Solemnidad del Hermano Francisco

SOLEMNIDAD DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
04 de octubre

Conocer la voluntad de Dios no es algo tan sencillo en la vida de cada ser humano. Incluso los santos, ni siquiera para ellos ha sido fácil saber cuál es la voluntad de Dios, cuál es su vocación en el mundo, para qué los ha llamado Dios.

La vida de nuestro querido Padre y Hermano Francisco de Asís, nos dice que un día se encontró con nuestro Señor Jesucristo; una imagen de Jesucristo crucificado fue la que le habló, lo llamó. Lo conocemos como el Cristo de San Damián. Le dijo “Francisco, ve y repara mi Iglesia”.

Parece ser que Francisco lo entendió así, literalmente, y cuentan sus biógrafos que comenzó a reconstruir las capillas cercanas a Asís. Con piedras apuntaló algunos techos que se estaban cayendo, Pero poco a poco se fue dando cuenta que no era eso exactamente lo que Dios le pedía.

Un poco después, buscando la voluntad divina pidió la ayuda de uno de sus frailes, incluso pidió la ayuda de su amiga Clara, Santa Clara de Asís, le pidió que se metieran en lo profundo de la oración y allí buscaran cuál era la voluntad de Dios para él, qué tenía que hacer. Seguramente tenía un legado que era reparar la Iglesia como le había dicho el Cristo de San Damián: “Repara mi Iglesia que amenaza ruinas, se está cayendo”. Pero no sabía exactamente cómo.

Tampoco para él era fácil identificar qué cosa significaban aquellas palabras, qué es lo que tenía que hacer. Así se lo preguntó a Cristo: ¿qué quieres que haga?

Seguramente en esta búsqueda se dio cuenta que él mismo, su misma persona, era esa iglesia que necesitaba reparación; por allí tenía qué comenzar.

Él seguramente, como todos nosotros, hemos salido puros, perfectos, de las manos de Dios. Dios todo lo hace bien. Y Francisco de Asís salió así de las manos de Dios, puro, limpio. Cuando él, ese joven soñador, el joven rebelde, el joven de la vida disipada, ha dañado ya esa imagen, ese ser limpio que salió de Dios.

Vemos así que esa iglesia que era Francisco, pura limpia, se había dañado en el camino. Él mismo la había dañado. Ese era el rostro de la iglesia que necesitaba ser reparada. No otra cosa sino lo que llamamos nosotros “una llamada a la conversión”, una llamada a volver como el hijo de la parábola, a reconocer delante de Dios: “Padre he pecado, ni siquiera merezco llamarme hijo tuyo, pero volveré, volveré a mi Padre”.

Esta iglesia, que era el mismo Francisco, su mismo ser, su misma persona, es lo que él reparó, es lo que él reconstruyó, es lo que él embelleció; esta iglesia que es Francisco es lo que celebramos hoy.

¿Cómo es posible sentir la llamada de Dios? ¿Buscar aquello que Dios quiere y así reconstruir, embellecer, reparar la propia vida?

Francisco de Asís nos da este ejemplo, el Cristo de San Damián se lo pidió: “Ve y repara mi Iglesia”. Finalmente descubrió que esa iglesia que necesita reparación era él mismo.

Después vendrán otros que con ese testimonio seguramente irán reparando la Iglesia universal, las comunidades cristianas, pero él tuvo que reconstruir su propio ser.

El ejemplo, el testimonio, el camino, la enseñanza de este grande en la santidad, grande en la fraternidad, y este grande en la minoridad, que esto nos enseñe que Francisco nos ayude a cómo se ha de entender, y como con la gracia es posible reconstruir la iglesia que es nuestro propio ser, nuestra propia persona.

P. Fr. Jorge Frausto, OFM.

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