Tiempo de Cuaresma 5° Domingo

25 de marzo de 2012

Hermanos, nos reunimos en torno a la mesa del Señor, para celebrar nuestra fe, y para recibir al Señor, que se hace alimento para nosotros y que nos comparte su vida.

Hoy iniciamos la quinta semana del tiempo de cuaresma. Desde que iniciamos este tiempo la invitación del Señor Jesús ha sido de volver a Dios, de hacer penitencia, de pedir perdón por nuestros pecados, de saber escucharlo en la Sagrada Escritura, de abrirnos a su gracia y a su amor. Domingo a domingo ha resonado su mensaje de amor, Jesús que comparte nuestra naturaleza humana, que es tentado pero que supera y vence esas tentaciones, hemos conocido también a un Jesús glorioso que se manifiesta y muestra su gloria, nos ha enseñado que el templo es lugar del encuentro con Dios, y que nosotros mismos somos templo de Dios. Nos ha mostrado también el amor que el Padre nos tiene al dárnoslo a ÉL para que creamos y tengamos vida. Y hoy de una manera maravillosa resalta la caridad, la entrega y el servicio al otro, como distintivo del cristiano.

Todo el proceso cuaresmal que hemos hecho desemboca en la caridad. Quienes hemos conocido a Dios sabemos que Dios es caridad, es servicio y donación al otro. Jesús lo recalca muy bien en el Evangelio del día de hoy: el que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El amarse a sí mismo debe darse en la actitud de servicio y caridad con el otro, puesto que el hombre fue creado a imagen de Dios, que es Amor. No debe ser en sentido egoísta, pensando sólo en mi bienestar, en mis gustos, en mi satisfacción, en sentirme bien mientras a mi alrededor las personas sufren y necesitan de mi ayuda. El egoísmo nos pierde, nos aparta de Dios, nos aleja de su amor y nos vuelve inhumanos e insensibles.

Pero también nos dice Jesús: el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna. Y no se refiere en el sentido de odiarnos y despreciarnos a nosotros mismos, sino en el sentido de dejar nuestras comodidades para aprender a servir a los demás y darnos cuenta que la verdadera felicidad está en la vida eterna que Dios nos ofrece. Saber utilizar los bienes materiales para nuestro bien y el de los demás, pero jamás amarrarnos a ellos y depender de ellos. Aprender a renunciar a nuestros gustos por el bien del otro es parte de aborrecernos a nosotros mismos en ese sentido se ha de entender la frase de Jesús. No dejar que las modas, los gustos y los placeres que la sociedad nos ofrece nos arrastren, sino saber renunciar a ellos, y buscar aquello que es grato a Dios y que nos alcanza la vida eterna, y eso es la caridad.

Otra frase muy ilustrativa que pone el Evangelio es la semilla del trigo: si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. La semilla del trigo, tiene que ir a la tierra, ser sepultada, regada y finalmente brotar, crecer y dar la espiga, que hermosamente adorna los campos, dando un fruto abundante.

El cristiano es como la semilla del trigo, tiene que morir a su egoísmo, a su indiferencia, a su comodidad, a su soberbia, vanagloria, a todo aquello que no va con la voluntad de Dios, para que pueda dar fruto, para que sea regado con la gracia de Dios, esto es, dando de su tiempo, de sus cosas y de su corazón a los demás, de manera especial a los más necesitados, de una manera desinteresada, movido solo por el amor.

El amor, cuesta, el darse al otro sin recibir nada a cambio duele, pero la recompensa es la vida eterna, lo que el Señor nos pide al amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos no es fácil, pero Jesús mismo nos da ejemplo y por esto sabemos que es posible, y en nuestro esfuerzo ÉL camina con nosotros, dándonos fuerza y paciencia.

Hermanos uno de los distintivos del cristiano es la caridad, el asemejarse al maestro que dona su vida por el bien de los hombres, si nosotros, movidos por el amor que Dios nos tiene comenzamos a dar frutos, es decir servicio a los demás, entonces seremos como el trigo espigado que hermosea los campos, entonces cumpliremos esa alianza que el profeta Jeremías dice en la primera lectura: yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Comencemos, pues hermanos a formar parte de ese pueblo de Dios que se distingue por el amor y la caridad.

Fr. Alonso Piñón Ruelas, OFM.

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