Francisco y la Palabra de Dios

FRANCISCO DE ASÍS,
Y SU RELACIÓN CON LA SAGRADA ESCRITURA

Un día, del año 1182, nació para el mundo una persona que, en el futuro, se convertiría en un hombre consagrado enteramente a Dios, a quien conocemos con el nombre de San Francisco de Asís.

En el correr de los años, Francisco vivió varias experiencias que cimbraron su vida y transformaron su corazón dirigiendo sus pasos al Altísimo, Omnipotente y Buen Señor.

En el proceso de su conversión, tuvo una experiencia profunda con Dios ante el Cristo de aquella iglesia derrumbada llamada San Damián, en donde escuchó la voz de Dios que le decía: “Francisco, repara mi Iglesia, que amenaza ruinas”. Su vida había tenido ya cambios radicales como: el intento de ser caballero, dejar las armas para ser un hombre de paz; despojarse de sus bienes, su herencia, su apellido y todas sus pertenencias ante el Obispo de Asís, ante su padre y su madre, y ante la concurrencia del Pueblo presente en ese momento; se dedicó también al cuidado de Cristo Pobre y Crucificado en la persona de los pobres, enfermos y marginados; en cuanto tenía oportunidad predicaba la buena nueva del Reino de Dios a toda persona, a chicos y grandes, invitando a la conversión e instruyendo sobre el amor de Dios Padre misericordioso y su Hijo Jesucristo en quien todos somos hermanos.

En la vida y obras de Francisco podemos darnos cuenta de palabras que nos dan un gran mensaje, a veces sin ser pronunciadas, pues con su solo ejemplo de vida transmitía el mensaje de Dios para el mundo. Sin duda era un hombre de gran fe, tenía un trato profundo y constante con Dios, el Sumo bien, el total Bien. Conocía las Escrituras, las cuales meditaba, profundizaba, rumiaba en lo profundo de su corazón y lo reflejaba en su mirada, en sus palabras y en su presencia; las Sagradas Escrituras eran transmitidas por él a través de sus obras.

El llamado “Pobrecillo de Asís” tenía una profunda aspiración que removía su corazón, Dios guiaba sus pasos y su vocación a una forma de vida intensamente espiritual. “La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el Santo Evangelio y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima consideración repasaba sus obras.” (1 Cel. 84).

Su vida estaba impregnada del Santo Evangelio, esto lo podemos asentir en el correr de su vida cotidiana.

Al ver el bienaventurado Francisco que el Señor Dios le aumentaba día a día el número de seguidores, escribió para sí y sus hermanos futuros, con sencillez y breves palabras, una Regla y forma de vida en la que tomó como base el Santo Evangelio (Cfr. 1Cel 32), como lo podemos encontrar al inicio del texto de la Regla: “La Regla y Vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo…” -RB 1-, Regla que fue aprobada posteriormente por el Papa Inocencio III.

El buen Francisco tenía arraigada la Sagrada Escritura en su corazón, pues lo manifestaba a través de su sola forma de vivir. Fue un hombre que tuvo un profundo trato con Dios, un hombre de una Esperanza cierta, Fe recta y Caridad perfecta; ello reflejo de su vida intensa de oración y amor a Dios y al prójimo. Su fuente de alimento fue la Persona de nuestro Señor Jesucristo en quien profundizó a través de las Escrituras Sagradas.

El conocimiento de la Palabra de Dios en Francisco le llevó a plasmarla también en su forma de orar. Conocemos varios textos de él que nos dejan ver el asombroso conocimiento y comprensión de la Sagrada Escritura enunciada con decoro, asociación y sentido espiritual profundo; nos ha dejado el legado de varias oraciones dirigidas tanto al Padre, como al Hijo, al Espíritu Santo, y a la Madre de Dios y Madre nuestra, María Santísima. Veamos un ejemplo de ello en el siguiente fragmento de una oración  de Francisco llamada “Alabanzas al Dios Altísimo”:

“Tú eres el santo Señor Dios único,
el que haces maravillas (cf. Sal 76, 15)
Tú eres el fuerte,
Tú eres el grande (cf. Sal 85, 10)
Tú eres el Altísimo,
Tú eres el rey omnipotente;
Tú, Padre santo (Jn 17, 11),
rey del cielo y de la tierra (cf. Mt 11, 25)…”(AlD)

Vemos cómo la experiencia de Francisco entre él y su Dios se ve reflejada en este fragmento de esta hermosa oración, donde entrelaza palabras de la Escritura con el decir y sentir de su interior. O qué decir de aquella bendición que realizó al Hermano León:

“El Señor te bendiga y te guarde;
te muestre su rostro y tenga misericordia de ti.
Vuelva a ti su mirada y te conceda la paz (cf. Num 6, 24-26).
El Señor te bendiga, hermano León (cf. Num 6, 27).”

Estas palabras de la Sagrada Escritura que se han convertido en una bendición de un Padre para un Hijo, de un Ministro General para toda la Orden de Hermanos Menores, de un Ministro Provincial para los Hermanos de su Provincia, de un Hermano Guardián para los frailes bajo su cuidado, de un sacerdote franciscano para con el Pueblo de Dios.

Desde los inicios de su vocación podemos encontrar momentos en los que refleja suprema confianza en la voz de Dios a través de las Sagradas Escrituras. Las consultaba, siempre en oración, para conocer la voluntad de Dios sobre sí y sus hermanos (1Cel 92-93); o como cuando en hermano Bernardo quizo para formar parte del inicio de esta gran familia:

Bernardo, el primer hermano de la Orden después de Francisco, quizo imitar al varón de Dios en su forma de vida, a lo cual Francisco le dijo que era necesario pedir consejo al Señor sobre esa decisión. Estando en oración, al amanecer, “abren el libro del evangelio, decididos a cumplir el primer consejo que encuentran. Ellos abren el libro; Cristo, su consejo: Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21). Hacen lo mismo por segunda vez, y dan con esto: No toméis nada para el camino (Lc 9,3). Lo repiten por tercera vez, y dan con esto otro: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (Lc 9, 23)”.

Es fascinante el ahondar poco a poco en la vida de este gran Santo, en quien vemos un extraordinario ejemplo a seguir. El varón de Dios es iluminado por la Palabra y ello se ve reflejado en una vida auténtica, de una vida en la libertad de los hijos de Dios, de un corazón consagrado y agradecido con el Señor, un hombre con una mirada interior que alaba a su Dios en todo momento, un hombre de oración y plena confianza en Dios Altísimo.

Nosotros, a ejemplo de San Francisco de Asís, podemos profundizar en la Palabra de Dios, pues es una de las formas en las que Dios nos manifiesta su voluntad. A través de su Palabra Dios nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida para nuestra vida; nos lleva a ser personas auténticas y libres en Él; al tener contacto con su Palabra, meditarla, comprenderla e intentar llevarla a la práctica, podemos ser transformados en nuestro interior para vivir con mayor plenitud la vocación a la que Dios nos ha llamado.

Por último, les comparto esta hermosa oración expresada desde el corazón de Francisco frente al Cristo de San Damián, que manifiesta la solicitud de la gracia de conocer y cumplir la voluntad del Sumo Bien:

“Oh Alto y glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón.
y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla tu santo y verás mandamiento”.
(OrSD)

Fr. Félix Maldonado, OFM

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