Cuaresma 5° Domingo

17 de marzo de 2013

Hermanos:

Vamos a detenernos en una cuestión muy sencilla, ¿cuál es mi postura ante el pecado de el otro? ¿Qué actitud tomo ante el flagrante pecado cometido?

Consideramos, la mayoría de las ocasiones, que quien ha cometido alguna falta es digna de caer en manos de la justicia, y es verdad, nada puede quedar impune, ya sea ante la justicia civil o bien ante los ojos de Dios. Lo que es importante notar aquí, es reconocernos frente al propio pecado, y ante el pecado de aquéllos que son más cercanos a mí.

Qué es lo que nos mueve para que alguien enfrente la culpa de su error, de su falta, nos mueve: la salvación de su alma, el que se sienta más cerca de Dios, el que rescate la dignidad de su persona, que aprenda del error que ha cometido; pocas veces nos mueve alguna de estas razones. La gran mayoría de las veces nos gana “el adversario” al que llamamos diablo, que su nombre significa “acusador”, y no es referirnos a presentar a alguien ante las autoridades, eso es válido, pero regresando a nuestro punto, con qué finalidad lo hacemos. A veces se vuelve algo necesario alcanzar a ver el pecado ajeno para poder compararme y sentirme menos pecador, para poder descargar en aquél todo mi propio sentimiento de culpa.

La conversión de un pecador es posible, solamente gracias a que el Hijo de Dios se hizo hombre y nos reveló el amor de Dios. En efecto, ningún pecador puede experimentar dolor de sus pecados y convertirse realmente, si no es movido por el amor. Hoy hemos escuchado un hecho real en el cual observamos en detalle cómo acontece la conversión de un pecador.

Aquí en esta escena los escribas y fariseos son más pecadores que la mujer: con tal de arruinar a Jesús no les importa la dignidad de ella. Jesús quiere que también que ellos se conviertan y vivan. Con esa actuación ellos están cometiendo pecado; y a éste se agregan todos los demás pecados que han cometido en su vida. El resultado que Jesús obtiene es que ellos reconozcan su pecado.

Para con la mujer, después de experimentar el amor que Jesús le demuestra, ciertamente quedó convertida. Podemos estar seguros que en adelante ya no pecará más. Es entonces verdad que Jesús acoge a los pecadores, pero lo hace porque únicamente el contacto con él los puede mover a conversión. Recordando en la segunda lectura a san Pablo: Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante…

¿Cómo puedo yo ayudar para rescatar al otro? y ¿Tú qué dices…?

Fr. Guillermo Trinidad Pons, OFM.

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