Tiempo de Cuaresma 2° Domingo


04 de marzo de 2012

Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos ya en el segundo domingo del Tiempo Cuaresmal, tiempo litúrgico en el que, el Señor nos permite prepararnos para la magna celebración, la fiesta de las fiestas, iLa Pascua del Señor!

Pero para celebrar esta fiesta, la Iglesia nos invita a seguir un camino de preparación, en el cual, nos va dando luces para ir profundizando en este misterio de amor. Estas luces se nos dan a lo largo de la cuaresma, de manera especial los domingos, en los cuales, la Tradición de la Iglesia toma de la Liturgia de la Palabra aspectos de la vida de Jesús, para confrontarnos con ellos, y así, examinar nuestra fe, renovarla y reafirmarla.

El primer domingo de cuaresma, el evangelista nos habló de la ida de Jesús al desierto donde fue tentado por Satanás. En este marco, la liturgia nos invitó, a ejemplo de Jesús, a vencer las tentaciones que se nos presentan en la vida, pues se pueden vencer, con la gracia de Dios y la voluntad del hombre.

En este segundo domingo de cuaresma, el evangelista narra la transfiguración de Jesús en el monte Tabor, a sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan.  Entendamos la escena que nos narra el Evangelio: Jesús va camino a Jerusalén y, antes del suceso de la transfiguración, Él les da un discurso donde les explica las condiciones para aquellos que deciden seguirlo; el estar dispuestos a dar la vida por Él y por el Evangelio. Este discurso impacta en los discípulos, hay un dilema: el seguir adelante o no; ya que al decidirse seguir a Jesús, no obtendrían lo que esperaban, un mesías según sus conveniencias.

 Jesús les ofrece mucho más de lo que ellos esperan, sólo que en ellos, sigue aún el velo que obstruye reconocer al Hijo de Dios. Pero Jesús que ama a sus discípulos les anticipa un momento de su gloria y majestad, por lo que separa a Pedro, Santiago y a Juan. Los lleva a un lugar solitario donde es transfigurado, se cambia su apariencia de un hombre común a un hombre sobrenatural, divinizado; nos dice el Evangelio: ¨sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas¨. Esto lo hace frente a los discípulos, Jesús muestra su divinidad ante ellos. Aparecen a su lado Elías y Moisés, conversando con él. Estos dos personajes también contemplan a Jesús en su divinidad, contemplan el cumplimiento de sus promesas dadas por Dios, en el Antiguo Testamento, el cumplimiento de la ley y los profetas.

Los discípulos al contemplar esta escena; ven la gloria de Dios manifestada en Jesús, se llenan de temor, y el temor los hace decir: ¨que a gusto estamos aquí, hagamos tres chozas¨. Este temor es causado por la idea que se tenía en ese tiempo: el que contemplaba a Dios moría; y, ellos lo han contemplado, pero no mueren, ya que Jesús es la plena manifestación de Dios, manifestación que el hombre puede contemplar con sus sentidos y, que en vez de morir, sienten la paz de Dios, por lo que los discípulos se sienten a gusto. Sus temores y frustraciones son olvidadas, el velo de las conveniencias meramente humanas ya ha sido quitado, por el resplandor del Hijo de Dios, el Mesías prometido, y con esa fe renovada siguen con firmeza al Maestro por el camino a Jerusalén.

Se confirma esta teofanía con la nube, que es signo de la presencia de Dios, tal como lo narra el Éxodo: cuando Dios se hace presente en la tienda de campaña, una nube la rodeaba. En ese momento Dios se pone de manifiesto en Jesús, la nube los cubre y, de ella, sale la voz del Padre, voz potente, que corona este suceso con la declaración: ¨éste es mi Hijo amado; escúchenlo¨. El Padre declara que Jesús es su Hijo y es Dios. Es la manifestación del Padre, como lo dice él en otro pasaje: quien me ve a mi ve a mi Padre. Quien me escucha a mí, escucha la Padre.

Hermanos, este suceso nos recuerda que el Señor no se manifiesta con fenómenos espectaculares, ni en eventos masivos; el Señor se manifiesta en la tranquilidad, en el silencio, en la soledad, como lo vemos en el Evangelio, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y sube con ellos al monte. Los aparta del ambiente social para mostrarles su identidad; para reconfortarlos y que no decaiga su fe.

Del mismo modo, cuando el hombre es capaz de dejar a un lado las preocupaciones, los problemas, los quehaceres, y se deja tomar por Jesús, él lo conduce al encuentro con Dios, a contemplar la Gloria de Dios. Hasta entonces será capaz de reconocer que Jesús es la manifestación de Dios para los hombres, y por Jesús, el hombre está llamado a participar de Dios mismo, alcanzando una total y verdadera transfiguración, la imagen de Dios en él. Atendiendo a la voluntad del Padre, el escuchar a su Hijo amado, y en el momento en que el hombre abra sus oídos para escuchar a Jesús, logrará su transfiguración.

Así pues, en este segundo domingo de cuaresma el Señor nos invita a guiar nuestras acciones, a transfigurarnos con Cristo: meta que nos hace, paso a paso, ir cincelando a Dios en nuestra vida, con las herramientas de la oración, de la caridad y del ayuno, herramientas que tenemos que utilizar en este camino cuaresmal, y así llegar a la celebración de la Pascua.

Por Cristo todos somos herederos del Reino de Dios, mismo que Cristo nos ganó con su sangre, y nos hizo hijos amados del Padre, vocación que todo bautizado está llamado a realizar en su vida. Y, como nos recalca san Pablo, en la segunda lectura: Él no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

Respondamos con generosidad, a este premio que el Hijo de Dios nos ha ganado y no echarlo en saco roto, sino que lo cultivemos para que de sus frutos con la confianza puesta en el Señor, que nos habla por medio de Jesús.

Fr. Orlando Gómez Ramírez, OFM

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