Tiempo Pascual 6° Domingo

13 de mayo de 2012

Hermanas y hermanos: paz y bien.

Estamos ya en el VI Domingo del tiempo de Pascua, lo cual quiere decir que nos vamos acercando cada vez más a la fiesta de Pentecostés o la venida del Espíritu Santo; y bien, ya desde ahora con la oración colecta le rogamos a Dios nos conceda seguir celebrando con amor y con alegría la victoria de Cristo resucitado y que este Misterio Pascual transforme nuestra vida y se manifieste en nuestras obras.

La liturgia de este Domingo VI, como las cinco semanas anteriores de la Pascua, la palabra de Dios, si, ustedes se habrán dado cuenta, nos ha venido presentando la lectura del libro de los hechos de los apóstoles y el evangelio de san Juan. Y de manera singular, hoy nos invita a permanecer en el Amor de Dios.

En libro de los hechos de los apóstoles presenta un acontecimiento de los primeros siglos de la Iglesia de la cual Pedro, asombrado, aprende una lección, al saber que el Dios del amor a quien él anuncia, no es para unos cuantos, sino para todos, porque Él no hace distinción de razas, ni de pueblos, ni de naciones; y su conclusión al ver la acción del espíritu es:

“¿Quién puede negar el agua del Bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros? Así pues, ¿por qué negarles a estos también el amor de Dios, si Dios no hace distinción de personas?” Y por eso los mandó bautizar en nombre de Jesucristo, pero sobre esto quiero que pongamos atención, hermanas y hermanos, por qué ocurre esto con aquellos que no eran judíos: porque Dios acepta al que lo teme y practica la Justicia, sea de la nación que fuere.

Porque ahora con este don del Espíritu, creen en aquel que nos envió a su Hijo y que luego padeció, murió y resucitó al tercer día; porque reconocen con amor a su prójimo como a Dios mismo.

Bien, hermanas y hermanos, pues quienes hemos sido bautizados, confirmados, y hemos recibido los demás sacramentos, hemos sido incorporados en Cristo, en su muerte y su resurrección, nos reconocemos hijos de Dios; amamos, creemos y esperamos en Él gracias a la acción del Espíritu Santo; pero también estamos comprometidos con mayor responsabilidad a seguir dando testimonio constante con nuestras buenas obras; en el cumplimiento del mandato del Señor y de su Iglesia.

En la primera carta de San Juan nos dice: “Hermanos amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor; hermanos amenos unos a otros”. En el Evangelio continúa diciéndonos de qué trata
“El mandato de amar como Jesús ha amado”.

1.- “Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor”.

Cuando escuchamos hablar de los mandamientos inmediatamente nuestras mentes piensan en los diez Mandamientos de la ley de Dios o en los cinco de la ley de la Iglesia y efectivamente a todos los abarca, pero recuerden que el Señor Jesús nos da una síntesis de ellos, de aquello de lo que Dios quiere de nosotros. (Amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos).

Y continua diciendo el Evangelio “lo mismo que yo cumplo los de mi Padre y permanezco en su amor”, es decir, Cristo cumple fielmente la voluntad del Padre, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, lo cual quiere decir que nosotros permanecemos en el amor de Dios, si correspondemos de igual forma, tal vez no como lo han hecho muchos mártires, sino vivir con fidelidad y obediencia nuestra forma de vida.

2.- “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”.

Dios es amor y éste viene de Él. Porque no hay amor a Dios, si primero no hay amor de Dios. Lo cual nos hace pensar que el amor no está en nosotros, sino que se no es dado a conocer mediante el Espíritu de Dios. De lo contrario no es posible dar la vida, ser amigos de los demás, si no hemos entendido el verdadero amor de Dios.

Por lo tanto, este amor perfecto es como lo describe san Pablo en la carta a los corintios: el amor es compresivo, es servicial y no tiene envidia, no es mal educado ni egoísta. Así pues este amor es oblativo (es sacrificio, dolor, muerte, despojo) sin buscar el bien propio, sino el de los demás y así poder decir que en verdad conocemos a Dios, porque Dios es amor.

3.-“No son ustedes quien me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre”.

Al ser llamados por Dios, por nuestro nombre desde el día de nuestro Bautismo, somos, dichosos, bienaventurados, bendecidos y agraciados; y así debemos vivirnos como hijos predilectos y amigos íntimos del señor Jesús, que es nuestro solo y único mediador.

Bien, pero hemos sido elegidos para dar frutos de vida, amor, esperanza, paz, alegría, de tal forma que podamos seguir celebrando la victoria de Cristo sobre la muerte y así hacer realidad la civilización del amor. “amándonos los unos a los otros”.

Hermanas y hermanos: pareciera que estas palabras “si hacen esto o permanecen en esto, suenan a condiciones”, pero recuerden que si permanecemos en Él, sabremos pedir sólo aquello que nos sirva para nuestra mutua edificación.

Hoy en este día recordamos a nuestras mamás, quienes encarnan el amor de Dios. Entregando gran parte de su vida, dando su tiempo, cuidado y afecto en bien de sus hijos. Y bien, a ellas hoy les decimos gracias y les deseamos que Dios les recompense siempre el ciento por uno; y sigan siendo portadoras de este maravilloso regalo del amor de Dios.

Fr. Gustavo Luna Hurtado, OFM.

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