Tiempo Ordinario 32° Domingo

11 de noviembre de 2012

Cuando Dios interviene en nuestra vida, siempre lo hace de maneras sorprendentes.

En ocasiones, meditando la Palabra de Dios, me he preguntado ¿cuál sería el sentir de los discípulos cuando escuchaban hablar a Jesús, al mirarlo actuar, al realizar todos aquellos milagros? ¿Cómo se encontraría el corazón y la mente de los discípulos al mirar a este Jesús compasivo, perdonando los pecados, amando a su prójimo, brindando esperanza, anunciando la llegada del Reino de Dios? ¿Cuál sería la impresión de sus discípulos al mirar a Jesús enseñando a la gente que le seguía, al ayudar a tantas y tantas personas en sus necesidades?

Tal vez nuestro sentir se parezca un poco a lo que ellos experimentaban cuando escuchamos la Palabra de Dios. ¿Qué pasó por tu interior al escuchar el Evangelio del día de hoy?

La Palabra de Dios que hemos escuchado hace un instante nos narra un acontecimiento de la vida cotidiana de aquél tiempo.

San Mateo, en el Evangelio, nos narra un momento de enseñanza muy especial de Jesús a sus discípulos. Recordemos un poco. Jesús está sentado en el Templo, Jesús mira llegar a una mujer, el Evangelio nos dice que es una mujer de avanzada edad, era viuda, y era pobre. Ella se acercó a una de las alcancías y echó en ella algunas monedas ¿recuerdan cuántas eran?… eran dos… y de muy poco valor. Pero antes de aquella mujer, ya habían pasado otras personas, personas ricas nos dice el Evangelio, que se acercaban a la alcancía del templo y daban en abundancia.

Jesús, al mirar a aquella viejecita con sus dos monedas de poco valor, llama a sus discípulos y les dice un mensaje que sorprende sobre aquella situación. Él les dice: “Yo les aseguro que aquella viejecita ha echado en la alcancía más que todos”… es algo extraño escuchar esto ¿verdad? tomando en cuenta que muchos ricos daban en abundancia.

¿Por qué Jesús decía esto? Porque observando, Jesús se da cuenta del sacrificio de aquella viejecita. Y les dice a sus discípulos, lo que ella dio era todo lo que tenía para vivir.

¿Se imaginan a aquella mujer en esas condiciones de pobreza y aún así teniendo un corazón generoso y desprendido? Dio todo lo que tenía para vivir. El Evangelio nos deja ver una mujer que tenía su esperanza puesta en Dios, nos deja ver una persona que se abandona en Dios, que confía en él.

¿Qué pensamientos habrán pasado por la mente de los discípulos al escuchar estas palabras de Jesús? ¿Qué les habrá querido decir Jesús a ellos? ¿Qué pensamientos y sentimientos brotan en ti al escuchar este pasaje de la Sagrada Escritura? ¿Qué nos querrá decir Jesús a nosotros?

Sin duda Jesús nos invita a reflexionar sobre nuestra vida en este presente. Tal vez nos lleva a reflexionar sobre nuestra Fe en Él.

¿Cómo está tu fe? ¿Esa Fe será tan fuerte que en los momentos de dificultad seguimos confiando en Dios? ¿Será una Fe que nos impulse a ayudar a aquellas personas que padecen fuertes necesidades por vivir en situaciones de pobreza? ¿Esa Fe que tenemos nos llevará a cuidar y querer a nuestra familia, a tratarles con amor, a saber escucharles, a comprenderles cuando se equivocan? ¿Será una Fe que nos lleva poco a poco a ser mejores personas, a mirar dentro de nosotros y a luchar por cambiar aquello que no es bueno para nuestra vida? ¿Será una Fe que nos lleva a amarnos a nosotros mismos, a cuidar de nosotros, a procurar aquello que nos acerca a Dios, a amarle con generosidad, y a tenerlo presente en nuestra vida todos los días?

Sin duda Dios nos habla en su Palabra, y nos enseña como a sus discípulos en aquel tiempo. Jesús nos muestra, en el ejemplo de aquella mujer, a vivir una entrega profunda hacia Dios, una entrega que nos lleve a ser generosos en todo lo que hacemos y a hacerlo con amor. A tener una entrega que se manifieste en nuestras obras, pero también en nuestras palabras; que se manifieste en nuestro trato con los demás, pero también en nuestro trato con Dios, en nuestra relación con Dios.

En la Iglesia Católica nos encontramos en un año especial dedicado a la Fe. En este Año de la Fe tenemos la oportunidad de hacer actos concretos que nos lleven a crecer en nuestra fe hacia Dios. Y que, como los discípulos de Jesús en aquel tiempo, tengamos un corazón y mente abiertos para dejarnos enseñar por Él.

Fr. Félix Maldonado Reséndiz, OFM

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