Tiempo de Adviento 2° Domingo

09 de diciembre

Hermanas y hermanos en el Señor Jesús.

Con el favor de Dios hoy estamos entrando al segundo domingo del Tiempo Ordinario, tiempo que Dios nos concede para prepararnos para un acontecimiento fortísimo: el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Precisamente este tiempo de Adviento es una preparación para recibir al Mesías, pero no recibirlo simbólicamente cuando, la noche del 24 de diciembre, pongamos la imagen de Jesús niño en los nacimientos que preparamos en nuestras casas, sino que todos nosotros estamos llamados a que Jesús de verdad nazca nuevamente, como hace más de 2000 años, pero no de forma física, en la carne, sino de forma espiritual, en nuestros corazones, lo cual es más difícil aún, pues de nosotros depende si permitimos o no este nacimiento de nuestro Salvador.

Si en verdad nosotros estamos listos para recibir a nuestro mesías, este nacimiento de verdad se va a dar, Cristo, el Hijo de Dios, bajará al mundo para nacer en un pesebre: nuestro corazón. Pero si nosotros no aprovechamos este tiempo, Jesús no podrá nacer, no podrá encarnarse dentro de nosotros, impediremos ese nacimiento.

Pero entonces es necesario hacernos una pregunta ¿cómo puedo estar preparado para convertir mi corazón en un pesebre listo para recibir a ese hermoso Niño que nos nace? Y la respuesta está en aprovechar este santo tiempo de Adviento. Y precisamente, Dios, en su gran misericordia y amor, no nos deja solos en este proceso de prepararnos, al contrario, siempre con su Palabra nos va a orientar para convertir verdaderamente nuestro corazón en un pesebre lleno de amor para nuestro Señor.

Y en este domingo no será la excepción, Dios, en su palabra que hemos escuchado en este día, nos dice cómo prepararnos, nos da pautas o pasos a seguir para que podamos estar verdaderamente listos para acoger a Jesús Niño. El Evangelio de San Lucas nos da una figura de suma importancia, la cual será nuestro guía en este proceso: San Juan Bautista que, apoyado por la profecía de Isaías que de él hablaba, nos irá guiando: claramente Isaías nos dice a qué ha venido Juan: a proclamar una penitencia, pues el día del Señor, día de gloria, está muy cerca.

Esa es la invitación de Dios este domingo: el hacer penitencia para poder recibir a Jesús. Pero no es una penitencia como la hacemos en cuaresma, la cual es llena de dolor y de aflicción por nuestros pecados, sino que ésta es una penitencia festiva, una penitencia llena de alegría pues, en medio de las tinieblas del pecado en donde estábamos, tenemos fe de que estamos a punto de ver la luz que disipará esas tinieblas, ahí radica nuestro júbilo, en que nuestro Salvador ya llega, ya está cerca, las antiguas profecías del Mesías están a punto de tener cumplimiento.

Y esta penitencia festiva ¿Cómo la podemos hacer? El profeta Baruc, en la primera lectura, nos dirá cómo: quitarnos nuestros vestidos de luto y vestirnos de la justicia de Dios. La penitencia de este tiempo será el ser justo con todos los hombres, ser honrado, no robarle a nadie, sino sentirse verdaderamente hermano de todos, tener conciencia de que todos juntos somos herederos de la salvación que Cristo nos trae, por lo cual, todos tenemos una dignidad, y no cualquier dignidad, sino que tenemos la dignidad de ser hijos de Dios, hermanos de Jesucristo.

Y precisamente por esa dignidad es por lo que estamos llenos de gozo, pues el profeta Baruc nos insiste “adorna tu cabeza pues dios mostrará tu grandeza” la grandeza de ser su hijo, ese es el nombre nuevo que Dios nos dará, del cual nos dice la primera lectura, ser plenamente hijo de Dios, esa es la grandeza que nos da Cristo con su nacimiento, pues con su venida al mundo nos hizo partícipes de la naturaleza divina: lo divino lo hizo humano y lo humano lo hizo divino, para exaltar al hombre y hacerlo hijo de Dios.

Por eso Baruc presenta justamente cómo estábamos antes y como estamos después del nacimiento de Jesús. Nos dice “Salieron de pie, llevados por los enemigos”, es decir, por Satanás, que nos esclavizó por mucho tiempo, pero, por la venida de Cristo, Dios nos devuelve llenos de gloria, como príncipes reales, pues ahora somos hijos del gran Rey.

Quiera Dios hermanos, que todos nosotros en este tiempo de adviento nos preparemos debidamente a recibir a nuestro Señor y que nuestro corazón sea un pesebre lleno de amor. Que así sea.

Fr. Jorge Alberto García Camacho, OFM

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