Novena a San Francisco-Día octavo

Día Octavo
EL FINAL DE SU VIDA

Estando Jesús ya en este momento, en la Cruz, agonizando, entregando su vida por nosotros… dejaba detrás toda una vida terrena de enseñanzas, una herencia que sabía que nos iba a ayudar a llegar a la Casa de nuestro Padre Celestial.

La muerte de Cristo significa el poder de Dios para dar una nueva vida victoriosa a su pueblo, a nosotros, a la humanidad entera.

El pecado de todo el mundo fue colocado sobre Jesús y la divinidad prodigó en Jesús su más alto valor a la humanidad doliente, para que todos fuéramos perdonados por su sacrificio, por su entrega.

Jesús vivió una vida constante de servicio, de entrega y amor al prójimo, mirando siempre en la necesidad de quienes se le acercaban, de quienes le pedían, de quienes confiaban, de quienes sufrían.

Si con una sola frase quisiéramos resumir la misión de Cristo Jesús, sería: “ser Jesús”. Siendo Él fue que procuró la salvación para cada hombre en la tierra, para llevarnos a la felicidad plena… En Jesús y a través suyo hace posible la salvación de todo el hombre y todos los hombres, de cualquier tiempo y lugar.

Jesús cumplió su misión, nos ha salvado… y en la Eucaristía celebramos el memorial de su muerte, pero también de su Resurrección.

Cada corazón que es iluminado por la gracia de Dios, comprende el sentido de inclinarse con especial gratitud y adoración delante de nuestro Redentor por su sacrificio.

“Todo está consumado”. Fueron de sus últimas palabras antes de morir.

La misión de Jesús ha sido la inspiración de muchos hombres y mujeres que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo.

El Concilio Vaticano II subraya con fuerza, en su Constitución dogmática Lumen gentium, el sentido de los santos en la Iglesia: «En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo, Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos Él mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino…» (LG 50b).

Uno de estos Santos es Francisco de Asís, un hombre de quien hemos escuchado a lo largo de estos días algunas de sus experiencias de vida, las cuales nos enriquecen y motivan para seguir caminando rumbo al Reino de los Cielos.

Así como Jesús, Francisco de Asís cumplió su misión… comprendió el llamado y la forma de vida a la que Dios le invitó a vivir… la aceptó y la vivió con una entrega por demás generosa… Lo podemos ver en sus experiencias de vida, en el amor con el que dirigía sus pasos, sus acciones, lo podemos ver en el trato con el otro, con los otros, con sus hermanos espirituales, con las necesidades de su entorno, a ejemplo de Cristo Jesús.

Un hombre de oración profunda, de contemplación especial de la vida y obras de nuestro Señor Jesucristo… un hombre entregado a Dios, abandonado en Dios… un hombre que quiso decidir por vivir el Evangelio y llevar a Cristo a muchos corazones sedientos de una vida nueva, una vida en Cristo.

El Poverello de Asís, ya en sus últimos momentos, no dejaba de pensar en nuestro buen Padre Dios. Le daba las gracias por todas las bendiciones que le procuró en su vida, no cesaba de alabarle, de bendecirle; a su vez alentaba a sus hermanos, a sus hijos espirituales, a seguir caminando con una entrega total a vivir el Evangelio.

Hizo luego llamar al hermano Ángel y al hermano León, para que le cantaran las Alabanzas de las criaturas. Fue precisamente en esa ocasión cuando añadió las líneas en referencia a la «hermana muerte»:

«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal» (LP 7).

Termino con las siguientes palabras de sus escritos:
“Cumplidos, por fin, en Francisco todos los misterios, liberada su alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en el abismo de la divina caridad, se durmió en el Señor este varón bienaventurado”.

Fr. Félix Maldonado Reséndiz, OFM.

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