Hacia Belén Parte II

La Noche en que el Tiempo se Detuvo

He aquí que la Virgen concebirá
y dará a luz un Hijo…

José y María sabían muy bien que no sería fácil encontrar alojamiento en Belén, pero nunca pensaron que sería tan difícil, dado que todos, incluidos ellos, habían dejado para lo último aquello del empadronamiento que había ordenado César Augusto. Ahora sólo quedaban tres días para cumplir aquella orden.

Era ya el quinto mesón en que pedían alojamiento sin conseguirlo. Esta vez el dueño del mismo, un anciano flaco, calvo, de larga y descuidada barba y con la avaricia reflejada en sus ojos, sólo entreabrió la puerta, los miró de arriba abajo y al verlos tan pobres les dijo:

-No hay lugar para ustedes, y aunque hubiera no creo que pudieran pagar por alojarse ni siquiera en el más mísero rincón de mi casa.

Ya se disponía aquel hombre a cerrar la puerta cuando José logro meter el pie entre las dos hojas de la misma para evitarlo y suplicante le dijo:

-¡No, espera por favor! Te daré todo lo que me queda, no es mucho, pero es todo lo que tengo; y extendió su mano izquierda con unas cuantas monedas, ya que la derecha la ocupaba sosteniendo el lazo de la Colorina, al tiempo que decía:
-Necesito un lugar para pasar la noche, mi esposa está a punto de dar a luz…

Al oír esto aquel hombre sin corazón sólo agregó:
-Razón de más para que no entren en mi casa. Iba ya nuevamente a cerrar la puerta cuando Claudia su anciana esposa, se acercó al oír que aquel joven matrimonio necesitaba urgentemente un lugar porque estaba por nacerles un hijo, trató de convencer a su esposo de que los recibiera, pero todo fue en vano.

Sin embargo, en cuanto éste se alejó, ella se dirigió a los pobres peregrinos que desconsolados ya se marchaban y les dijo:
-No se preocupen, sigan por esta calle y al final de la misma, junto a la colina, encontrarán un establo, al fondo del mismo hay una cueva, pueden quedarse allí esta noche. No es gran cosa, pero sin duda que es mejor que dormir a campo raso.

Fue entonces cuando mirando a María, notó los ojos suplicantes de ésta y le dijo:
-¡Pero por Dios mujer! Si estás por dar a luz de un momento a otro. ¡Apresúrense a llegar a la cueva! En un momento iré para ayudarte en el parto. ¡Pero por Dios santo, no pierdan más tiempo!

María ya no pudo montar sobre la Colorina, apenas si podía caminar apoyada sobre José. Aquella buena mujer todavía alcanzó a decir:
-En el establo encontrarán al Lanas, no le tengan miedo, es muy mansito y juguetón. Lanas era el perro que cuidaba el establo, lo llamaban así porque tenía el pelo muy semejante al de las ovejas.

José y María que ya se alejaban, no pudieron oír claramente ni entender lo que aquella buena mujer les dijo.

Con gran dificultad, José y María lograron llegar al establo y encontraron la cueva al fondo del mismo. Efectivamente allí estaba Lanas que los recibió amablemente moviendo la cola y acercándose olió a José con la esperanza de recibir de éste algo de comer. José metió la mano en la alforja que llevaba al hombro y le dio el último pedazo de pan que le quedaba, el hambriento animal lo devoró al instante.

Sin decir palabra y tratando de disimular los dolores previos al parto que eran cada vez más intensos y frecuentes, María se recostó pesadamente sobre la paja que a modo de cama José pudo improvisar junto al pesebre de las ovejas.

 Con voz cansada, María finalmente dijo:
-¡José creo que ha llegado el momento!

El joven esposo tratando de mostrar una tranquilidad que estaba lejos de sentir, le dijo:
-¡Aguántate un poco! Voy a buscar alguna mujer que te ayude ¡Aguántate un poco más! No me tardo.

Salió José a toda prisa, sentía como si el corazón se le quisiera salir por la boca, no había tiempo que perder, tenía que encontrar pronto una comadrona que ayudara a María en el alumbramiento. Salió pues corriendo, aventó la puerta que cerraba el establo donde se encontraba aquella cueva excavada en la roca viva, tropezó con una piedra que seguramente servía para mantener la puerta abierta cuando el pastor sacaba a cuidar su rebaño. Aunque al tropezar casi cayó al suelo, no se detuvo. No quiso seguir el camino sino que atravesó un terreno sembrado de trigo, brincó un arroyo; en su carrera podía oír el sonido de la suela de sus gastadas sandalias golpeando contra sus talones… Y de pronto algo inesperado sucedió:

El frío viento que le azotaba la cara dejó de soplar, asombrado vio cómo la oscura noche se había vuelto repentinamente luminosa y las hojas de los árboles arrancadas por el viento no terminaban de caer al suelo, habían quedado como suspendidas en el aire; incrédulo volteo a ver al perro que lo seguía y vio que éste había quedado de pronto a medio paso de su alocada carrera, con la lengua de fuera y sus vivos ojos fijos en él para acompañarlo a donde fuera, sin poder creerlo miró cómo un par de aves nocturnas que pasaban encima de su cabeza no batían las alas pero se mantenían en vuelo, aunque no avanzaban, sus picos bien abiertos parecían lanzar su lastimoso graznido nocturno, pero nada podía escucharse.

Aterrorizado, José exclamó: ¡Santo Dios! ¿Qué está pasando? Pero ni siquiera pudo oír su propia voz. Miró venir por el camino a tres mujeres que traían sus lámparas encendidas, reconoció a una de ellas como la generosa anciana esposa del hombre ingrato y avaro que le había negado alojamiento en la posada. Era la mujer que había prometido ayudar a María en el parto. Quiso gritar para señalarles el atajo a la cueva donde estaba María, pero aunque pensaba las palabras y podía mover la lengua y los labios, de su boca no salía voz alguna.

En su desconcierto pudo ver que también aquellas mujeres habían quedado paralizadas en su presuroso caminar. Se miró a si mismo y se dio cuenta que el viento le había arrancado el manto que le cubría la cabeza, pero éste no terminaba de caer al suelo. Entonces, aún más aterrorizado grito, intentando así poder oír su propia voz: ¡Dios mío! ¡El tiempo se ha detenido!

Pero de pronto, volvió a sentir el viento azotándole el rostro, vio a Lanas corriendo detrás de él, escuchó el graznido de las aves nocturnas sobre su cabeza y las vio alejarse perdiéndose en la distancia, recogió su manto del suelo y miró que las mujeres se acercaban y con fuerte voz les gritó: ¡Por aquí! ¡Por favor, dense prisa!

El joven José corrió de regreso a la cueva, cruzó nuevamente sobre el trigo recién sembrado y volvió a saltar el arroyo. Las mujeres trataron de seguirlo, pero él rápidamente se les adelantó; entró al establo, esta vez no se preocupó de cerrar la puerta, pues detrás de él venían las mujeres, llegó al interior de la cueva y entonces miró lo que muchos quisieron ver y no lo vieron y escuchó lo que muchos quisieron oír y no lo oyeron: Recostada en aquella improvisada cama junto al pesebre de las ovejas, estaba María su esposa, tenía al Niño en sus brazos y amorosamente lo amamantaba.

José quedó perplejo ante aquello que miraba y solamente pudo decir: ¡María… María!
Su joven esposa, sin apartar la vista del Niño, dijo con su dulce voz: ¡José acércate! ¡Ven a adorar al Hijo de Dios! José sin comprender del todo lo que estaba pasando dio unos pasos, parecía no querer hacer el menor ruido para no molestar al Niño que María amorosamente abrazaba, se acercó cuanto pudo y luego se arrodilló para besar al bendito Niño.

Un momento después llegaron las mujeres, entraron a la cueva y vieron a María con el Niño en sus brazos y a José arrodillado frente a él, ambos con sus ojos fijos en la bendita criatura recién nacida.

Las mujeres se quedaron extrañadas, de nada había servido su apresurada carrera para asistir a la desconocida parturienta. Estaban allí sin aliento y ante ellas estaba aquella mujer fuerte, segura, serena, con el Hijo entre sus brazos y disponiéndose a colocarlo en el tosco pesebre que José había improvisado como cuna y cuya dureza era suavizada con un poco de paja.

Una de aquellas mujeres, la más joven de las tres, de nombre Raquel, en tono de reproche y viendo a todos lados, como buscando a alguien, le preguntó a José.

-¿Dónde está la mujer que se nos adelantó para ayudar a tu esposa en el alumbramiento?
José se quedó sin saber qué decir y fue María la que contestó.
-No hubo ninguna mujer, nadie me ayudó, sólo Dios estuvo conmigo en ese bendito momento.

Entonces Lía, una mujer de mediana edad, alta, de negros ojos y piel morena quemada por el sol, también examinando el entorno preguntó:
-Pero ¿Cómo es que no se ven por ningún lado las señales de sangre propias de todo parto?

Claudia, la mayor del grupo, una anciana mujer llena de bondad, experiencia y sabiduría, dirigiéndose a María, con un brillo de luz en la mirada y voz temblorosa por la emoción solamente preguntó:
-Si nadie te ayudó y no hay señales de sangre ¿Acaso eres tú aquella mujer de la que los profetas anunciaron que concebiría y daría a luz virginalmente?

María no contestó y fue ahora José quien sin dejar de mirar a aquel precioso Niño, como arrobado en éxtasis dijo:
-He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que quiere decir: Dios-con-nosotros.

Al oír esto, las tres mujeres cayeron de rodillas y sin decir más, piadosas se acercaron y adoraron al Hijo de Dios.
Después de un momento llenas de alegría y gozo regresaron a sus casas alabando y bendiciendo a Dios, diciendo: Hoy hemos visto maravillas. Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo…

Años después, en una luminosa tarde de otoño, mientras José su esposo, aquel hombre justo y piadoso, en su rústico lecho serenamente esperaba pasar de este mundo a reunirse con el Dios de sus padres; María con lágrimas en los ojos y voz entrecortada, le contaría a Jesús su Hijo todo lo que pasó aquella noche santa cuando el tiempo se detuvo.

P. Fray Jorge Frausto Rodríguez, OFM
El Paso, navidad del 2011

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