Tiempo Ordinario 7° Domingo

19 de febrero del 2012

Carísimos Hermanos en Cristo:

Nos hemos congregado en el nombre del Señor en este día, para vivir este misterio amoroso de la Eucaristía, en donde Jesús se nos da en alimento y bebida de
salvación.

En la Liturgia de la Palabra de este Domingo VII del Tiempo Ordinario, hemos escuchado en las lecturas bíblicas que el tema central de este día, es el “perdón de los pecados”, como una manifestación excepcional de la misericordia, de la compasión, del amor, y del poder de Dios expresado en su Hijo Jesucristo que está siempre entre nosotros.

San Marcos, en el relato del Evangelio, nos narra de una manera muy detallada, que Jesús se encuentra de nuevo en casa en Cafarnaúm, donde en medio de un gran número de personas que estaban escuchando su doctrina dentro de la casa, Jesús manifiesta su amor y su poder a través de la curación de un paralítico, que cuatro hombres (quizás amigos o familiares del enfermo) hacen bajar desde el techo de la casa, para ponerlo frente a Él con el deseo de que le devuelva la salud. No hay necesidad de ninguna petición por parte del enfermo, pues, está frente a Aquél que es la Vida. Jesús al contemplar la fe de aquellos hombres y la del paralítico le dice: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”.

Lo primero que resalta ante las palabras compasivas y misericordiosas dichas por Jesús, es el elemento esencial de la fe, que equivale a una plena confianza en
Él; de ahí que los milagros de Jesús son un encuentro entre Dios y el hombre por medio de su Hijo, es decir, Dios manifiesta su amor misericordioso y su poder por medio de Jesús, pero también, se necesita que el hombre se abra a esta acción salvífica de Dios, acogiéndolo de manera personal en su vida a través de la fe, con plena confianza que la salvación viene de Él.

Es por eso, que San Marcos nos manifiesta en primer plano que la fe es lo que importa ante un milagro realizado por Jesús que lleva consigo la purificación del alma. Los amigos o familiares del paralítico iban con mucha fe y confianza en busca de la curación física de este hombre y, sin embargo, recibe no solamente la curación exterior, sino que también se le otorga al paralítico la curación interior por medio del perdón de sus pecados, pues, Jesús sabe que la salud del espíritu ayuda a la salud del cuerpo.

Enseguida algunos escribas que presenciaban el acontecimiento piensan en su interior: “blasfemia”, pues sólo Dios puede perdonar los pecados, pero, Jesús al saber lo que estos hombres pensaban en su interior, no desmiente esta afirmación, sino que demuestra con los hechos tener sobre la tierra el poder mismo de Dios de perdonar los pecados; por eso le dice al paralítico: “Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”. Enseguida el hombre se levantó y salió de ahí, por lo que todos comenzaron a dar gloria a Dios por tan grande milagro.

Lo que ocurrió aquel día en aquella casa, es lo que Jesús sigue haciendo a diario en su Iglesia con nosotros por medio del sacramento de la penitencia, cuando nos presentamos con nuestro pecado como el paralítico para recibir su perdón; pero este reconocimiento y arrepentimiento no lo llevamos a cabo todos, ya que, no en todos existe el deseo de ir en busca de Jesús para experimentar su amor, su misericordia y su compasión, por causa de la parálisis de nuestro corazón endurecido por nuestros pecados, fundamentados en nuestro egoísmo, falta de caridad, y por la resistencia a Dios por medio de nuestra indiferencia y falta de voluntad.

¿Qué hacer entonces ante esta situación? Primeramente hay que ser humildes y aceptar que para quitar la dureza de nuestro corazón, no sólo basta mi deseo y voluntad, sino, que tenemos que sentirnos necesitados de la gracia que nos viene de Dios, es decir, salir de nosotros mismos e ir en busca de Jesús movidos por la caridad y por un profundo deseo de encontrarnos con Él, así como lo hicieron aquellos hombres para obtener de Él, la salud espiritual y corporal, y por tanto, poder decir como el salmista: “Sáname, Señor, porque he pecado contra ti”. Que así sea.

Fr. Julio César Negrete Valle, OFM.

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