La Penitencia en San Francisco de Asís

LA PENITENCIA
EN SAN FRANCISCO DE ASÍS

San Francisco de Asís es uno de los grandes santos de Dios que siguen mostrando al mundo un mar de enseñanzas, tanto espirituales, como humanas. En la vida de este gran hombre podemos encontrar muchos talantes y dones que encausó profundamente para el servicio de Dios y de los hombres.

Por inspiración divina Francisco de Asís emprende en sí mismo una forma de vida que a muchos de sus contemporáneos les parece por demás extraño. De ser una persona privilegiada en el aspecto material, es decir, tuvo económicamente todo en su familia para vivir cómodamente, contrario a esto llevó sus pasos a una vida dirigida hacia Dios de manera austera, pobre y penitente; su principal cometido era llevar a Dios a todos, especialmente a los más necesitados, a los excluidos por la sociedad, a los marginados. Dios le concede inspirar su vida en las Sagradas Escrituras, le infunde en su corazón un deseo profundo de vivir de acuerdo al santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

En vida, el Pobrecillo de Asís se dedicaba a hablar de Dios a toda persona con la que tenía oportunidad de tratar, pero más que hablar de Dios lo daba a conocer a través de su manera de vivir. Su testimonio de vida fue inspiración para que muchas personas desearan vivir como él, siguiendo a nuestro Señor Jesucristo pobre y crucificado. Dios le concede, entonces, más almas deseosas de seguir las huellas de Jesús a la manera que Dios le ha inspirado, formando así, bajo la bendición del Señor Papa Inocencio III, la Orden de los Hermanos Menores (Cfr. 1C. 33).

Para este hombre de Dios la penitencia fue parte esencial en la forma de vida que Dios le inspiró. Esto lo podemos ver a lo largo de su caminar. Él y sus hermanos predicaron la Buena Nueva de Dios, vivieron en santa pobreza, sin una morada propia; tenían solo una túnica tosca y lastimosa; trabajaban para su sustento y cuando esto no les alcanzaba para comer acudían a la caridad de las personas recibiendo en ocasiones desprecios y burlas; compartían con los más pobres lo poco que tenían; ayudaban a los marginados; atendían a los leprosos, les aseaban, les alimentaban y curaban sus heridas, entre otras tantas cosas más.

Francisco consideraba seriamente el vivir la penitencia como un instrumento de fortalecimiento de la voluntad ante las tentaciones, vivía la mortificación, se privaba de comer, en alguna ocasión se privaba de hablar; pero acompañaba estos actos de penitencia con una entrega generosa en la oración. (Cfr. LP. 63)

El Santo de Asís guiaba a sus Hermanos Menores a seguir la altísima pobreza, “pues nada poseían ni amaban nada; por esta razón, nada temían perder. Estaban contentos con una sola túnica, remendada a veces por dentro y por fuera; no buscaban en ella elegancia, sino que, despreciando toda gala, ostentaban vileza, para dar así a entender que estaban crucificados para el mundo.” (1C. 39)

Es así como el hábito que usaba el Pobrecillo de Asís fue un distintivo especial de penitencia para él y sus hermanos. “…en aquél tiempo, San Francisco y sus hermanos recibían muy grande alegría y gozo singular cuando alguno del pueblo cristiano, quienquiera que fuere y de cualquier condición –fiel, rico, pobre, noble, plebeyo, despreciable, estimado, prudente, simple, clérigo, iletrado, laico-, guiado por el Espíritu de Dios, venía a recibir el hábito de la santa Religión. Todo esto provocaba admiración en las personas del mundo y les servía de ejemplo, induciéndoles el camino de una vida más ajustada y a la penitencia de los pecados” (1C. 31).

La penitencia la vivían en la cotidianidad de los días. Si alguna vez por excederse en el comer o beber, quedaba conturbada la sobriedad, o sí, por el cansancio del viaje, se habían sobrepasado de lo estrictamente necesario, hacían penitencia con varios días de abstinencia. Despreciaban también todo lo terreno, es decir, solo consentían aceptar apenas lo necesario para la vida, se negaban a toda comodidad y vivían las más ásperas privaciones. Todo esto con un fin de profundo sentido espiritual, el de ser libres para Dios. (Cfr. 1C. 39-40)

El Santo de Asís les enseñaba a sus hermanos no solo a mortificar los vicios y reprimir los estímulos de la carne, sino también los sentidos externos, por los cuales se lastima el alma. El santo glorioso preparaba su alma y la de sus hermanos como una morada digna de Dios, albergando en los grandes espacios de su corazón el amor de Dios, el amor a sus hermanos y el amor a todo lo creado, pues comprendieron que todo proviene de la gloriosa mano del Omnipotente, Altísimo y Buen Señor. (Cfr. 1C. 43)

En la vida del Pobrecillo de Asís podemos contemplar que durante gran parte del año realizaba jornadas de ayuno, oración y penitencia, es decir, varias cuaresmas, para configurar su vida a los sufrimientos que padeció nuestro Señor Jesucristo en su Pasión y Muerte.

Cuaresma de la Epifanía. “Cristo Jesús crucificado moraba de continuo, como hacecillo de mirra, en la mente y corazón de Francisco. Y en Él deseaba transformarse totalmente por el incendio de su excesivo amor. Impulsado por su singular devoción a Cristo, desde la fiesta de la Epifanía se apartaba a lugares solitarios durante cuarenta días continuos, en recuerdo del tiempo que Cristo estuvo retirado en el desierto, y, encerrado en una celda, observaba la mayor estrechez que le permitían sus fuerzas en el comer y el beber, entregándose sin interrupción al ayuno, a la oración y a las alabanzas divinas.” (LM 9,2)

Cuaresma de Adviento. Duraba de la celebración de Todos los Santos hasta Navidad. “Esto sucedió en el eremitorio de Poggio, alrededor de Navidad. El Santo comenzó su predicación a una gran multitud, convocada para oírlo, con estas palabras: “Vosotros me tenéis por santo, y por eso habéis venido con devoción. Pero yo os confieso que en toda esta cuaresma he tomado alimentos preparatorios como tocino”. Y así, atribuía muchas veces a gula lo que había tomado antes por razón de enfermedad”. (2C 131)

Cuaresma e honor a San Miguel. “Tenía muchísima veneración y amor a los ángeles que están con nosotros en la lucha y van con nosotros entre las sombras de la muerte. Decía que a tales compañeros había que venerarlos en todo lugar; que había que invocar, cuando menos, a los que son nuestros custodios […] Respecto a San Miguel, que tiene el encargo de conducir las almas a Dios, decía muchas veces que hay que venerarlo aún más. Y así, en honor de San Miguel ayunaba devotísimamente la cuaresma que medía entre la fiesta de la Asunción a la de aquél. Solía decir: «cada uno debería ofrecer alguna alabanza o alguna ofrenda especial a Dios en honor de tan gran príncipe»”. (2C 197)

Cuaresma a San Pedro y San Pablo. “Al recuerdo de todos los santos, como piedras de fuego, se recalentaba en su corazón un incendio divino. Cultivaba una gran devoción a todos los apóstoles, especialmente a Pedro y a Pablo, por la ardiente caridad con la que amaron a Cristo; y en reverencia y amor hacia los mismos dedicaba al Señor el ayuno de una cuaresma especial”. (LM 9,3)

Ayuno en Honor a la Madre del Cielo. “Amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad y por haber nosotros alcanzado misericordia mediante ella. Después de Cristo, depositaba principalmente en la misma su confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos, y ayunada en su honor con suma devoción desde la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo hasta la fiesta de la Asunción”. (LM 9,3)

Como frutos de esta forma de vida de penitencia, el varón de Dios, Francisco, había aprendido a no buscar sus intereses personales, sino de cuidar aquello que miraba a la salvación de los demás. Su perseverancia era grande y nada atendía fuera de las cosas de Dios. Predicaba muchísimas veces la Palabra de Dios a muchas personas llegándoles al corazón propiciando en ellos la conversión de vida. Aquella seguridad en su predicación procedía de la pureza de su espíritu, lograda a través de una vida profunda de oración y penitencia y de buscar complacer a Dios cada día.

La encomienda que Francisco tomó sobre sus hombros y sobre la Orden de los Hermanos Menores fue la de invitar a todos los hombres a regresar su mirada a Cristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida; es decir, a la escucha y práctica de los santos Evangelios y la aceptación de Jesucristo en cada corazón. Con ello propiciar vivir como un verdadero cristiano la vida que Dios nos da, viviendo en la libertad de ser hijos de Dios teniendo como centro de nuestra vida a nuestro Señor Jesucristo, como sin duda lo es para cada uno de los hermanos de religión de este gran siervo de Dios.

El mundo de hoy está perdiendo el sentido y el valor de la penitencia y de la vida espiritual; nos induce incesantemente a una vida llena de comodidades, a un ambiente que nos lleva al deseo de poseer todo, de tener lo que no necesitamos para vivir; nos crea necesidades ficticias, nos priva de nuestra libertad al hacernos dependientes de muchas cosas materiales, incluso nos lleva a colocarlas por encima de las personas mismas.

Nuestro Padre San Francisco, con su ejemplo de vida, nos invita a reflexionar sobre nuestra forma de vivir a los religiosos, a las religiosas y a todos los bautizados, y nos exhorta a regresar al camino de Dios, a volver nuestra mirada a Aquél que es el único que puede saciar nuestro ser con su sola presencia, a Aquél que nos ama con Amor gratuito, a dirigir nuestros pasos a una vida de experiencia profunda con Dios; todo ello que se refleje en nuestro trato con el prójimo, con nuestra familia, con la Iglesia y con nosotros mismos.

Por: Fr. Félix Maldonado Reséndiz, ofm

Fuente de consulta
GUERRA José Antonio, San Francisco de Asís, Escritos, biografías, documentos de la época, BAC, Madrid, 2003.

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