Los peregrinos de Emaús

QUÉDATE CON NOSOTROS SEÑOR,
PORQUE ES TARDE

En este domingo, tercero de Pascua, la liturgia de la Palabra nos ofrece el relato de los discípulos de Emaús, relato que aparece en el evangelio de San Lucas, capitulo 24, 13-35.

El relato nos dice que al atardecer, dos discípulos iban de regreso a su aldea. Iban tristes, cabizbajos, sin ilusiones, aquello en lo que habían puesto sus esperanzas se había esfumado. Estaban experimentando el fracaso. Volvían a su casa, a su aldea, a lo cotidiano, a lo rutinario de siempre. En su andar por el camino Jesús se les une y los interroga, el por qué de su tristeza y desánimo.

Inicia un diálogo entre Jesús y los dos caminantes. Estos le cuentan su experiencia, pero Jesús los lleva a profundizar en esa experiencia que han tenido. El corazón de estos hombres comienza a arder, y precisamente cuando llegan a su hogar, cuando ya es tarde invitan a Jesús a quedarse, lo invitan a compartir lo más cálido y agradable de su hogar: el pan.

Y allí, al tomar el pan, Jesús se les manifiesta, éstos lo ven, lo contempla y se dan cuenta de que es el Maestro, de que está vivo, no es un fantasma, no, el corazón no arde con un fantasma, el corazón arde cuando se ve a quien se ama, a quien hace feliz. Los discípulos se levantan de inmediato, regresan a Jerusalén a contar a los demás lo que les había ocurrido.

Habían sido once kilómetros los que habían recorrido, cansados, agobiados, y tristes. Ahora son los mismos once kilómetros, pero la actitud es diferente, ahora corren, llenos de alegría, con el corazón encendido, saben que Jesús está vivo, y que camina con ellos y saben que desde su encuentro con Él, ya nada volverá a ser igual. Ese gozo y esa alegría que han experimentado no la pueden callar, la comunican, quieren compartirla con todos, quieren decirle a todos que Jesús está vivo y que camina con ellos.

En este día, cabe muy bien ponernos en lugar de esos caminantes de Emaús. En ocasiones parece que nuestras esperanzas, que nuestros sueños, se terminan ante un aparente fracaso, solo porque las cosas no salen como nosotros esperábamos. Olvidamos que Dios tiene sus planes, y que sus planes son mejores que los nuestros.

Caminamos en medio de nuestras dificultades, pero, al igual que a los discípulos de Emaús, Jesús sale en nuestro caminar, Él mismo nos explica las Escrituras, nos explica el sentido de la vida, el valor del sacrificio y lo que se requiere para llegar al Reino de Dios. Lo hace a través de tantas personas que salen a nuestro encuentro, en todos aquellos que comparten su vida con nosotros y que nos dan un mensaje de que Cristo está vivo. Lo hace, de manera muy especial, en la fracción del Pan, allí donde se nos da en alimento, donde se queda día y noche por amor a nosotros, donde nos acompaña hasta el fin del mundo.

Cuando experimentamos que Jesús camina a nuestro lado, entonces al igual que a los discípulos de Emaús, el corazón comienza a arder, sabemos que ÉL está vivo, que la muerte no pudo con ÉL, que el amor es más fuerte que el odio y que la misma muerte. No podemos quedarnos callados, hay que salir corriendo a contar a los demás que el Maestro está vivo, que lo hemos visto y que ha compartido su Pan con nosotros.

Es importante que como esos dos caminantes, le digamos a Jesús, quédate con nosotros, porque es tarde…

Fr. Alonso Piñón, ofm

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