
-¡Ay hijos! ¿Por qué no me dijeron?… Con razón me decía que lo miraba muy chiquillo… Bueno pues ya ni modo, hay en otra ocasión nos emparejamos.

Otro día por la mañana, don Jesús llamó a los niños y con una hebra de hilaza les fue midiendo los pies descalzos haciendo un nudo para marcar en la cuerda la medida de cada uno, una vez hecho esto, se guardó la hebra en la bolsa de su chamarra.

Después de almorzar, le dijo a su mujer:
– Ahorita vengo Vale, voy al pueblo, voy al Mercado a comprar los zapatos de los muchachos.

Arregló su bicicleta, le puso la parrilla, la montó y se fue al pueblo que distaba unos nueve o diez kilómetros de camino de terracería junto al bordo del río.

Mientras pedaleaba agradecía a Dios por haberle dado una mujer tan bella y trabajadora; doña Juana por su parte también agradecía a Dios por el marido que le había dado. Ese sí que era su mero mero Gallo.

Fray Jorge Frausto Rodríguez, OFM.

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