Novena a San Francisco – Día quinto

ENCUENTRO CON DIOS

Sabemos que San Francisco de Asís es un personaje en la historia de la Iglesia que ha trascendido desde su vida hasta nuestros días. Pero ahora quisiera hablarles del Evangelio que hemos escuchado.

Hermanos, el Evangelio que acabamos de recibir me parece un Evangelio hermoso donde escuchamos este diálogo entre Pedro y Jesús porque Jesús ya había tenido una experiencia terrible con Pedro, que igual así yo como humano ya le hubiera dicho, ni modo Pedro ya no cuentas aquí entre nosotros, voy a llamar a otro; pero Jesús nunca pierde la confianza, él pone su gracia. Pedro ya había sido llamado y en él fundó, él era la piedra; esta piedra fue la que estuvo en un principio anunciando el Evangelio de la forma más sorprendente, y claro, fue un gran testimonio para la Iglesia.

Al estar estudiado estos pasajes yo pensaba mucho en la actitud de Pedro porque, como hemos escuchado anteriormente, en una ocasión cuando está Jesús a la orilla del mar va Pedro detrás de él, también a la orilla. El Señor le dice: traigan unos peces. Entonces Pedro tiene una actitud de ir por la red, sacarla, traer los pescados; me imagino la mentalidad de ese momento de Pedro como queriéndole decir al Señor: tú me vas a necesitar, sé que te fallé pero yo puedo ser parte esencial de esta empresa.

Me imagino a Pedro tratando de convencer al Señor de que lo perdone. Entonces él va, lleva los peces, me imagino a Jesús tranquilo y diciéndole: toma los peces grandes Pedrito, los pone a conocer y lo deja que se sigan dorando; Jesús no le dice nada. Después de un rato Pedro se pone a pensar: en qué momento le podré decir a Jesús que me perdone, que no era mi intención.

Pero el Señor que sondea corazones sabe del sentir de Pedro. Me imagino que en un momento comienzan a caminar y Pedro toma la palabra y le dice: Señor, aunque yo te fallé, aunque te negué tres veces nunca dejé de amarte. Perdóname hubiera querido tener el valor y las agallas para enfrentarme, pero no pude. Entonces Jesús tomase la palabra y le dijera a Pedro, oye, quiero hacerte una pregunta ¿me amas? Y Pedro, tal vez apenado le dice: tú sabes que te quiero.

Veo una diferencia enorme. Te quiero es distinto de decir te amo, porque Pedro sabe que tal vez le vuelva a fallar, porque él sabe que hay fragilidad en sí. Pero el Señor le dice: apacienta mis ovejas. Pedro tal vez pensando: Señor, tú me encargas a tu Iglesia, pero tal vez te vuelva a fallar, puedes dejársela a otro. Claro, esto en la Sagrada Escritura no lo vamos a encontrar, es algo de lo que me imagino que pudo haber sucedido.

Entonces imagino a Jesús volviendo a preguntar ¿Pedro, me amas? Y Pedro pensando, pero si me acaba de decir, me lo acaba de preguntar. Me figuro que Pedro no conocía al Señor todavía, le faltaba profundizar. Tal vez en ese momento solo tenía el dolor de haberle fallado. ¿Alguien de ustedes ha experimentado la traición? Claro, hasta nosotros lo hemos cometido. En el sentir de Pedro estaba aquella experiencia en la que había negado a Jesús, pero entonces viene su respuesta: claro Señor, tú sabes que te quiero. Y Jesús le responde: apacienta mis ovejas.

Me imagino a Pedro sintiéndose indigno de tal encomienda, y hasta pensando en decirle a Jesús: Señor, tal vez te vuelva a fallar, allí está Mateo, o Juan a quien quieres tanto, a ellos encomiéndales esta gran tarea. Y Jesús pregunta por tercera vez. Me lo imagino esperando la respuesta más franca del hombre: Señor, tú sabes que te quiero, tú lo sabes todo Señor.

Me imagino a Jesús diciéndole: eso es lo que quería escuchar Pedro, y ¿sabes por qué?, porque aunque no me lo creas, si tú me hubieras dicho que me amabas te repruebo, porque eres frágil, porque un día me vas a necesitar, un día vas a querer escapar otra vez, vas a querer correr porque necesitas a Dios; porque necesitamos a Jesús. Y Pedro entendió eso.

El día que deje de clamar a Jesús ya no voy a ser nadie, el día que yo diga: ya puedo estar a la altura de Dios, ese día te habré perdido, porque siempre voy a necesitar a Dios. El día que me aleje me pierdo, por eso pienso en Jesús todos los días. Entonces todos los días seré un buen hombre. Así como Pedro, me siento necesitado de Dios en mi vida.

Una de las figuras más representativas del amor de Dios es la figura de nuestro hermano Francisco, y ya lo veíamos en ese pequeño escrito que escuchamos; desbordante de alegría piensa que se va a desposar con el Señor, con el amor más sublime que hay en el mundo, el cual ni los cielos pueden contener; ni todo lo que hay existente, nadie lo puede contener.

Hermanos míos, los invito a que sigamos reflexionando en esta historia de amor, yo creo que es una historia de amor, la de Francisco de Asís con Dios. Que la sintamos, que la hagamos nuestra para que nosotros mismos seamos un signo de amor para el mundo.

Fr. Juan Daniel Hernández, ofm

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