El amor de una Madre

AL PIE DE LA CRUZ

A mi hermana Leli
en su cumpleaños

Nadie vino a decírselo, nadie vino a avisarle a María de los terribles acontecimientos de aquella mañana del viernes, vísperas del Gran Sábado. Pero ella lo sabía. Lo había sabido siempre.

Había vivido siempre en aquella extraña mezcla de dolor, por los sufrimientos que habría de padecer su amado Hijo; y la certeza de la esperanza, porque ese dolor y ese sufrimiento traerían la salvación al mundo entero. Ahora recordaba perfectamente las palabras del anciano profeta Simeón. Palabras que éste le dijo el día en que junto con José, su esposo, fueron al templo a presentar al Hijo primogénito:
A ti, una espada te atravesará el alma. Y esa hora finalmente había llegado.

Aunque con el alma dolorida, con paso firme y decidido, María salió de su humilde casa. Conocía muy bien la ruta del Pretorio al Calvario, la llamada Vía Dolorosa que debían seguir los condenados a morir crucificados. Ella había visto muchas veces cómo aquellos infelices hombres condenado a muerte, eran llevados cargando con sus cruces, o al menos, con el travesaño de las mismas, en medio del gentío enardecido. Apenas había salido María de su casa, cuando se encontró con Salomé y María Susana que, junto con Juana, llorosas, se dirigían también a las calles por donde seguramente pasarían los tres hombres que ese día serían crucificados. Acompañada por estas tres piadosas mujeres y por algunas otras que se les unieron en el camino, llenas de dolor y angustia, presurosas se dirigieron a la Vía Dolorosa. En esta ocasión, eran tres los condenados a muerte. Dos de estos hombres era criminales, asesinos y ladrones bien conocidos; seguramente, como en otras ocasiones, estarían allí entre la gente que se apretujaba en las calles, algunos de los que habiendo sido víctimas de las fechorías de éstos, querían ver cómo, finalmente, aquellos malvados eran castigados por el mal que habían causado y ver así satisfechos sus deseos de una venganza disfrazada de justicia.

El otro hombre era Jesús, el profeta de Nazaret. A Jesús se le acusaba de querer proclamarse rey de los judíos y además de blasfemo, al afirmar ser el Hijo de Dios. Esa era la causa de su condena, aunque el mismo Pilato claramente había dicho ante todo el pueblo que no encontraba culpa en él y se había lavado las manos a la vista de todos, en señal de no ser responsable de la sangre de aquel hombre inocente.

La gente se apretujaba en la llamada Vía Dolorosa para ver pasar aquellos tres hombres. Dos de ellos cargaban los travesaños de las cruces donde serían clavados. Solamente Jesús cargaba la cruz completa. Al notar esto, algunos entre la gente decían:
-¡Su crimen debe ser mayor, por eso le han cargado la cruz entera!
-¡Un gran mal habrá causado, gran delito habrá cometido!

Otros en cambio, que parecían estar más enterados, gritaban:
-¡Que lo crucifiquen! pues se ha llamado a sí mismo Hijo de Dios.
-¡Ha blasfemado contra Dios y contra el templo! ¡Es reo de muerte!

María, desde lejos, vio venir a su Hijo. Y lo vio de pronto siendo un niño a quien delicadamente tomaba en sus maternales brazos para amamantarlo, lo oyó pronunciar sus primeras palabras llamándola mamá, lo recordó dando sus primeros pasos llevado por la áspera y encallecida mano de José; recordó muy bien el rostro de sorpresa y gratitud de su esposo cuando el niño, levantando sus ojos y sonriéndole, balbuceando, lo llamó Abbá, es decir, Padre querido.

Los gritos de la gente no lograban del todo acallar los gemidos dolorosos de aquellos tres condenados a muerte que, a latigazos, eran obligados a seguir el camino rumbo al monte de la Calavera.

Sacando fuerzas casi sobrehumanas, aquellos tres hombres seguían su doloroso y triste caminar hacía su cita con la muerte. María vio nuevamente a su Hijo y miró al niño inquieto que una vez se había quedado en Jerusalén mientras ellos, junto con la caravana, regresaban a su propia tierra. Revivió su angustia al buscarlo entre los parientes y amigos hasta encontrarlo, finalmente, tres días después en el Templo. Pudo escuchar nuevamente las tiernas y misteriosas palabras de su Hijo, cuando ella le dijo mientras lo abrazaba llena de gozo por haberlo encontrado.

-¡Hijo! ¿Por qué nos haz hecho esto? Mira que tu padre y yo te hemos andado buscando llenos de angustia.
-¿Por qué me andaban buscando? Había preguntado el niño.
-Es que te habías perdido, contestó José.

A lo que el niño Jesús replicó mirando a su padre a los ojos:
-¿Pero, cómo puedo estar perdido, si estoy en la Casa de mi Padre?

María recordó que en aquel momento, ni ella, ni José su esposo, habían comprendido el sentido de las palabras de su pequeño Hijo, pero las habían guardado y meditado en sus corazones.

Las patas de los caballos de los soldados romanos que custodiaban a los condenados a muerte, con sus herraduras de hierro golpeteaban las gastadas piedras de las calles, al mismo tiempo, eran aguijoneados con las espuelas para que relincharan y así intimidar a todos los que presenciaban aquella terrible escena. Había que dar una vez más una demostración de poder, debía quedar bien claro para todos, que nada ni nadie podía enfrentarse al imperio romano y sus legiones. Y menos aún, en aquella región considerada la más pobre del vasto imperio que se extendía casi por todo el mundo.

Allí estaban los soldados con sus briosos caballos, con sus armas y escudos temibles. María pudo ver entonces a su Hijo más de cerca. Miró y revivió el momento aquel en que algunos de sus parientes fueron hasta su humilde casa para rogarle que los acompañara a buscar a Jesús, pues le dijeron que éste se había vuelto loco, pues sólo a un loco se le podía ocurrir desafiar el poder de Herodes cuando éste le mandó que se retirara de su territorio. Jesús claramente había dicho a los enviados de Herodes:
-Vayan a decirle a ese Zorro que no me voy.

María recordó muy bien cómo, en aquella ocasión, ella misma se mezcló entre la gente que escuchaba a su Hijo, y cómo en un momento le dijeron a éste:
-Tu madre y tus hermanos están allí afuera y te buscan.

Volvió a oír claramente las palabras de su amado Hijo diciendo ante la muchedumbre:
-Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de mi Padre y se afanan en cumplirla.

Y como para que no quedara duda de lo que había dicho, Jesús se puso de pie, descalzo como estaba, camino unos pasos hasta quedar frente a sus parientes, miró por un momento a todos los presentes y descubriendo a su Madre entre la gente, detuvo su mirada en ella y dijo con voz muy clara:
-Todo aquel que escucha mi palabra y la pone en práctica, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Aquellas palabras resonaron como el murmullo de una suave y refrescante brisa bajo el quemante sol en la inmensidad del desierto, eran como una lluvia fresca que hace germinar las semillas aletargadas en la tierra reseca. Eran el renacer de la esperanza adormecida en el corazón de los pobres que ponen en las manos de Dios la vida entera.

Después de decir esto, Jesús se inclinó, ató las correas de sus gastadas sandalias, recogió su manto, se lo puso, y continuó su camino seguido por los doce.

María recordó cómo en aquel momento sus parientes le reclamaron enseguida airadamente:
-¿No le vas a decir nada?
-¿No ves que al hablar así de Pilato, de los escribas y de los fariseos, tu Hijo nos pone a todos en peligro?
-¡Nos podrían expulsar a todos de la sinagoga!
-¡Herodes nos podría condenar a muerte a todos! No sería la primera vez que para librarse de alguien, mandara matar a toda la familia de quien sospechara se pudiera rebelar contra él y quitarle el poder.

María recordó muy bien que en aquel momento, contrariamente a su costumbre, tuvo que hablar y les dijo aquellas palabras que José, su esposo, solía decir cuando, a su juicio, una cosa estaba suficientemente clara y debía quedar bien entendida. Palabras que también su Hijo decía con frecuencia: El que tenga oídos para oír que escuche, el que tenga ojos para ver, que mire.

Los ojos de sus parientes se clavaron en ella, sorprendidos por aquellas palabras. Ella, a su vez, mirándolos fijamente a todos y cada uno, agregó con una seguridad que a todos infundió respeto: Y el que tenga corazón para amar y perdonar que ame y que perdone.

Con gran dificultad, María había logrado ponerse delante de toda aquella gente enardecida y violenta.

Casi a sus pies estaba su Hijo, el peso de la cruz y los golpes recibidos lo habían hecho caer sobre las disparejas piedras de la Vía Dolorosa. Por un momento pareció como si el dolor y la angustia detuvieran el eterno fluir de los granos de arena del reloj, haciendo eterno aquel instante. Su Hijo yacía desfallecido, parecía estar muerto allí frente a ella. Los mismos soldados también pensaron que aquel hombre no había logrado llegar con vida al lugar donde debía ser crucificado. En ese momento de confusión, un soldado, mirando entre la gente, vio a una mujer que llevaba un cántaro de agua, se lo arrebató y lo derramó sobre el cuerpo inerte de Jesús, mientras que otros dos soldados lo libraban por un momento del peso de la cruz que lo aplastaba. Jesús dio por fin señales de vida y juntando el resto de sus fuerzas, levantó la cabeza y trató de incorporarse.

María, se acercó entonces cuanto pudo, y miró el rostro maltrecho de su Hijo, totalmente desfigurado, tenía la nariz rota, los pómulos sangrantes y los ojos casi cerrados por la hinchazón de los parpados. Al verlo así, María recordó las palabras de un antiguo profeta, palabras que Joaquín, su padre, le había hecho memorizar siendo ella una niña:

Despreciado, desecho del pueblo, varón de dolores
acostumbrado a los sufrimientos,
como uno del que se aparta la mirada, no tenía ya aspecto de hombre…
Y con todo, eran nuestros dolores lo que él llevaba
y nuestros sufrimientos los que soportaba.

Movida por su amor de madre, María acarició el rostro de su amado Hijo, sus santas manos se mancharon con aquella sangre inocente que se entregaba como signo de una alianza nueva y eterna, por un momento tuvo que inclinar su rostro para que su Hijo no la viera llorar, luego se enjugó las lágrimas con su velo y miró nuevamente el rostro sangrante de su Hijo. Miró como los labios de Jesús intentaron en vano articular una palabra. Pero fue ella la que pudo decir algo que su Hijo no pudo oír en medio de aquel griterío ensordecedor, pero lo que los oídos no oyeron, sí lo escuchó su Hijo en el corazón. María recitó las palabras de un salmo que también de niña había aprendido, de los labios de Ana, su madre. Tal vez las palabras del salmo en labios de cualquier otra persona serían la más cruel de las burlas en aquel momento, pero en labios de María, eran la confesión de una fe y una confianza total, María dijo:

¡Hijo mío!: Eres el más bello de los hombres,
En tus labios se derrama la gracia.
El Señor te bendice eternamente.

Ella, a su vez, pudo escuchar las palabras de los labios heridos y sangrantes de su Hijo que, haciendo un gran esfuerzo, le respondió diciendo claramente:

¡Madre, querida madre! llena eres de gracia,
el Señor está contigo,
bendita eres entre todas las mujeres…

P. Fr. Jorge Frausto Rodríguez, OFM.
El Paso, Viernes Santo 2013.

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