Novena a San Antonio Día Cuarto

LA ARROGANCIA DEL FARISEO

Hermanos y hermanas:

Nos encontramos en este cuarto día de la novena en honor a San Antonio, nos estamos preparando profundamente para celebrar su fiesta el 13 de junio.

Hoy la meditación que se nos propone es la actitud del fariseo y la actitud del publicano o recaudador de impuestos.

Como vemos, la parábola del fariseo y del publicano que acabamos de escuchar en el Evangelio y en el sermón de San Antonio se relaciona muy bien con la que escuchamos en otro día de la novena que fue la de los primeros y últimos lugares en el banquete. Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.

Como vemos, en las dos parábolas Jesús nos enseña que Dios no cuenta lo que los hombres tienen por honor, dinero, fama, posición social, color de piel, cultura, posesiones materiales, fuerza física, inteligencia; pues todo eso se lo debemos a Dios. Pues que hombre puede decir qué cosa no tiene y que Dios no se la haya dado.

Dios en cambio, no mide nuestras fuerzas, nuestra gloria, con la misma medida que el hombre. El mensaje es claro: la medida de la justicia de Dios no es la humana, limitada, incompleta, sino la justicia completa e íntegra.

La parábola nos presenta al fariseo como un personaje negativo y al publicano como un personaje positivo. Jesús nos lo presenta con ciertos parámetros de bondad, de justicia, con eso pone todos nuestros criterios que forman nuestras opiniones. ¿En qué medida juzgamos nosotros a otros? ¿Acaso con los criterios de Dios o con los criterios de los hombres?

Nos encontramos con la vivencia de dos religiosidades: la del orgullo del fariseo y la de la humildad del pagano. Ya vimos cómo el fariseo toma posiciones frente a Dios casi contra él mismo, está de pie; y ese estar de pie es símbolo de orgullo porque no ha reconocido que debe arrodillarse ante el misterio que es Dios. Y todo ese orgullo en la oración del fariseo. Comienza despreciando a todos los hombres diciendo: te doy gracias, oh Dios, porque no soy como los demás hombres; después, se enorgullece de no robar, de no matar, pero se olvida muchas veces de otras obscuridades que hay en su vida, que a los ojos de Dios no se puede justificar y mucho menos ocultar. La oración del fariseo aparece deformada y llena de un tremendo orgullo.

Jesús no estaba inventando nada, aquel era verdaderamente el modo de rezar de aquel fariseo que nos reporta san Lucas por boca de Jesús.

Como lo podemos observar, en esa ocasión del siglo primero después de Cristo, que también algunas de las tradiciones fundamentales de orar de algunos fariseos: te doy gracias Dios mío, por haberme dado parte con los que se sientan en las casas de enseñanzas y no con los que se sientan en las esquinas de las calles. Porque yo no tomo el camino como ellos pero yo voy enseguida a la palabra de ley, ellos van por otro y hacen cosas insignificantes, sobre todo la molestia y ellos también se la toman, pero yo me molesto y recibo mi recompensa, mientras que ellos se molestan y no reciben nada. Yo corro por la verdad del mundo futuro y ellos corren hacia la cima de la perdición.

Así vemos pues cómo el fariseo vive dos cosas que nunca pueden estar en la oración: la vanidad y la crítica contra los demás. Una oración con orgullo, aparte de que es ridícula es una afiguración. Una oración sin caridad aparte de absurda es también lo contrario de orar.

El publicano, en cambio, ni a entrar en el Templo se atrevía, inclinado, postrado, arrodillado, sumido en su propia vergüenza, se proclama pecador dándose golpes de pecho, pero ni siquiera explica demasiado sus propios pecados, tal vez para evitar una forma de orgullo. No presumía de que era un pecador grandísimo, con esa vanidad de aquellos que ya n pueden alardear de otra cosa y alardean del tamaño de sus faltas. La oración sincera ante Dios es levantar los ojos y tener un diálogo sincero con él. Y no opacar a los demás o presumir que se es la última coca del desierto o que el mundo no te merece. Dios no juzga a medias como lo hacen las personas materialistas e interesadas mirando solo el exterior y la fama de las personas, sino que juzga tanto el interior como el exterior de las personas. La palabra concluye con el publicano que bajó justificado a su casa y el fariseo no.

Pidamos pues a Dios para que siempre encuentre en nosotros una tierra humilde donde él pueda sembrar sus flores.

Fr. Luis Daniel Cháirez, OFM.

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