Tiempo Pascual 5° Domingo

06 de mayo de 2012

Hermanos míos, seguimos celebrando con la gracia de Dios este hermoso tiempo de la Pascua, el cual Dios nos regala para conmemorar el misterio central de nuestra fe: la Pasión, Muerte y, muy especialmente, la Resurrección del Señor. Como cada domingo nos alimentamos del Pan Eucarístico y de su Palabra con el fin de que nosotros tengamos pautas para seguir respondiendo a Dios en esta vocación a la vida que Él nos dio y seguir meditando el Misterio Pascual en este santo tiempo.

 La Palabra de Dios nos hace en este domingo una invitación muy especial a nosotros en la cual Jesús se dirige directamente a cada uno de nuestros corazones de sus hijos aquí presentes. Esta invitación, sin duda llena de amor de parte de Dios, es que sigamos unidos a Él, que permanezcamos en Él. Y nos lo dice muy claramente en el Evangelio de S. Juan, al menos 4 veces de modo directo entre la relación Dios- hombre. Y nos da claros ejemplos de ese modo de permanecer: nos dice “El que permanece en mí y yo en él ese da fruto abundante” y basta ver esas Palabras de Jesús cumplidas en los Santos: S. Antonio de Padua, Patrono de nuestro Seminario, estuvo muy cerca de Dios de modo que, al estar unido a la vid, comenzó a dar frutos, ya que sirvió a sus hermanos predicando la Palabra de Dios, realizando numerosas conversiones, dejando una gran doctrina a la iglesia y acompañando su predicación con grandes milagros.

Ahora, Jesús nos dice claramente que el camino no es fácil pero que es posible, caminarlo, pues en la vida Dios nos hará muchas purificaciones para poder llegar más limpios a Él. El Evangelio nos dice: “El que da fruto lo poda para que dé más fruto” de modo que nosotros si en la vida sufrimos, tenemos problemas, etc., tengamos por seguros que es Dios mismo el que nos está purificando “Como el oro en el crisol” como nos dice la Escritura, y lo hace por una sencilla razón: porque nos ama y quiere que nos fortalezcamos espiritualmente con las pruebas que tenemos día a día, no porque sea un Dios malo que se complace en el sufrir de sus hijos. Y así, podados, daremos mucho más fruto a los ojos de Dios, pues las tribulaciones nos acercan con un espíritu más fuerte a Dios, incluso con más amor lo miraremos a Él.

Y tal parece que este permanecer en Cristo se le quedó muy grabado a Juan debido a la importancia de este permanecer en Jesús, tanto así que antes del Evangelio, en su primera carta, Juan nos exhorta a permanecer siempre en el Señor, pero en ese permanecer, el Apóstol le agrega signos palpables con los cuales podemos decir que nosotros estamos permaneciendo en Dios y Dios en nosotros, y esos signos son las obras, de modo que no basta de palabra decir que estamos con Dios, sino que Juan nos hace una invitación a demostrarlo. Ya lo dirá también el Apóstol Santiago en su carta “muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe”, de modo que hay que llevar a la vida cotidiana lo que Dios nos invita en su Palabra en cada Eucaristía.

Y S. Juan nos da un consejo muy sencillo para poder realizar esto: el amor, que es el mismo mandato de Jesús. De modo que, ya que nosotros amamos a Dios, a nosotros mismos y al prójimo, automáticamente este amor se transforma en obras concretas hacia los demás. Y si cumplimos este mandamiento de amarnos, con toda confianza podremos decir que estamos en Dios, conforme a las palabras del S. Juan “Quien cumple los mandamientos del Señor, permanece en Dios y Dios en Él”. De modo que si nos amamos y hacemos obras concretas a los demás por amor a Cristo, seremos plenamente templos vivos de Dios.

Y en la primera lectura, tomada de los hechos de los Apóstoles, nos da un claro ejemplo de lo anterior en la persona de uno de los grandes Apóstoles de la Iglesia: S. Pablo. En la lectura se nos narra lo que pasó inmediatamente después de la conversión de S. Pablo, se unió a la comunidad, miembros visibles del cuerpo Místico de Jesucristo, como dirá él más tarde., es decir, regresó a Dios, se unió el sarmiento a la vid, representada en los discípulos de Jesús, para así comenzar a dar abundante fruto.

Y, como nos dice Juan en su carta, S. Pablo inmediatamente pasó a las obras, no se quedó en la conformidad de que Cristo le habló sino que entendió que era para un fin, por lo que puso manos a la obra de modo que, como nos dice la lectura, se puso a predicar inmediatamente a Jesús resucitado: el sarmiento que andaba perdido persiguiendo a los demás sarmientos, se une a la vid y comienza a predicar a esa misma Vid, Jesucristo, que está resucitado y vive entre nosotros. Pasó de las palabras a las obras concretas, y tanto amó al Señor que no le importó que lo anduvieran buscando para matarlo, él siguió el mandamiento de Jesús: “ámense los unos a otros como yo los he amado” y los amó tanto, que mientras vivió los alimentó con inmensa fortaleza de la Palabra de Dios que él mismo recibió.

Hermanos, este domingo Dios nos invita a permanecer unidos a Él, que es la fuente de la vida eterna, para así poder dar frutos, los cuales serán obras concretas hacia los demás fruto del amor que les tenemos. Hagamos caso a esta llamada amorosa de Dios de permanecer en Él y Él en nosotros.

Fr. Jorge A. García C. OFM.

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