María y la Santísima Trinidad

LA VIRGEN MARÍA Y
LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INTRODUCCIÓN

La vida de la Iglesia tiene su centro, su fuente y su destino en Dios, quien es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dios, en la Historia de la Salvación, ha elegido a hombres y mujeres de manera particular quienes han participado en formas concretas en el proyecto de Dios.

Un momento culminante en la Historia de la Humanidad es sin duda “la Encarnación del Hijo de Dios”. En éste sublime acontecimiento podemos contemplar la participación plena de una Mujer especial, su nombre es María, quien fue elegida por Dios para formar parte esencial en la restauración del género humano.

Esta presentación quiere ser un acercamiento de la visión de la Iglesia a cerca de la relación de la Virgen María con la Santísima Trinidad, es decir, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para ello nos iluminará principalmente la doctrina de la Iglesia expuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica.

MARÍA Y DIOS PADRE

Entre las devociones de la Iglesia conocemos una devoción mariana llamada: “el Santo Rosario”; en esta forma de orar exaltamos a Dios y reflexionamos sobre algunos momentos principales de la vida de Jesús, el Hijo de Dios, en la que sin duda está presente la persona de María de Nazaret. En este instrumento de oración nos encontramos con las siguientes palabras: Dios te salve María… Hija de Dios Padre; Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo; son sencillas pero profundas palabras que nos dejan ver la importancia de esta gran Mujer y su relación privilegiada con la Santísima Trinidad.

Al principio Dios creó al ser humano, lo creo a imagen y semejanza de él, los creó hombre y mujer, quienes fueron llamados a una convivencia plena con Dios. Nuestros primeros padres, tentados por la serpiente, desobedecieron a Dios y comieron del fruto prohibido. Por la desobediencia de nuestros primeros Padres, Adán y Eva, entró el pecado en el género humano, así la relación del hombre con Dios quedó fracturada.

Los Padres de la Iglesia han nombrado a María como la Nueva Eva, una mujer, elegida por Dios, para participar en la restauración del hombre, para ser la Madre de Jesús, nuestro Salvador.

Dios envió a su Hijo, pero para formarle un cuerpo humano quiso la libre cooperación de una criatura. Desde toda la eternidad Dios escogió a una Mujer de entre las hijas de Israel para ser la Madre de su Hijo, a una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María”.

Es así como María, para ser la Madre del Salvador, fue dotada por Dios a través de dones a la medida de esta misión tan importante.

El Padre la ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor; para ser el tabernáculo del Hijo de Dios.

Ella fue concebida sin pecado, es decir, fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente; como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente.

Lo podemos corroborar en las palabras del Evangelio cuando nos habla sobre el ángel Gabriel, quien fue enviado por el Padre para invitar a María a participar en esta Obra de la Salvación. En el momento de la anunciación en Ángel la saluda así: “alégrate llena de gracia, el Señor está contigo”.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta del Padre en la Encarnación. Jesús tiene como Padre a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre; consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas, la humana y la divina. Hijo de Dios e Hijo de María. María engendró en el tiempo el mismo Hijo que el Padre engendró en la eternidad.

Podemos apreciar que la Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, como lo dice la Escritura: al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. Por la participación de María como Madre de Dios y Madre nuestra, nos hace hermanos de Jesús y nos acerca a Dios Padre siendo Madre de su Hijo.

Podemos apreciar que la relación de María con Dios Padre es de criatura, de hija, de una mujer predestinada, elegida por Él, la llena de gracia, la Madre del Hijo de Dios.

MARÍA Y DIOS HIJO

La Iglesia nos muestra en su doctrina que María es la Madre de Dios.

María vive una relación con Dios Hijo como Madre, como la mujer que fue copartícipe en la encarnación del Verbo quien se formó en su seno. María es de quien Jesús tomó su condición humana. La relación entre María y Dios Hijo es por demás estrecha, Jesús es carne de su carne, sangre de su sangre.

María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo por su prima Isabel según nos lo presenta el Evangelio de San Lucas. En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad.

María es llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús”. Nos dice san Juan: Tres días después se celebraba una boda en Canaán de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús; Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre… Jesús viendo a su Madre y con ella al discípulo a quien amaba, dice a su Madre: Mujer, allí tienes a tu hijo.

María es verdaderamente “Madre de Dios” porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo.

María fue redimida de todo pecado desde antes de nacer en atención a los méritos de Jesucristo Salvador, quien entraría a la dimensión del tiempo terrenal a través de la participación plena de María en la obra de la redención, a través del “fíat” de María desde el momento de la concepción virginal; de ese momento sublime en el que se unieron el cielo con la tierra por el nacimiento del Hijo de Dios del seno de María Virgen.

María acompañó a Jesús desde su concepción virginal hasta su muerte, en su educación en la fe y costumbres judías, en la presentación de Jesús en el templo, en el ministerio público de Jesús, en el camino a la Cruz, en el momento de la crucifixión. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada por Dios en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo.

Así María es verdaderamente “Madre de Dios” porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo. Aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.

María se convirtió en sagrado tabernáculo de Dios Hijo, a quien llevó, lo trajo a la vida, lo acompañó en su misión redentora en su ministerio, escuchando sus palabras y meditándolas en su corazón; le acompañó hasta su suplicio en la Cruz. Está gozando de la gloria de Dios como Reina de Cielos y tierra.

MARÍA Y DIOS ESPÍRITU SANTO

La Virgen Nazarena vivió una íntima relación con la Tercera Persona de la Sublime Trinidad.

El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es “el Señor que da la vida”, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya. La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo.

El Evangelio de San Mateo nos dice: Mt. 1, 18-21.

“El origen de Jesucristo fue de la siguiente manera. Su madre, María, estaba desposada con José; pero antes de vivir juntos, se encontró en cinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le pareció en sueños y le dijo:

José, hijo de David, no temas aceptar a María como tu esposa, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados.”

Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas, es engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía que fuese “llena de gracia” la madre de Aquél en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente”.

María se convierte en la Madre del Cristo total. Así es como ella está presente con los Doce, que “perseveraban en la oración, con un mismo espíritu”, en el amanecer de los “últimos tiempos” que el Espíritu Santo va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.

Por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres, y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos. María es la zarza ardiente de la teofanía definitiva, la llena del Espíritu Santo.

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres.

En las entrañas purísimas de la Virgen María, el Espíritu Santo formó un cuerpo perfectísimo. De este modo, el que antes era Dios, sin dejar de serlo, se hizo hombre. Por eso encontramos en María y el Espíritu Santo una relación esponsal. María, esposa del Espíritu Santo.

María, arca de la alianza, Esposa de las bodas escatológicas entre Dios y su pueblo. Ella, está íntimamente vinculada al Espíritu Santo, derramado sobre ella para actuar la nueva y eterna alianza, sellada en la sangre de Cristo.

BREVE CONCLUSIÓN

La Iglesia en su sabiduría, nos muestra la riqueza de las verdades de fe que los católicos debemos tener presentes en nuestra vida y que son medios para fortalecer nuestra relación y encontrarnos con Dios de manera más profunda.

Nos deja ver que:

– En el Espíritu Santo, María se une con el Padre y con el Hijo.
– María participa de la fecundidad del Padre y de la filiación del Hijo a través del Espíritu Santo.
– María es Madre del Hijo de Dios, hija predilecta del Padre, Esposa y Templo del Espíritu Santo.

Nos damos cuenta que la relacion de María con las Personas Divinas es profundamente estrecha y personal. María es así la Sierva, la Esposa y la Madre de Dios.

UN DATO PARTICULAR

El Pobrecillo de Asís nos déja ver en algunas de sus oraciones que, en su espiritualidad y trato con las verdades de Dios, descubre esta relación de la Virgen María con las Tres Personas Divinas y lo expresa así:

“Santa Vírgen María, no ha nacido entre las mujeres ninguna semejante a ti, Hija y esclava del Altísimo Rey y Sumo Padre celestial, Madre de nuestro Santísimo Señor Jesucristo, Esposa del Espíritu Santo…”

Y también…

“¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, Virgen hecha Iglesia, y elegida por el Santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia y todo bien!..”

Fuente de Consulta: Catecismo de la Iglesia Católica

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