Adelina

LA SUEGRA DE BARRO

Dichoso Adán
que no tuvo suegra.

Adelina era una mujercita preciosa, de trato agradable y sobre todo muy piadosa. Se podría decir, sin duda alguna, que era la mujer más bella de aquel pequeño pueblo enclavado en la Sierra. En realidad nunca se supo si era su inocencia la que la hacía ser tan extravagante, o si en verdad, como alguna gente decía, Adelina mentalmente no estaba del todo bien. Algunos en el pueblo, de plano decían que estaba loca. Pero Adelina tenía la gracia de caerle bien a toda la gente.

Aunque era muy bella y tuvo varios pretendientes, nunca se casó y su situación empeoró cuando murieron sus padres, y como era hija única, tuvo que vivir sola. Sin embargo, Adelina no era una mujer amargada, sino todo lo contrario, era alguien que comunicaba alegría a cuantos la trataban.

Algunas veces, cuando se reunía con sus amigas ya casadas, les preguntaba si eran felices como madres de familia, esposas y nueras. Invariablemente sus amigas se quejaban de que los hijos eran desobedientes y rebeldes, que ya no sabían cómo corregirlos y educarlos para hacer que, con el tiempo, fueran personas de bien. Algunas otras se quejaban tristemente de que sus maridos eran desobligados y viciosos, que no trabajaban y por lo mismo, en sus casas, con frecuencia, no había ni qué comer. Y así por el estilo, todas tenían un motivo, o más bien varios, para quejarse. Pero, cosa rara, todas sus amigas hablaban maravillas de sus suegras.

Un buen día, mientras Adelina bajaba al río a llevar agua para dar de beber a los marranos que criaba para luego venderlos y ganar algún dinero, pensó seriamente y se dijo a sí misma:

-Adelina, tú deberías tener una suegra. Pero enseguida, se contestó:
-No, yo creo que no. No, pos así pos’ no… No, yo no me caso. Yo no quero que los chamacos se me pongan rebeldes, y que no me obedezcan, y luego tener que castigarlos, a lo mejor hasta gritarles y pegarles… No, pos’ no, ansina pos’ no.

Y mientras seguía caminado rumbo al río, continuaba con su monólogo:
-Y luego si el marido, me sale borracho y flojo… No pos’ no, y que me grite y a la mejor hasta me quera’ pegar… No, pos’ no, ansina no.

¡Ah! ¡Pero la suegra! ¡Todas mis amigas dicen que las suegras son regüenas gentes!
-Yo sí quisiera tener una suegra, pa’ hablar con ella, pa’ platicarle y que me platicara; pa’ darle sus remedios cuando se ponga mala y pa’ que ella también me cuide cuando yo caiga en cama.. ¡Sí, yo sí quero tener una suegra!
-Pero ¿Cómo le hago si no me quero casar y sí quero tener suegra? pos’ como que no se puede…¿O sí?

-¡Sí! ¡Claro que sí se puede! Se dijo Adelina, con un brillo en los ojos:
-¡Me voy a hacer una suegra de barro! Gritó, y apresuró sus pasos, casi corrió para llegar al río.

Y dicho y hecho, ese mismo día Adelina juntó suficiente barro del río y lo llevó a su casa y allí, parte por parte, pacientemente formó la figura completa de una mujer ya madura, luego puso las partes a secar al sol. Una vez que estuvieron ya secas, con trabajo las levantó y armó la figura de una mujer de pie y con las manos extendidas, la colocó en la entrada de su casa, la vistió con un hermoso vestido azul y verde, se las ingenió para ponerle trenzas y luego un bonito rebozo en la cabeza, y una vez que todo quedó listo, la sujetó con una mecate a un poste que estaba junto a la puerta y dijo muy satisfecha:
-¡Ora sí, aunque no esté casada, aunque no tenga marido ni chamacos, pero tengo una güena suegra!.

Al día siguiente, invitó a todas sus amigas a que fueran a conocer su suegra de barro, fueron éstas, y al ver la suegra, la felicitaron, se alegraron con ella, pues aquella suegra era en verdad lo que una mujer como ella necesitaba para no vivir sola, para tener con quien platicar y quien la cuidara si se llegara a enfermar -le dijeron-.

Pero no pasaron ni dos semanas, cuando un día, llegó Adelina al río con un buen tambache de ropa para lavar, iba toda golpeada, y por más que trataba de cubrir sus moretones con el rebozo, no le era posible.

 Sus amigas le preguntaron muy extrañadas:

-Pos’ ¿Quen’ te golpio Adelina?
-Dinos ¿Quen te puso la mano encima?
-Dinos ¿Quen jue? Pa’ ponerlo en su lugar.
-¿Quen jue ese mal nacido que se atrevió a golpiarte, siendo tú tan güena gente?

Ante el asombro de todas, Adelina dijo:
-Pos’ jue mi suegra.

-¿Cómo que jue tu suegra?
-Sí, ¡jue ella! ¡jue ella! ¡jue ella! repetía Adelina con mucho sentimiento y coraje. Las amigas no podían creer lo que ésta les decía.

En verdad, lo que había sucedido, era que un día, Adelina había recogido algunas nueces de los nogales que crecían junto al río y llegando a su casa, generosamente le había ofrecido a su suegra de barro; se las puso en un plato junto con dos piedras para que las pudiera partir y las comiera cuando quisiera. Así lo había hecho ya otras veces cuando le ponía comida, que por supuesto la suegra de barro no la comía, sino que venían los perros o los gatos vagabundos y en un momento acababan con todo. Pero esta vez, sucedió que durante la noche, las ardillas vinieron y dieron buena cuenta del contenido del plato; pero al terminar con las nueces, comenzaron a roer el mecate con el que estaba sujetada la suegra de barro, de tal modo que, por la mañana, al salir Adelina y cerrar la puerta de su jacal, la suegra de barro, al no estar ya amarrada al poste, le cayó encima; el golpe fue tan fuerte que, Adelina quedó allí desmayada por un buen rato sin que nadie la auxiliara, pues vivía sola y en un sitio apartado.

Cuando despertó, apenas pudo, se levantó y recogió los pedazos de la suegra de barro y los aventó a la pocilga de los marranos, mientras decía:
¡Ya no quero tener suegra! ¡Ya no quero tener suegra!

Algunos días después, cuando los moretones ya casi habían desaparecido, bajó nuevamente a lavar su ropa en el río y fue entonces cuando Nicolasa, una de sus amigas, le preguntó:
-Adelina ¿Cuándo nos invitas a conocer tu nueva suegra? O, ¿Ya no vas a tener otra suegra?
-¿Suegra? Las suegras no son gente güena, por más que ustedes ansina me lo digan. Yo ya no quero tener suegra, ni aunque sia de barro.- Contestó Adelina.

P. Fr. Jorge Frausto Rodríguez, OFM.
El Paso, marzo del 2012.

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