Vida del hermano san Antonio de Padua

Algunos datos sobre la vida del hermano san Antonio de Padua

Antonio nació en Portugal el 15 de agosto de 1195 y se le puso el nombre de Fernando. Su padre, Martín Vicencio de Bulhoes, era un caballero del rey Alonso II, y su madre, María Teresa Taveira, era de clase noble. Tenemos pocos datos de sus primeros años de vida, pero sabemos que estudió en la escuela anexa a la Catedral de Lisboa; aprendió equitación, caza y esgrima; y fue educado en las virtudes y la fe cristiana.

Fernando parecía destinado a una brillante carrera caballeresca pero, apenas de quince años (1210), entró en el monasterio de San Vicente de Fora, vistiendo el hábito de los Canónigos Regulares de san Agustín. Disturbado por las continuas visitas de los parientes, decidió mudarse a Coímbra (1212), a la quietud del Monasterio de Santa Cruz, donde permaneció hasta que fue ordenado sacerdote (1220).

Mientras Fernando permanecía en Coímbra, en Europa se difundía la Orden de Frailes Menores fundada por Francisco de Asís (1209). Los franciscanos llegaron a Portugal en 1217 y fundaron el Convento de San Antonio de Olivares, pues Francisco consideraba el país un lugar estratégico para la evangelización de África. Y, justamente de Marruecos llegaron a Coímbra (1220), los cuerpos de los primeros cinco mártires franciscanos, para ser sepultados en el convento de San Antonio de Olivares. Fernando había conocido a los frailes martirizados durante su permanencia en dicho convento. Con el paso de los días, Fernando comenzó a sentir el llamado a recorrer el camino trazado por aquellos mártires vestidos con el hábito de Francisco, hasta que tomó la decisión de seguir el ideal evangélico de Francisco, por lo que se fue a vivir al convento de San Antonio (1220), donde asumió la forma de vida franciscana, tomando el nombre de Antonio.

El otoño de ese mismo año, Antonio obtuvo el permiso para ir como misionero a Marruecos, junto con fray Felipe de Barcelona, pero apenas llegado a Marruecos cayó gravemente enfermo. Imposibilitado para el trabajo misionero y cada vez más débil por la enfermedad, Antonio decidió regresar a Portugal; pero una vez que se hubo embarcado, su nave fue arrastrada por una tempestad hacia las costas de Sicilia. Ya en Sicilia, los náufragos fueron recibidos en el convento franciscano de Mesanina donde Antonio recobró su salud.

En el mes de mayo de 1221 fue invitado por el superior del convento para asistir al Capítulo de las Esteras en la ciudad de Asís, donde tuvo la oportunidad de encontrar a Francisco. Al concluir el capítulo, Antonio fue agregado a la Provincia de Romania y enviado, junto con otros seis compañeros, al convento de Montepaolo, en las cercanías de Forlí. La situación de Antonio era muy particular, ya que ni él conocía a sus nuevos hermanos, ni tampoco ellos conocían sus orígenes de nobleza ni sus dotes de estudio. Salvando el hecho de que era el único sacerdote del convento y debía ejercer su ministerio al servicio de los hermanos, el resto de su vida transcurría dedicada a los trabajos de la casa y el cuidado de la Iglesia. Pero llegó el día en que su sabiduría y sus habilidades para la predicación fueron del dominio público. El 24 de Septiembre de 1222 en la catedral de Forlí, se celebraría la ordenación de algunos franciscanos y dominicos. Antonio, con los frailes de Montepaolo, fue a la catedral para asistir al evento. En el lugar estaba presente el pueblo, las autoridades civiles y muchas personas. Ocurrió un hecho inesperado, pues faltaba un predicador. Unos dicen que los franciscanos pensaban que sería un dominico quien predicaría y los dominicos estaban seguros de que le tocaría a un franciscano, y otros que el predicador asignado no pudo hablar. Las circunstancias no las sabemos con exactitud, pero el hecho es que Antonio subió al púlpito y sus palabras asombraron a los presentes por su sabiduría, belleza y profundidad.

Vista la capacidad de Antonio para la predicación, se le pidió dejar el eremitorio de Montepaolo y dedicarse a esta actividad. Comenzó en Rímini, donde los herejes habían hecho numerosos prosélitos. Más tarde lo encontramos ejerciendo la enseñanza de la teología a los frailes menores en la ciudad de Bolonia. A la postre, fue enviado a Francia (1224) para predicar contra la herejía y enseñar la teología, desarrollando su actividad sobre todo en Languedoc (sur de Francia), hasta que, siendo elegido como Custodio de Aquitania, fijó su residencia en Limoges, donde fundó un convento.

El 3 de octubre de 1226, Francisco murió en la Porciúncula. Después de los funerales de Francisco en Asís, se celebró un Capitulo General en que se eligió a Juan Parenti como Ministro General. Ahí mismo, Antonio fue nombrado Ministro Provincial de la Emilia, que abarcaba casi toda la Italia septentrional (1227-1230). Estos años fueron de visitas a los conventos, de viajes por Rímini, Bolonia, Conegliano, Venecia, Udine, Cividale, Gemona y otros pueblos de Fruli, y de predicación; de hecho los Sermones dominicales fueron escritos en estos años. En 1228, llegó por primera vez a Padua, habitando en el convento de Arcella. Este mismo año, el Ministro general lo llamó a Roma para consultarle algunos asuntos sobre el gobierno de la Orden. Estando en Roma, el Papa Gregorio IX le pidió que les predicara los ejercicios a él y al colegio cardenalicio, y, después, lo invitó también a predicar a los peregrinos que venían a Roma con motivo de la Pascua. Terminada la predicación en Roma, asistió a la canonización de Francisco en Asís y después regresó a Padua.

En 1230 se convocó a un nuevo capítulo en Asís durante el cual Antonio fue relevado del cargo de Ministro provincial, nombrado predicador general y enviado a Roma. Antes del otoño llega nuevamente a Padua, donde se quedará hasta su muerte. Durante este tiempo completa los Sermones Dominicales y comienza a escribir los Sermones para las fiestas de los santos. En la primavera de 1231, Antonio decide predicar todos los días de la Cuaresma, con lo que emprendió la refundación cristiana de toda la ciudad de Padua. Uno de los temas principales de la predicación fue la usura; calamidad que se abatía sobre todo en los más débiles.

Estando en Camposampiero durante los meses de mayo y junio, las molestias de su enfermedad se agudizan y, sintiendo su muerte ya próxima, pidió ser llevado a Padua. El 13 de junio de 1231 fue llevado al convento de Arcella, donde expiró a los 36 años de edad. Tras la muerte de Antonio hubo algunas disputas por conservar su cuerpo, pero, finalmente, se acordó que debía respetarse la voluntad de Antonio y el 17 de junio de 1231 fue sepultado en la iglesita de Santa María.

El 30 de mayo de 1232, sin que hubiera transcurrido siquiera un año de su muerte, el papa Gregorio IX proclamó santo a Antonio y fijó su fiesta el 13 de junio. El mismo año se inició con la construcción de la basílica dedicada al santo. En 1263 tuvo lugar el primer reconocimiento del cuerpo, y se descubrió que la lengua de Antonio estaba incorrupta. En 1530 se hizo un segundo reconocimiento y el mentón del santo se colocó en un relicario. El último reconocimiento tuvo lugar en 1981, aprovechando para hacer un perfil físico de Antonio: estatura aproximadamente 1,70 mts., cuerpo proporcionado, rostro alargado y estrecho, ojos hundidos, manos largas y flacas. El 16 de enero de 1946 el papa Pío XII proclamó a San Antonio como “doctor angelicus”.

La actividad de Antonio como predicador duró sólo nueve años; pero fueron suficientes para evangelizar en toda Italia y en muchas ciudades francesas (Toulouse, Arles, Le Puy, Limoges, Brive y Montpellier), y combatir eficazmente las prácticas usureras y las herejías, sobre todo albigenses. La aceptación de que ha gozado Antonio puede hacernos pensar que su hablar deleitaba el oído o que complacía a su auditorio, pero nos equivocariamos, basta con leer uno de sus sermones para captar sí la plasticidad de sus narraciones, con abundantes ejemplos tomados de la naturaleza y de la vida cotidiana, pero también lo estricto de sus palabras y como no se tienta para exigir la fidelidad al Evangelio. Compromteido únicamente con la proclamación del Evangelio, Antonio predicó ante laicos y clérigos, tiranos y gobernantes, ricos y pobres, e incluso ante el papa Gregorio IX y toda su Curia. Dada su capacidad para comentar y hacer amar el Evangelio, estamos ante uno de los más grandes predicadores que la Iglesia haya conocido.

Ya hemos mencionado los servicios que prestó Antonio como ministro provincial y como predicador general, pero esta biografía no estaría completa si omitiéramos el papel que tuvo en el desarrollo de los estudios teológicos dentro de la Orden de Frailes Menores. Es de todos conocida la renuencia que tenía san Francisco ante los estudios, pues temía que la Orden se viera comprometida por los intelectuales; pero también como algunas personas con estudios empezaron a ingresar en la Orden, además de los conocimientos que exigía la predicación y el surgimiento de tantos grupos heréticos. Pues Francisco y toda la Orden tuvieron en Antonio a un hermano que supo ejercer adecuadamente la docencia, además de proporcionar a los hermanos franciscanos los conocimientos que convenían a su forma de vida evangélica. Conservamos una carta que Francisco dirigió a Antonio sobre el tema de los estudios en la Orden. Las palabras de Francisco van más allá de la animación a la actividad de la docencia que Antonio ya ejercía, pues lo que Francisco hace es confiarle la enseñanza de la teología a los hermanos de la Orden.

San Antonio tuvo durante su vida algunas visiones que lo mantuvieron en su vida cristiana. Menciono dos de las más significativas. Una fue durante su estancia en el monasterio de Santa Cruz, cuando se encontraba tocado por el testimonio de los mártires franciscanos, en aquel momento de inquietud e incertidumbre vocacional, tuvo una visión: se le apareció un fraile con el rostro pálido del asceta y lo invitó a vestir el hábito franciscano. Algunos años más tarde reconocerá aquel rostro demacrado en Francisco de Asís. Otra ocurrió después de la misión pacificadora que realizó ante Ecelino III de Romano, señor de Verona, después de la cuaresma de 1231 y pocos días antes de su muerte. En aquella ocasión fue al convento de Camposampiero, una pequeña ciudad cercana a Padua, invitado por el conde Tiso, quien hizo construir sobre las ramas de un gran árbol una celda para Antonio. Sucedió de noche: el conde Tiso oyó que salían dos voces de la celda de Antonio, la de Antonio y otra de niño. El conde miró a través de la cerradura y pudo ver al santo que tenía en brazos al niño Jesús.

La historia de Antonio está cubierta de hechos legendarios, que hacen difícil delinear con precisión su figura más auténtica. Y todos los patronatos que se le atribuyen como: protector de las cosechas, de las muchachas casaderas y de las parejas, de huérfanos y de viudas, su eficacia como taumaturgo y la recuperación de los objetos perdidos, y los patronatos de los misioneros y de la ciudad de Padua, pudieran hasta suscitar suspicacias. Sin embargo, hay un hecho que nos hace pensar que en medio de la leyenda mucho hay de realidad y es su pronta canonización. El papa Gregorio IX le canonizó el mismo año de su muerte, en un periodo de tiempo más breve que el de Francisco, lo que nos hace pensar en lo evidente que era la santidad de Antonio para sus contemporáneos. Todavía hoy llama la atención que nuestro hermano no sea evocado con su nombre por los pobladores de Padua, sino que simplemente se le diga “El santo” y a la iglesia erigida para su veneración y donde se conservan sus restos: “la Basílica del santo”.

Fr. Gerardo Francisco Salgado Z, ofm.

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