Hacia Belén Parte I

De Sangre Real

Hacia Belén se encamina,
María con su amado esposo,
llevando en su compañía
a todo un Dios poderoso.

Apenas unos días después de vivir juntos, José el carpintero dijo a María su esposa: María, tengo algo que decirte: Tú sabes que mi oficio es la carpintería, pero en este pequeño pueblo de Nazaret, no hay mucho trabajo para mí. Pero tengo algunos amigos en Jerusalén y me han ofrecido que me una con ellos para trabajar en algunas mejoras que se están haciendo en el Templo. He aceptado el trabajo, creo que así podré ganar un poco más para ti y para el niño que pronto nacerá, pero tendremos que mudarnos a Jerusalén.

María había escuchado atentamente lo que José había dicho y solamente respondió: José, yo soy tu esposa y a donde tú vayas yo iré.

Así fue como José, en busca de trabajo, se mudó a Jerusalén con su joven esposa y se estableció en un populoso barrio de la ciudad.

En el tronco de una vieja y torcida palmera que generosamente aún daba su sombra y sus frutos a los fieles peregrinos que piadosos se acercaba al magnífico templo de Jerusalén, un soldado romano había clavado justo a la altura de los ojos de cualquier persona de mediana estatura, el edicto de César Augusto que ordenaba el empadronamiento de todos los habitantes del imperio y que a la letra decía:

Yo, César Augusto, emperador de Roma, ordeno y mando con la autoridad que los dioses me han concedido y con propia autoridad, que hombres y mujeres, ancianos y niños sean empadronados.

Para cumplir con esta orden, cada jefe de familia deberá acudir cuanto antes a su propio lugar de origen junto con su familia para registrarse y dar cuenta de todos sus bienes y propiedades. Aquellos que no acaten la orden contenida en el presente decreto se harán acreedores a las penas correspondientes, sin excepción alguna.

En Jerusalén la vida de aquellos jóvenes esposos parecía transcurrir sin sobresaltos hasta que un buen día muy de mañana, cuando apenas clareaba el alba, José el carpintero se dirigía al Templo; no iba precisamente a cumplir algún deber religioso, iba porque desde hacía ya algunos meses, trabajaba ejerciendo su oficio en el embellecimiento de aquel magnífico edificio enclavado en lo más alto de la Colina de Sión. El Templo era el orgullo de todo fiel israelita, porque allí el Señor mandaba la bendición y el auxilio sobre su pueblo.

Al pasar frente a la vieja palmera, José miró que un grupo de hombres, estaban leyendo aquel edicto y curioso se acercó, pensando que seguramente se trataría del anuncio de un nuevo impuesto, o del aumento de los ya existentes, para empobrecer aún más a los pobres. Al leer aquella orden, José quedó profundamente preocupado, pues aunque nunca se había resignado a pagar los injustos impuestos que Roma cobraba, sí los pagaba puntualmente, pero esta vez le sería muy difícil cumplir aquel edicto de César Augusto que ordenaba el censo en todo el imperio.

Pensando en esto, llegó al Templo y comenzó a realizar su trabajo, su preocupación era tan evidente que sería ya medio día cuando el jefe de la cuadrilla de carpinteros que lo había contratado, le preguntó:

 -¿Qué pasa José, desde la mañana te he visto como distraído y preocupado, puedo ayudarte en algo?

 -Te agradezco tu buena intención, pero no creo que puedas ayudarme, dijo José, y continuó hablando como para desahogar su pena y preocupación.
-Se trata del edicto de César Augusto, en el que ordena el censo en todo el imperio.

Santiago, que así se llamaba el jefe de cuadrilla, le dijo:
¡Vamos José! No hay razón para preocuparse demasiado, será cuestión de perder uno o dos días de trabajo para acudir con los funcionarios y registrarse.

-Pues tal vez para ti sea fácil porque tú eres oriundo de esta ciudad, pero para los que no somos de aquí, el ir a empadronarse será todo un problema.

 -Pues ¿De dónde eres tú?
-Soy de Belén.
-¿De Belén de Judá?
-Sí.

 -¡No me digas que eres descendiente del rey David!
-¡Así es, lo soy! Dijo José con un cierto tono de orgullo en sus palabras.

 -Usted perdone señor, pero nunca pensé que algún día tendría el privilegio de tener como amigo y también bajo mis órdenes a alguien por cuyas venas corre sangre real. Y sin decir más aquel hombre se alejó a supervisar los trabajos de los demás carpinteros que trabajan en las mejoras del Templo.

José no supo realmente si aquellas palabras fueron sinceras o llenas de un fino sarcasmo, pero no le importó mucho y continuó su trabajo.

Por la tarde, a la hora de siempre, llegó el carpintero a su casa, María su esposa, impaciente le esperaba con la pobre mesa bien dispuesta. A diferencia de otros días, esta vez José no dijo una sola palabra mientras comía, por lo que María amorosamente le preguntó:

 -¿Qué pasa José? Qué cosa te preocupa?

Lentamente José se levantó de la mesa, miró fijamente a su mujer, cariñosamente la tomó por los hombros y sin dejar de mirarse en aquellos ojos llenos de ternura, le dijo:

 -María, escúchame con atención: César Augusto ha ordenado un censo en todo el imperio, cada jefe de familia tendrá que empadronarse en su lugar de origen; deberá ir con su esposa e hijos, deberá declarar todos sus bienes y propiedades. Aquél que no cumpla esta orden será castigado… y tú bien sabes lo crueles que son los romanos en sus castigos…

María no supo qué decir, aquel censo llegaba en el momento menos oportuno, ella tenía ya más de siete meses de embarazo y un viaje hasta Belén, la tierra de José, era algo poco menos que imposible.

La joven esposa bajó la mirada para que José no viera en sus ojos la preocupación y la angustia por lo que acababa de escuchar, lentamente se separó de su esposo, dio media vuelta, caminó unos pasos, llegó hasta la ventana desde donde se podía ver un apacible vallecillo en el que serpenteaba un camino; por un momento miró cómo las aves del cielo picoteaban entre las hierbas buscando su comida, otras parecían llevar en sus picos algunas briznas de paja para hacer sus nidos en los frondosos árboles que como bondadosos y mudos gigantes resguardaban el sinuoso camino, a lo lejos escuchó el ladrido de unos perros y el rebuznar de un burro, luego en silencio juntó sus manos y levantó sus ojos al cielo.

José por su parte, estaba desconcertado, por un momento lamentó su imprudencia de haber comunicado así aquella noticia a su esposa, se sentó en un taburete a medio terminar, bajó la cabeza, se cubrió con las manos el rostro y creyó entonces escuchar el murmullo de una voz extraña y algunas palabras de los labios de María, como si ésta hablara con aquel extraño. En verdad José hubiera podido jurar esto, aunque en ese preciso instante, levantando la vista vio frente a él solamente a María, su joven mujer, que tenía los ojos húmedos de lágrimas, pero había una profunda luz de esperanza en su mirada, en su bello rostro se reflejaban la confianza y la serenidad; entonces, con una hermosa sonrisa y mirándolo fijamente a los ojos, como acariciándolo con la mirada, ella le dijo:

 -¡José, José! ¡Iremos a Belén! Dios ha de mandar su ángel para que nos acompañe en tan difícil camino ¡El Todopoderoso nos llevará con bien! ¡Él protegerá la vida de su Hijo! Y al decir esto, amorosamente se tocó el vientre con sus bellas y ásperas manos curtidas por el trabajo, como queriendo abrazar al Hijo que llevaba en sus entrañas.

El joven y diligente José supo entonces que debía preparar lo necesario para el viaje, así que, algunos días después, fue a buscar a su amigo Jonás para pedirle un favor. No me va a negar este favor, ahora que lo necesito, pensaba José. Y efectivamente, así fue, porque José apenas llegando a casa de su amigo le dijo: Jonás necesito que me prestes tu burra, te la devolveré dentro de algunas semanas… o tal vez meses, tengo que ir a Belén por lo del censo, debo llevar a María, y tú sabes, así como está ahora, no puede caminar mucho y tu burra nos sería de gran utilidad.

Jonás solamente dijo: Llévatela y regrésamela cuando ya no la ocupes. En seguida desató la burra del pesebre y acercándose a la oreja del animal, le dijo, como si la burra pudiera entender: ¡Te portas bien, José es mi amigo y te necesita!

Luego extendiendo la mano y entregando a José el lazo al que estaba atada la burra, agregó: Aquí tienes a la Colorina, es muy mansita y sin duda en sus lomos las jornadas serán menos difíciles para María.

¡Gracias Jonás! Dijo José, Dios te ha de pagar el favor que me haces; y entre curioso y divertido agregó: ¿Cómo dijiste que se llama la burra?
-La Colorina, y no me preguntes el por qué del nombre, si lo quieres saber pregúntaselo a Dimas mi hijo más pequeño, él fue quien le puso ese nombre, ya ves cómo son los niños. Y parece que a la Colorina le gusta que la llamen así, porque si no le hablan por su nombre, se encapricha y no da un solo paso.

María, por su parte también se preparaba para el viaje, fue a visitar a una parienta de nombre Judit, con el fin de encargarle el cuidado de su casa mientras ella hacía su peregrinación a Belén de Judá. Aquella buena mujer le dijo:

– Pero María ¿Cómo te vas a atrever a hacer tan largo viaje en el estado en que estás?
– Judit, tengo que hacerlo, es una orden de César Augusto y más vale cumplirla para no enfrentar el castigo de los romanos.
-Tienes razón María, los romanos no tienen compasión ni piedad para nadie, su hambre de poder no tiene límite, repuso Judit y agregó… pero el viaje no será nada fácil.

-Eso lo sé muy bien, pero el Señor nos asistirá con su Providencia y cuidará de mí para que el Hijo que espero nazca sano y pueda así servirle fielmente toda la vida. Guardó un momento de silencio y luego agregó: Ana, mi madre me contó muchas veces una parábola, me la contó tantas veces que la recuerdo perfectamente:

Hubo una vez un rey muy poderoso que tenía un corazón lleno de bondad. Todos sus súbditos eran felices bajo su gobierno, pero un día uno de sus enemigos, valiéndose de engaños y traiciones, traspasó las fronteras invadiendo aquel reino de paz y de justicia, esclavizó a muchos de los antes felices súbditos de aquel rey justo y pacífico.

Ante tal situación, el poderoso rey llamó a sus generales y mandó que retomaran el dominio de los territorios de su reino, los generales eran esforzados guerreros, pero no pudieron vencer aquel formidable enemigo. Uno a uno todos los generales fueron cayendo en las batallas. Al final solamente quedaba el hijo del rey, el príncipe heredero, que al igual que su padre, tenía un corazón lleno de bondad, éste dijo a su padre: Padre, envíame a mí para salvar a nuestra nación de la esclavitud. Aunque éste era el hijo único, el rey por amor a su pueblo lo envió. El hijo era el mejor de los guerreros, inteligente y esforzado, pero en la batalla decisiva, aquel príncipe murió; bien hubiera podido salvar su propia vida, pero prefirió la muerte para salvar a su pueblo de la esclavitud de aquel tirano.

Después de esto María guardó silencio. Y fue entonces cuando Judit extrañada por la historia que había escuchado le dijo:

 -Perdóname María, pero no veo a qué viene esa historia, en algún momento hasta me dio miedo escucharte porque no te entiendo. Convéncete, tu hijo aunque sea tu primogénito, será un judío más en esta nuestra tierra dominada por los romanos. Te aconsejo que no tomes tan en serio que tu esposo sea descendiente del rey David; acepta tu realidad, el niño que esperas es solamente el hijo de una pobre aldeana y un humilde carpintero… ¿O no?

-Con una inocente y enigmática sonrisa María dijo:
-Olvídalo Judit, solamente me acordé de esta historia que me contaba Ana mi madre.

María abrazó a Judit y agregó: No te preocupes por mí, un ángel me acompañará en mi viaje… y con un profundo suspiro dijo: Ese ángel se llama José. Las dos mujeres se echaron a reír y Judit repuso:

 -En verdad tu marido es un hombre de Dios, y con él a tu lado nada debes temer.

Una fría mañana, a mediados del último mes del año, el joven José aparejó a la Colorina, le puso el suadero y una silla de cruces, la cinchó muy bien, le puso la tarria y una gamarra y luego cargó en ella lo más indispensable para el viaje a Belén, enseguida con sumo cuidado ayudó a su esposa a montar sobre los lomos de aquel manso animal, luego se echó su alforja al hombro, tomó una cantimplora con agua en una mano y con la mano que le quedaba libre jaló la burra para emprender el camino; pero aquel animal no dio ni un paso, y por más que la jalaba, aquel animal parecía tener las patas clavadas en el suelo. Fue entonces cuando María, acariciando el cuello de aquel noble animal y dándole luego unas palmadas en el anca dijo con su dulce voz:

-¡Vamos Colorina! ¡Llévanos a Belén! Inmediatamente la Colorina como si supiera en que dirección quedaba Belén, comenzó a andar con paso firme y seguro. Al ver esto María y José rieron alegremente, y así, felices y llenos de confianza en Dios, emprendieron el camino a Belén de Judá.

P. Fray Jorge Frausto Rodríguez, OFM
El Paso, adviento del 2011

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