Solemnidad de Pentecostés

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

19 de mayo de 2013

El día de hoy en nuestra Iglesia Católica, Dios nos permite celebrar un acontecimiento muy grande en la Historia de la Iglesia y del mundo entero, la Solemnidad de Pentecostés.

Han pasado ya 50 días desde que celebramos la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, y ha llegado el tiempo en que se cumpla la promesa que dejó de enviar a su Espíritu para santificar la faz de la tierra.

Hemos escuchado en la Palabra de Dios esta mañana la narración de este gran acontecimiento, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, sobre aquellos hombres elegidos por Dios para vivir un encuentro profundo con él, aquellos que fueron preparados por Jesús para ser testigos de Él en el mundo, a quienes ahora, a través de su Santo Espíritu, les da los dones necesarios para poder realizar su misión.

También la Sagrada Escritura en otros relatos nos enseña varias formas de comprender la presencia del Espíritu Santo, que es a través de algunos signos concretos como:

– El agua que brota para comunicar la vida eterna, como fuego que purifica, el viento que sopla y da nueva vida.

Espíritu Santo como agua.. ¿Pero por qué como agua?
Para nosotros el agua es fuente de vida, con ella pueden crecer las plantas, los animales se nutren, es indispensable para que los seres humanos podamos vivir, sin el agua moriríamos. Así mismo es la presencia del Espíritu Santo en nosotros.

Podemos comprender el Espíritu Santo como la lluvia, que cae del cielo y que es capaz de acomodarse a la estructura de los seres que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan. Es como, por ejemplo, con un árbol seco, al recibir agua vuelve a la vida, reverdece y da muchos frutos; así también los seres humanos, cuando recibimos el Espíritu Santo somos capaces de producir frutos abundantes, y esos frutos hacen mucho bien al mundo.

El Espíritu Santo impulsa a cada corazón que lo recibe. Como dijera San Cirilo Obispo, uno de los Padres de la Iglesia: a unos les concede el interpretar las Escrituras, a otros en la templanza, a unos los instruye en una misericordia profunda, a otros los enseña a ayunar y a vivir una vida de penitencia; a muchos les ha dado la fuerza para defender la fe y llegar hasta el martirio.

Pero, ¿quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es Dios, es una Persona, una Persona Divina, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es fruto del amor entre el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es el Amor.

Pero ¿cómo nos podemos dar cuenta de la participación del Espíritu Santo en la Iglesia actualmente?

Un ejemplo muy palpable es el Espíritu Santo en la celebración de los Sacramentos.

– Cada que iniciamos la santa Misa siempre lo hacemos en el nombre de Dios, con las palabras que al inicio de la celebración pronuncia nuestro Sacerdote, ¿las recuerdan?: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Entonces invocamos la presencia de Dios para que sea Él quien presida y nos acompañe en esta celebración.

– Nuestro Sacerdote al presidir la celebración de la Eucaristía lo hace lleno del Espíritu Santo.

– Por las manos consagradas de Sacerdote y por la fuerza del Espíritu Santo el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesús, quien se pone tan cercano a nosotros para que lo podamos comer en ese pedacito de pan y en ese poco de vino y hacernos uno con él cuando lo comulgamos.

– El Espíritu Santo actúa en el sacramento de la Reconciliación a quien el Sacerdote invoca para el perdón de nuestros pecados, y entonces nuestra alma queda limpia de todo pecado, fuese lo que fuese, el poder de Dios Espíritu actúa en nuestro interior, y nos brinda la paz que nuestro corazón necesita.

– En nuestro bautismo somos injertados a la familia de Dios, somos adoptados como sus hijos, y el Sacerdote lo hace invocando el a Dios diciendo: yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

– El Espíritu Santo es quien bendice la unión de los esposos en el sacramento del matrimonio y los acompaña en su caminar en la formación de una nueva familia.

– Por el Espíritu Santo son consagradas las manos de nuestros Sacerdotes en el momento de su ordenación sacramental, y entonces Dios les concede gracias espirituales abundantes para la salvación nuestra, salvación de las almas que Dios les pone bajo su custodia.

– Y así con cada uno de los sacramentos en la Iglesia.

La Palabra de Dios el día de hoy también nos habla de una invitación muy concreta, el llevar una vida conforme al Espíritu. Y esto ¿qué quiere decir?

Se refiere a vivir, con la fuerza del Espíritu Santo, una vida buena, una vida llena de vida, una vida llena de Dios en la que nos podemos sentir hijos de Dios pues lo somos y lo podemos llamar Padre, nuestro Padre.

Una vida en la que el Espíritu de Dios nos ayuda para ser mejores personas, en la que nos da herramientas concretas como los diez mandamientos en los que Dios nos muestra la mejor manera de vivir; son un camino en el que Dios sabe que podemos llegar a ser buenas personas, y en el que podemos crecer humanamente y espiritualmente, haciendo bien al prójimo y a nosotros mismos. Un camino en el que la presencia del Espíritu Santo nos impulsa a crecer para llegar a ser la mejor persona que podemos llegar a ser, para poder llegar a ser la mejor persona en la que Dios sabe que nos podemos convertir, para llegar a ser santos.

Tenemos el ejemplo de los santos de Dios, hombres y mujeres quienes durante su vida abrieron sus puertas a la presencia del Espíritu Santo y caminaron con la confianza de la compañía de Dios en sus vidas, y quienes ahora disfrutan de la presencia del Dios en plenitud.

Dios nos ha dado el Espíritu Santo para iluminarnos, para guiarnos y fortalecernos, para motivarnos y renovarnos, para dar frutos de santidad en nuestra vida diaria. Dejémonos impregnar hermanos por el Espíritu de Dios, dejémonos iluminar por esta luz de Dios que clarifica nuestro mirar. Miremos la presencia del Espíritu de Dios en nuestra Iglesia, en nuestros sacerdotes, en los sacramentos, en nuestra vida misma, y permitamos que Dios obre en nuestro interior con libertad para poder llegar un día a disfrutar de la plenitud de su presencia en su Reino Celestial.

Fr. Félix Maldonado Reséndiz, ofm.

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