Tránsito de San Francisco

Tránsito de San Francisco
Homilía

En este día recordamos con gran veneración a nuestro hermano, padre y fundador San Francisco de Asís en su Tránsito, es decir, en su momento de pasar de esta vida a la presencia de nuestro Padre Celestial.

¿Qué cosa han oído nuestros oídos? ¿Qué cosa han visto nuestros ojos? ¿Qué cosa ha sentido nuestro corazón? Nuestros oídos ciertamente en esta celebración han escuchado la narración de los últimos momentos del padre San Francisco, momentos que están calcados sobre aquel texto Evangélico de San Juan que también escuchamos y que nos describen los últimos momentos de Jesús.

¿Qué cosa han visto nuestros ojos? Han visto el cuerpo de un hombre, y podría decir no un cuerpo sino los despojos de un cuerpo, destrozado por la enfermedad, por el trabajo, pero sobre todo por su entrega total a la causa de Cristo y de su nombre. En efecto, en Francisco de Asís, en estos sus últimos momentos, podemos contemplar a un hombre que entrega sus despojos; en esa entrega manifiesta que durante veinte años consagró totalmente su vida al Señor.

Desde aquel momento en el que en la plaza de Asís, desnudo, con el hatillo de ropa entre sus brazos se los deja caer a los pies de su padre y le dice: de aquí en adelante ya no llamaré padre a Pedro Bernardone sino Padre nuestro que estás en los cielos. Después de esto se va a recorrer la aventura del Evangelio. Precisamente ese despojamiento es un despojamiento de sí mismo, de los bienes temporales, de los lazos familiares; es un despojamiento total.

Este despojamiento radical es lo que abre a Francisco a la fuerza de su Espíritu y su santa operación, y el Espíritu lo conduce al abrazo de Aquél que se entregó desnudo a nosotros, el encuentro del desnudo en la Cruz.

En la narración escuchamos que Francisco antes de morir quiso estar en la tierra desnudo para encontrarse desnudo con el Pastor. Este despojamiento radical le abre a esas dimensiones del Espíritu como la pobreza, pero la pobreza entendida como libertad, una libertad absoluta. La experimenta sin limitaciones, vuela, vuela. La sencillez que él la experimenta es como la hermana de la sabiduría; porque precisamente la sencillez tiene mucho que ver con la sabiduría, con la vida, con la humildad, que lo pone en esa condición humana pero que lo abre a todas las criaturas, puesto que él se hace sujeto y se somete a toda criatura.

Francisco experimenta el ser hermano de todos. Es precisamente aquí donde experimentamos a esa alma de Francisco con una armonía tan grande que en estos últimos momentos su vida es un cántico, es un cántico de alabanza a todas las criaturas, en las cuales incorpora a la hermana muerte, porque va a encontrarse con la hermana muerte; sabe que la hermana muerte es la puerta a través de la cual él entra precisamente a los brazos del Padre y a encontrarse con Aquél que ha sido la razón de su vida, el Hijo.

Es el hombre hermano de todos, aquél cuya armonía tan grande con toda la creación, es aquél que nos ha hecho cantar en este momento esas bellísimas melodías que alaban al Padre. Precisamente en este hombre, Francisco, encontramos lo que es la gracia del Evangelio, lo que es aquello que transforma al hombre a despojarse de todo para abrirse a los dones de Dios.

Es interesante que en estos últimos momentos rodeado de los suyos les dice: Yo he cumplido mi tarea, que Cristo les ayude a ustedes a cumplir la de ustedes. Es como San Pablo cuando dice: He combatido el combate de la Fe, pero no lo hice yo, lo hizo la gracia que está en mí. Me despojé de mi yo, de todo aquello que muchas veces me bloquea y que bloquea la gracia de Dios en mí, por eso dice: que Cristo les ayude a ustedes.

Y termina exhortándonos en cosas tan sencillas, nos exhorta al amor del Padre, al amor materno de Dios. Seguramente en estos últimos momentos recordaba aquel momento de la plaza de Asís: ya no llamaré Padre a Pedro Bernardone sino Padre nuestro que estás en los cielos. Se arrojó a los brazos del Padre, ¡mira lo que el Padre ha hecho en él!

Exhorta también a los suyos a que guarden la paciencia, la paciencia que salva, de la paciencia de un Dios que nos ama tanto que nos tiene tanta paciencia; él experimento lo que es la paciencia consigo mismo como con sus hermanos. Los exhortó también a la pobreza, esa pobreza que amó tanto a punto de sintonizar en una dama a quien aquél caballero le rinde su homenaje, a la dama pobreza. Amen la pobreza, pero no es pobreza material, sino la pobreza interior que es libertad para amar, que es libertad para acoger la vida, el amor, la bondad, la misericordia en el Reino.

Y también exhorta a los suyos a la fidelidad a la Iglesia Católica. Interesante porque todo carisma que viene de Dios siempre encuentra su autenticación en el Magisterio de la Iglesia. Y él mismo lo hará cuando dice: vayamos con el Papa, al inicio de su aventura, para que él discierna y nos indique el camino seguro. Termina con una exhortación: nada antepongan al Evangelio, vivan el Evangelio.

Aquí tenemos la imagen yacente del padre Francisco, muy bellamente colocado, no fue así cuando él murió. En la desnudez de la tierra allí abrazó a su dama, la dama pobreza, allí entregó su espíritu.

¿Qué cosa siente nuestro corazón en estos momentos? Seguramente sentimos el calor de un alma que deja los despojos humanos y se eleva, se eleva precisamente a la dimensión de Dios. Y ahora a nosotros que celebramos su Tránsito nos invita a levantar nuestros ojos, a levantar nuestras orejas, a abrir el corazón a Cristo el Evangelio del Padre. Así como él se abrazó también nosotros tener la valentía de abrazarnos a Dios, porque no tenemos otro nombre por el cual podemos alcanzar la salvación.

Los signos de Dios a veces son tan misteriosos. Quién sabe qué querrá decirnos Dios a esta Iglesia que peregrina en este mundo en el siglo XXI. Nos ha dado a un Papa que tuvo la valentía de ponerse el nombre de Francisco el de Asís, y que sueña con una Iglesia pobre, austera, peregrina, una Iglesia nueva.

El día de mañana va a pasar toda la jornada en Asís para visitar todos los lugares donde Francisco dejó su huella y seguramente para abrir los ojos, abrir los oídos, abrir el corazón para ver qué le dice el Pobrecillo, que en su momento llegó hondo a la Iglesia: “Francisco repara mi Iglesia que se cae”.

El Papa Francisco ahora va a Asís para escuchar. ¿Francisco qué cosa le dirá?, ¿el Espíritu del Señor y su santa operación qué le dirá? No lo sabemos pero seguramente le inspirará cosas muy interesantes, buenas y posiblemente aventuradas. Esta Iglesia, que no es otra cosa que la prolongación del cuerpo de Cristo, es una Iglesia que va peregrinando en el mundo en medio de tantas dificultades, pruebas y tentaciones, pero también con la gracia de Cristo.

Que la celebración del Tránsito del Seráfico Padre San Francisco vaya abriendo nuestros corazones y nos haga capaces de entrar en esa aventura del Evangelio con como él lo hizo.

P. Fr. Alfredo Villagrán, OFM.

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