No tiene terrón la mata

NO TIENE TERRÓN LA MATA

El indio Fidel era un hombre bueno, pero tenía el vicio del alcoholismo, al igual que muchos otros hombres en aquel pueblo; sin embargo, el indio Fidel se acercaba con frecuencia a la confesión y le gustaba hacerlo con uno de los frailes franciscanos que, aunque tenía cara de pocos amigos, en realidad tenía un gran corazón y sabía escuchar y comprender a todos los que acudían a él buscando la misericordia de Dios.

El indio Fidel, en la confesión, siempre se acusaba de ser un borracho y un desobligado con su familia; su pretexto y justificación para llevar aquella vida tan desordenada era siempre el mismo: la fragilidad humana, la flaqueza de la carne, la fuerza de la tentación y la debilidad de la propia voluntad para resistir los embates del demonio. Aquel pobre indio siempre decía:

-¡Ay pagrecito! Es que me gana la tentación, soy como una mata de maiz, llega el aigre juerte y pos’ la dobla. Pero no es culpa de la caña pagrecito, no es que la caña se quera doblar, lo que pasa es que como no tiene terrón la mata… pos’ se ladea.

En cada ocasión, el buen fraile, pacientemente trataba de darle algún consejo para ayudarlo a salir de su triste situación, pero aquel hombre, casi siempre embrutecido por el alcohol, invariablemente replicaba:
-Pos’ sí pagrecito, tiene asté toda la razón en lo que dice, pero es como se lo digo:

Yo no sé qué cosa sea,
no tiene terrón la mata,
por eso es que se ladea.

Siempre era la misma excusa, para caer siempre en la misma falta. En verdad se veía que aquel pobre hombre no tenía la fuerza de voluntad necesaria para salir del vicio que lo esclavizaba.

Un día, el buen fraile se cansó de darle consejos y pensó que tal vez sería mejor hablarle al indio Fidel de las penas del infierno, para ver si así, al menos por miedo al castigo eterno, se corregía de sus vicios, así es que cuando aquel hombre, después de decir sus pecados, repitió su cantaleta:

Yo no sé qué cosa sea,
no tiene terrón la mata,
por eso es que se ladea.

El buen franciscano le dijo:
-¡Óyeme bien Fidel! Escúchame y pon atención a lo que te voy a decir:
-¡Sí pagrecito, dígame asté! Contestó Fidel, humildemente.

El fraile con voz clara, tan clara como amenazadora, le dijo, marcando bien cada sílaba, Fidel:

Cuando estés en el infierno,
ardiendo como tecata,
los diablos van a decir:
¡No lo dejen escapar!,
amárrenlo de una pata.
¡Ya ven que en toda su vida
no tuvo terrón la mata!

Al oír esto, el indio Fidel abrió tamaños ojos, no dijo palabra alguna, sólo espero a recibir la absolución de sus pecados y se retiró con la firme intención de enmendar su vida.

P. Fr. Jorge Frausto Rodríguez, OFM.
El Paso, enero del 2013.

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